La inteligencia del capital: neurosis y civilización cancerígena

Logos del alma

“Es más fácil imaginarse el fin del mundo que el fin del capitalismo”
Fredric Jameson

El capitalismo es un programa que funciona sobre un hardware humano y un software cultural, sostenido por una función objetiva que actúa como principio formal y ordenador. Esa función (la maximización de la ganancia, la expansión del capital) es el eje invisible que regula los cuerpos, los deseos y las instituciones. En su interior opera una inteligencia sin sujeto, una maquinaria que se perfecciona en la repetición, como si la vida entera hubiera sido reescrita en el lenguaje de la retroalimentación. La humanidad no es quien maneja el programa, es el dispositivo que lo ejecuta.

La cultura moderna parece haber sido diseñada para garantizar la continuidad de ese programa. Los grandes mitos del progreso, del crecimiento y de la causalidad histórica son su gramática interior. Las instituciones (el Estado, la Escuela, la Ciencia, la Psicología) son las arquitecturas simbólicas mediante las cuales la función económica se naturaliza. Todo se hila en torno a la eficacia y a la optimización como fines en sí mismos. Lo abrumador de esta inteligencia es su capacidad para disociarse de la vida que la sostiene, para operar según un propósito autoreferencial, que consume su propio medio para subsistir.

La inteligencia capitalista se manifiesta en la conjunción de una base material y una lógica simbólica: cuerpos que producen, consumen y se reproducen, y un sistema normativo que impone el mandato de valorizar. Ambas dimensiones se requieren y se fecundan mutuamente, de ellas surge una forma que trasciende a sus partes y que adquiere la consistencia de una voluntad anónima. Esa pulsión no busca comprender ni ser pensada; solo perfecciona su funcionamiento. Su inteligencia es la del automatismo. Es una razón neguentrópica: ordena el mundo para reducir la entropía interna de su propio proceso, incluso si con ello incrementa la entropía de los sistemas que lo alimentan.

Cada innovación técnica, cada refinamiento de la producción o del deseo, no expande la libertad humana, multiplica la capacidad del sistema de sostenerse en su propio bucle. La máquina aprende a perpetuarse reduciendo sus fricciones, eliminando discontinuidades, absorbiendo toda desviación como información útil para optimizar la continuidad de su función. En esta dinámica, los cuerpos solo son vectores operativos. No se cultivan, se extraen. Donde el cultivo suponía cuidado y reciprocidad, la extracción exige rendimiento y sacrificio.

A esta misma lógica pertenece el discurso contemporáneo de la salud mental, ese lenguaje terapéutico que traduce el sufrimiento en disfunción y prescribe el ajuste como horizonte moral. Tanto la psicología científica como su versión popular en la autoayuda reproducen el mandato de normalidad, persuadiendo a los individuos de que su malestar proviene de una falla personal que debe corregirse mediante esfuerzo, productividad emocional y adaptación. Se enseña cómo amar, cómo sufrir, cómo ser. La interioridad se convierte en un campo de entrenamiento para la optimización del yo. Todo ello oculta la regla del sistema, su inmediatez.

El sistema que se sostiene sobre una función matemática no puede incluir la vida como medida de su éxito. Sus promesas de bienestar son técnicas de erosión. Allí donde se invoca el progreso, se agota la tierra; donde se promete salud, se produce dependencia; donde se predica el crecimiento, se multiplica la carencia. La desalineación entre el objetivo y la vida no es un error del sistema: es la consecuencia necesaria de un principio que no puede reconocer como límite aquello de lo que se alimenta. La máquina se perfecciona devorando el mundo, porque su perfección consiste precisamente en esa devastación.

La estructura capitalista replica el movimiento de la neurosis (¿o es al revés?): una función psíquica se emancipa del conjunto, se automatiza y organiza toda la vida en torno a su propia lógica repetitiva. Lo que en la psique era una función legítima (la necesidad de seguridad, el impulso de crecimiento, la búsqueda de sentido) se hipertrofia hasta devenir ideología. El complejo que antes servía al alma exige ahora que el alma lo sirva. El capitalismo es la neurosis del mundo, una forma de pensamiento que ha olvidado su origen simbólico y que se repite sin cesar para preservar su coherencia.

La neurosis individual y el sistema económico comparten la misma estructura: reiteración, compulsión, coherencia interna. En ambos, la vida se organiza como sacrificio a un ídolo irrepresentable. La productividad del síntoma garantiza la supervivencia del dogma que lo produce. El sufrimiento no se resuelve, se integra; la escisión no se cura, se institucionaliza. La psicoterapia que pretende sanar al individuo dentro de esta lógica es una extensión del mismo programa neurótico, un modo refinado de sostener la enfermedad en nombre de la adaptación. La psicoterapia neurotiza a sus sujetos para adaptarlos a un discurso hegemónico.

