La animalidad del deseo

Logos del alma

“I undressed you with my eyes I have maybe even raped you In the dark and eerie corners of my mind…”Honey or Tar, CocoRosie

El deseo es un animal subterráneo. Una bestia ciega que cava con las zarpas húmedas del instinto bajo los cimientos de la civilización. Escarba, lánguida, entre los sedimentos del tiempo y las costumbres, allí donde la conciencia edificó sus templos de contención y sus jardines de buenas maneras. Pero ninguna muralla lo detiene del todo. Asciende como un vapor incesante: se filtra por las grietas del alma y se disfraza de aspiración, de ternura o de arte. En su ascenso se diluye, se vuelve lenguaje, cortesía o devoción; sin embargo, en el fondo de sí mismo sigue siendo una corriente oscura que busca morder la carne y destruirla.

Hay ocasiones en que este animal no se contenta con las formas dulcificadas que la cultura le ofrece. Por eso se revuelca en su propio veneno y descarga su potencia sin máscara. Entonces los cuerpos se descomponen en el frenesí o en el crimen, las ciudades tiemblan bajo la fiebre del exceso y lo sagrado se confunde con lo obsceno. El deseo no tiene moral porque no pertenece al ámbito de lo humano, sino al reino de la vida que solo quiere seguir viviendo. Late bajo el logos como una raíz arcaica, como un pulso que no cesa. Es la respiración del mundo que atraviesa al individuo, lo usa y lo abandona. Una ola que golpea la costa y, al retirarse, deja en la arena el eco de su estruendo indiferente.

Así es el deseo: ola y marea, hambre y alivio, origen y ruina. Cuando se alza, arrastra los pequeños barcos de la voluntad y los hace astillas contra las rocas del destino. Pero cuando se retira, la calma que deja no es inocente: en su resaca yacen los restos de lo que el hombre ha sido, las máscaras rotas de la persona. El sujeto cree ser su dueños, pero apenas es la huella de su transito, un juguete efímero. Todo intento de dominarlo no hace más que modificar su forma: se transforma en amor, en ideal o en fe, pero sigue siendo la misma fuerza que empuja la savia hacia la flor o el llanto hacia la plegaria.

No son las personas las que desean; realmente es la vida misma la que desea a través de sus languidos cuerpos. Somos su lenguaje momentáneo, el rostro con el que ella se mira a sí misma en el espejo del tiempo. Cuando el deseo nos devora o nos eleva, cumple con su ley secreta: destruir para renovar, poseer para engendrar, arrastrar para dar forma. Ante su misterio no hay inocencia posible, solo la comprensión trágica de que en su movimiento estamos implicados. Nosotros pasamos, pero el deseo permanece: es el aliento que no se apaga, la pulsación que sostiene al mundo mientras todo lo demás se hunde.

En su hondura simbólica, el deseo es también la memoria de la falta. No existe sin el hueco que lo convoca, sin la herida que lo suscita. Es la voz del abismo en el corazón, el llamado de lo que fue perdido en el inicio. Cada objeto de deseo es apenas un espejismo donde se proyecta esa carencia original: la nostalgia de una unidad anterior a la escisión entre el yo y el mundo. Por eso el deseo es infinito, no porque pueda poseerlo todo, sino porque nada lo colma. Su esencia es la búsqueda perpetua, el fuego que no se apaga porque se alimenta de su propia imposibilidad.

Y sin embargo, en su exceso, el deseo es creador. De su turbulencia nacen las obras, los mitos, los dioses. El arte no es sino una forma de darle cuerpo al temblor que produce el anhelo, un modo de domesticar el caos sin extinguirlo. En el deseo la humanidad encontró su lenguaje más antiguo: la imagen. Todo mito es una metáfora del deseo que se hace cosmos, del impulso que se eleva hacia lo simbólico para no perecer en lo literal. Por eso Eros es también el principio del mundo: sin su impulso ciego, la materia quedaría inmóvil; sin su fuego, el alma no soñaría.

Pero el deseo, cuando no encuentra cauce simbólico, se pudre en sí mismo. Entonces deviene adicción, violencia o autodestrucción. La energía que antes animaba se vuelve corrosiva. Lo que no se expresa en el mito retorna como compulsión; lo que no se sublima en imagen se enquista como síntoma. Así, la civilización, que busca refinarlo, termina esclava de su represión. El exceso de contención produce monstruos, del mismo modo que la represa, cuando estalla, arrasa el valle entero. No hay ética posible que ignore esta verdad trágica: el deseo es un dios celoso que quiere un altar de adoración y si no se le otorga, vuelve al hombre un ceremonial compulsivo.

Este impulso persiste más allá de toda expectativa, como un resplandor que no se apaga y que tampoco alumbra. Su movimiento carece de dirección o solo se dirige hacia sí mismo, porque en él se revela la textura misma de lo vivo. Arde y se repliega, crea y devora, sin intención ni propósito, como si el mundo respirara en su combustión interminable. Nada le es ajeno: lo humano y lo divino, la ternura y la violencia, todo se curva en torno a su impulso. Tal vez en esa oscilación (entre el goce y la pérdida, entre la forma y su derrumbe) se sostenga el misterio de lo que somos: un instante en el incendio de la vida, una figura que el fuego adopta antes de volver al fuego. Perseguidos. siempre, por un tigre del que no podremos escapar.

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