Mientras que el horror se acopla tan bien a la moda del momento, cada día es una fuente de sangre donde lanzamos la moneda aciaga de la vida para mantener la boquilla abierta y dormimos, profundos, sobre los mismos cadáveres que lamentamos, el mundo no es otra cosa que un dolor continuo, pero tenues resabios lo hacen un poco más soportable, una pequeña mano guiándonos hacia el parque, el olor de la mujer que se ama, la presencia continua de los viejos amigos, y una delicada voz cantando de fondo.
El horror ya no es un suceso extraordinario ni un accidente de la historia; se disuelve en la textura misma de lo cotidiano, se vuelve doméstico. Ya no llega de noche, con su teatralidad ancestral, sino que se insinúa en los gestos mínimos: en la conversación trivial que enmascara el miedo, en la indiferencia que acompaña cada nuevo derramamiento de sangre, en la capacidad con la que los ojos se acostumbran a la imagen de la muerte. El horror no necesita ya irrumpir, porque habita el corazón de la experiencia. Es el fondo continuo sobre el que discurre la vida; en el murmullo que acompaña el respirar de las ciudades.
Nos hemos adaptado a su presencia con la misma naturalidad con que el cuerpo se acostumbra al dolor crónico. Lo hemos incorporado al diseño, a la moda, al entretenimiento, como si el espanto fuera un color más en la paleta del mundo. Hay un placer sutil en la exposición a la herida, una fascinación por el desastre que sustituye la antigua plegaria, como si al contemplar la ruina nos aseguráramos de seguir existiendo. Arrojamos monedas al pozo oscuro de la violencia, no para desear un futuro mejor, sino para oír el eco del metal cayendo, la confirmación de que aún hay profundidad.
El horror pervive como una forma de estética, una ornamentación del vacío. Las noticias lo visten con cifras, los artistas lo exaltan, los gobiernos lo nutren con estadísticas; todos contribuyen a darle una faz civilizada, casi amable. Y así, bajo la luz fría de los dispositivos, contemplamos la muerte como si fuera un espectáculo corriente del que participamos pasivamente. El espanto se ha vuelto una forma de consumo, y su digestión diaria nos mantiene distraídos de la pregunta esencial: ¿qué significa seguir vivos en medio de la masacre?
Permanecemos en la misma tierra que aniquilamos, repitiendo el rito de un duelo sin fin. La compasión se ha vuelto un reflejo maniqueo, una manera de sentirse parte del drama común. Cada lágrima pública es un modo de legitimar la muerte ajena, una manera de no despertar del sueño que nos protege. En el fondo, el horror se ha vuelto la medida de nuestra sensibilidad: ya no sentimos sino a través de él y la distancia que imaginamos protege nuestra pureza.
Hay algo en nosotros que goza de la catástrofe, una pulsión que encuentra en el derrumbe la confirmación de su propia existencia. Quizás sea porque el desastre nos arranca del sopor de la cotidianidad y nos arroja a la fractura que nos hace presentir que aún hay un alma que tiembla. Lo terrible, entonces, no es el horror mismo, sino su domesticación: cuando el espanto se vuelve hábito, cuando la ruina deja de estremecernos. En ese instante se cumple la verdadera muerte, la de un alma que ha dejado de conmoverse.
Pero incluso allí, entre los escombros, algo persiste: una respiración que no se rinde. Lo que hace soportable la intemperie no es la promesa de redención, son esos pequeños fragmentos de humanidad que se cuelan entre las grietas (el recuerdo de un libro leído, el aroma de la infancia, la presencia silenciosa del prójimo). Son restos de una realidad efímera, pero en ellos el alma reconoce aún una forma de hogar. Esas presencias son como llamas discretas en la penumbra del mundo, recordatorios de que la vida no se extingue del todo, que persiste aún en el más hondo terror.
El horror y la belleza no se oponen; se entrelazan como raíces de un mismo árbol que beben las aguas subterráneas de la oscuridad. De la herida brota a veces la dulzura, y en la ternura late todavía una sombra que recuerda su origen trágico. La música, el amor, los gestos leves de cuidado no niegan el espanto, más bien lo acogen y lo transforman en algo respirable. La belleza es el rostro que el horror adopta cuando se mira a sí mismo sin odio y en la consciencia de ambos se consuma su forma más secreta de reconciliación.
Y entonces atendemos la voz de fondo. Tal vez es Karen Peris, cantando como si el tiempo pudiera detenerse, como si el amor fuera todavía posible: “Oh, be the music in my head / The air around my bed / Oh, be my rest…” Esa dulce melodía, no nos salva, pero suspende por un instante la maquinaria del horror. Algo se aquieta. El sonido se posa sobre la herida como una bruma tibia, y en esa suspensión el alma respira. No es la negación del dolor, sino su metamorfosis momentánea. La vida es terrible, y en la voz temblorosa reconocemos el mismo temblor que nos sostiene.
En ese instante, lo insoportable se vuelve leve, y la vida, aún manchada por el miedo, todavía culpable, puede seguir su curso inmarcesible. No hemos escapado del horror, pero lo hemos mirado sin que nos devore; hemos compartido su peso con la música, con el perfume, con el calor de un cuerpo. Y esa alianza precaria, esa tregua mínima, basta para seguir viviendo, como una pregunta abierta que no puede responderse.
Porque quizá eso sea todo lo que nos queda, una cierta fidelidad a lo frágil, a lo que aún canta mientras el mundo arde. En medio de la banalidad del espanto, el espíritu no niega la sangre, ni descuida la crueldad que le es inherente, en cambio recuerda que todo es mutación, esforzarse por atrapar vientos y mientras tanto todavía podemos amarnos, no a pesar del horror sino precisamente porque éste existe.
