LA CRÍTICA COMO CARICATURA: LECTURA DE “LA FARSA HEGELIANA 2.0” DESDE LA PSICOLOGÍA JUNGUIANA Y LA LÓGICA DEL ALMA

Logos del alma

Esta reflexión corresponde al artículo “La farsa hegeliana 2.0 en la obra de Wolfgang Giegerich” que José Medina público para criticar las bases hegelianas del pensamiento del Wolfgang Giegerich, se inscribe en la producción crítica que algunos autores han dedicado al trabajo de éste autor y que, sin embargo, se desliza al ámbito de la parodia al construir una imagen distorsionada de Giegerich y dirigir sus ataques más hacia su persona que a sus verdaderos argumentos. Sirva este ejemplo para seguir aclarando los muchos mal entendidos sobre el trabajo de la Psicología como La Disciplina de la Interioridad.

El texto “La farsa hegeliana 2.0 en la obra de Wolfgang Giegerich” de José Medina constituye un ataque frontal, tanto conceptual como personal, al proyecto psicológico de Giegerich, a quien acusa de haber desvirtuado la herencia junguiana en favor de un hegelianismo idealista y totalitario. Sin embargo, al intentar demeritar la labor teórica de Giegerich, Medina incurre en una serie de errores hermenéuticos, malinterpretaciones doctrinales y deformaciones polémicas que convierten su crítica en una caricatura. Este ensayo se propone mostrar cómo el texto de Medina falla en ofrecer una lectura fiel, filosóficamente informada y psicológicamente relevante del pensamiento de Giegerich, y cómo en su lugar recurre al uso de etiquetas reduccionistas, juicios morales y un lenguaje fuertemente ideologizado que sustituyen la crítica conceptual sería por la descalificación retórica.

Desde sus primeras líneas, Medina asocia la psicología de Giegerich con una forma de “hegeleanería” vacía, recurriendo a figuras como Popper, Deleuze y Nietzsche para reforzar la supuesta peligrosidad intelectual del sistema hegeliano. Esta estrategia polémica presenta un doble problema. Primero, supone que la recepción que hace Giegerich de Hegel es literal, dogmática y dependiente de un culto al sistema. Segundo, ignora por completo que Giegerich no reproduce el contenido de la filosofía hegeliana, sino que retoma su estructura lógica para pensar la dinámica del alma. Lo que Giegerich adopta es la lógica de Hegel como estructura formal de la experiencia psíquica, no sus presupuestos ontológicos sobre el absoluto. Es decir que lo que Giegerich extrae de Hegel no es su filosofía del Estado ni su metafísica del Espíritu, sino una forma de pensar dialécticamente los procesos del alma, sus contradicciones internas, y su despliegue histórico-cultural. No se trata, como insinúa Medina, de glorificar a Hegel como ídolo herido, sino de utilizar herramientas conceptuales para acceder a una dimensión lógica de lo psíquico que va más allá de lo empírico o lo terapéutico.

Uno de los puntos más reiterados por Medina es la crítica al concepto de “exclusión del Otro”, que Giegerich introduce en su obra Neurosis. The Logic of a Metaphysical Illness. Según Medina, esta idea implicaría una renuncia deliberada al pensamiento dialógico y una imposibilidad de crítica interna. No obstante, lo que Giegerich formula es una estructura fenomenológica del alma: cuando la totalidad psíquica se ve absorbida por una imagen, la energía libidinal se concentra por completo en ella, de modo que lo “otro” queda desatendido. Tal como lo expresa el propio Giegerich: “La exclusión es ‘paciente’, pasiva, un efecto secundario de que toda la ‘libido’ fluye hacia la imagen…”. No se trata, por tanto, de una exclusión activa del otro como sujeto, ni de una censura epistémica, sino de una descripción de la estructura de totalidad que ocurre cuando el alma está completamente absorbida por una configuración simbólica. Esta estructura forma parte de la tradición hermenéutica en psicología profunda que parte de la premisa de que la conciencia no está disponible para el juicio externo cuando se encuentra atrapada en una forma determinada. El error de Medina consiste en leer este fenómeno como una consigna ideológica, y no como una forma de comprender el movimiento interno del alma.