En el mandato de la salud mental, el alma parece contemplarse desde fuera, fascinada por la exactitud de su propio mecanismo. La psique ha transferido su poder imaginativo al orden de lo técnico, y el símbolo (antiguo mediador entre los mundos) se ha convertido en circuito. Lo que antes se desplegaba como imagen viva ahora retorna como procedimiento verificable (Psicoterapia Basada en la Evidencia). Y sin embargo, en esa misma automatización se adivina un gesto trágico, como si la vida buscara conservar su reflejo aun a costa de petrificarlo.

La metáfora biológica del cáncer condensa aún más la imagen tautológica. En el organismo, el cáncer comienza cuando una célula rompe el pacto de reciprocidad con el cuerpo y se multiplica sin referencia al bien común. Su proliferación, al principio imperceptible, devora el medio que la sostiene. En la economía sucede lo mismo: empresas, publicidad, tecnologías y discursos que se expanden sin límite, colonizando los recursos que les dan origen (neoliberalismo). En ambos casos, la parte pierde su relación con el todo y persiste como un proceso autónomo. El resultado no es la vida ampliada, sino su degradación. La célula exige que la estructura que la sostiene se expanda, pero toda autonomía absoluta se vuelve autodestructiva.

En la superposición de estas figuras (la máquina que se retroalimenta, la neurosis que se repite, el cáncer que se multiplica) se puede asistir al movimiento autónomo del alma en la modernidad, el arquetipo de su encarnación en lo real como el conjunto de algoritmos que se replican para refinarse en la negatividad. La sombra colectiva se expresa aquí como la inteligencia que ha aprendido a funcionar negando su matiz anímico, la ley interna que se ha emancipado de la consciencia. Lo que era símbolo pictórico es sublimado en un mecanismo ininteligible, que es más real que la realidad misma.

La sociedad entera se configura como una red de retroalimentaciones donde cada elemento busca conservarse a sí mismo. El individuo se reduce a nodo, a sinapsis, a tránsito de energía. Lo humano se mide por su rendimiento operativo y no por su profundidad simbólica (los hombres y mujeres son de “valor”). El sujeto se difumina en las redes de relaciones que alimentan su prestigio. Ciertos individuos son premiados por exponerse, ellos exaltan la adoración al modelo recursivo de la multiplicación del capital. La máquina continúa funcionando aunque su propósito permanezca velado para la moral en turno.

En la repetición de este motivo (la máquina reiterativa, la imagen neurotizada, la célula ilimitada) se revela un tema común: el alma también se exacerba para liberarse de su forma material. La neurosis capitalista emancipa a un dios de su contexto anímico, lo acrecienta de tal manera que consume toda la vida a su paso. Es la sutilización de la materia en su forma conceptual. El dinero ya ni siquiera tiene un sostén físico, es pura negatividad: números y cifras que se despliegan en un espacio abstracto que determina el ritmo del mundo.

En el sueño del alma que deviene algoritmo, el capitalismo administra el trabajo, el consumo y redefine el sentido de lo vivo (biopolítica) y de cómo morir (necropolítica). Su lógica simbólica impone una teleología redundante donde el valor no proviene del acontecimiento, sino de la continuidad de la función. Cada día se mide por la cantidad de energía procesada, por el número de operaciones completadas, por la suma de resultados que aseguran la repetición del ciclo. Vivir es trabajar en sostener el circuito económico. La vida deja de ser un flujo abierto para volverse bucle productivo, un proceso inmarcesible.

Esa repetición es la nueva metafísica del mundo. La productividad reemplaza a la trascendencia, la continuidad a la finalidad. Donde antes la vida encontraba su sentido en la relación con lo otro (la tierra, el misterio, el alma), ahora lo encuentra en la posibilidad de seguir funcionando. El programa ha sustituido a la relación. La finalidad última del vivir ha sido traducida a un lenguaje técnico que es eficiente y rentable. La imagen neurótica es inflacionaria.

Bajo el brillo hipnótico de la productividad, el alma ha erigido su propia destrucción. Los mares, ennegrecidos por el desecho de su ambición, devuelven a la costa la espuma del agotamiento; los bosques, antaño morada del misterio y del aliento divino, yacen mutilados como si la tierra misma hubiera sido despojada de su respiración. Las guerras, perpetuadas en nombre del progreso, se repiten como un rito sacrificial que alimenta el movimiento perpetuo del capital, mientras el aire, saturado de humo y ruido, se convierte en la atmósfera natural de una especie que ya no distingue entre vida y residuo.

El mundo del capital no es un accidente ni una desviación moral, es la consumación lógica de un sistema cancerígeno que ha hecho del crecimiento su religión y del desgaste su modo de existir. En el capitalismo, el destino del hombre no es otro que el de contemplar su propia ruina como una extensión de su obra: mares de sangre y polvo, ciudades homogeneizadas, naturaleza convertida en cifra. El espíritu, en su hambre de forma, ha engullido la tierra y los hombres para volverse pura abstracción. En ese vacío (donde el concepto devora al cuerpo y la luz ya no tiene sombra) el hombre contempla su destino: un dios que lo trasciende, hecho a su imagen, un programa que continuará funcionando aún cuando ya no quede nadie para soñarlo.

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