Quizá el error más grave del texto de Medina sea la acusación de manipulación textual hacia Giegerich. El autor sostiene que Giegerich “descaradamente” tergiversa un pasaje de Jung tomado de Mysterium Coniunctionis, en el que se afirma que la imagen de la fantasía “tiene todo lo que necesita” y que debe protegerse de interferencias externas. Medina asegura que Giegerich convierte esta precaución metodológica en un principio ontológico del alma, al que llama “la navaja psicológica”. Lo que Medina omite es que la interpretación de Giegerich no pretende ser una exégesis literal, sino una extrapolación lógica. Tal como lo explica Mark Saban, Giegerich convierte la técnica de Jung en un axioma porque ve en ella una forma de respetar la autonomía de la imagen, no por ignorancia o mala fe. No hay aquí manipulación, sino elaboración teórica. El propio Jung sugiere en varios textos que las imágenes del inconsciente deben ser tomadas en serio por su estructura interna y no reducidas desde categorías externas. Que Giegerich radicalice esta idea no implica tergiversación, sino un pensamiento que toma en serio la autonomía de lo psíquico como forma simbólica.

Otro de los argumentos de Medina gira en torno a la supuesta destrucción del concepto junguiano de arquetipo por parte de Giegerich. Cita a Giegerich diciendo que los arquetipos no tienen existencia positiva en sí mismos, sino que sólo se concretan en imágenes culturales históricamente determinadas. Luego, pretende refutarlo con una cita de Jung en la que éste afirma que los arquetipos no son representaciones innatas, sino “posibilidades innatas de representación”. Pero lo que Medina no ve es que ambos están diciendo lo mismo. Tanto Jung como Giegerich entienden que los arquetipos no existen como entidades fijas, sino que son patrones formales que se actualizan en imágenes concretas. James Hillman también se alinea con esta visión: “El arquetipo nunca aparece como tal; sólo se manifiesta a través de imágenes. Lo arquetipal es lo que se da en las imágenes, no detrás de ellas”. Medina pretende establecer una contradicción donde no la hay, y su crítica termina siendo una confirmación de lo que Giegerich afirma.

El punto más ideológico del texto de Medina aparece hacia el final, donde acusa a Giegerich de justificar el capitalismo, declarar obsoleto al individuo y proponer como “terapia” la aceptación acrítica del statu quo. Esta interpretación, además de estar plagada de afirmaciones descontextualizadas, incurre en una grave confusión de niveles. Cuando Giegerich afirma que “el individuo está obsoleto” o que “el dios actual es el dinero”, no está postulando un deber ser ético o político, sino describiendo la configuración simbólica del alma contemporánea, tal como aparece en el discurso y las prácticas del mundo moderno. Su psicología no es prescriptiva, sino hermenéutica. Como él mismo señala en Technology and the Soul: “Mi objetivo no es curar ni transformar, sino atender a la verdad de la época en la que estamos inmersos, que es, para bien o para mal, la forma actual del alma”. La crítica de Medina parte de una lectura moralizante que confunde la descripción de una estructura simbólica con una apología ideológica. Este error se agrava al no distinguir entre el nivel lógico-simbólico de la psicología arquetipal y el nivel ético de la praxis social, como si toda descripción de una forma psíquica implicara su justificación.

El lenguaje del texto de Medina refuerza esta tendencia hacia la descalificación más que al análisis. Frases como “una farsa bochornosa”, “Disneylandia lógica”, “el pobre Giegerich”, “espíritus abotargados” o “hegeleanería escabrosa” sustituyen el argumento por el desprecio. Esta retórica del insulto no sólo degrada el valor intelectual del texto, sino que traiciona el espíritu mismo de la psicología junguiana, cuya premisa fundamental es escuchar las imágenes con seriedad, incluso cuando son difíciles o incómodas. Criticar a Giegerich con rigor es posible —y algunos lo han hecho con elegancia, como Mark Saban, Greg Mogenson o Stanton Marlan—, pero no en los términos en los que lo plantea Medina, cuyo estilo panfletario lo aleja tanto del pensamiento filosófico como del análisis psicológico.

La psicología de Wolfgang Giegerich es una de las contribuciones más audaces y complejas a la evolución del pensamiento junguiano contemporáneo. Su lenguaje, a menudo abstracto y exigente, su estilo lógico-dialéctico y su crítica al psicologismo humanista, generan resistencias ilegítimas. Pero es precisamente por eso que merece una crítica rigurosa, fundada en una lectura atenta de sus textos y en una comprensión clara de los principios que orientan su proyecto. La obra de Giegerich no debe ser aceptada sin cuestionamiento, pero tampoco puede ser reducida a una caricatura ideológica. Atribuirle una farsa no sólo es injusto, sino profundamente antipsicológico.

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