Ser solamente un espejo del otro es una frase que se repite de manera común en psicoterapia, se refiere al trabajo del profesional por crear un ambiente empático y comprensivo para el paciente que acude a consulta. Para esta labor hay diversas técnicas que ofrecen la sensación de que el psicoterapeuta entiende perfectamente las condiciones, los sentimientos y las necesidades del paciente, pero al final el reflejo que observa el consultante no es otro que el de él mismo.
Sin embargo, una terapia centrada en el alma requiere un objetivo distinto. James Hillman en 1988 pronunciaba en Roma una conferencia donde hablaba sobre el narcisismo de la psicología profunda, el cual se reiteraba en los temas abordados por la psicoterapia y en la adecuación de sus conceptos al individualismo imperante, que descarta aquella máxima junguiana que dicta que la mayor parte del alma está fuera del hombre.
Hillman recomendaba dar un paso hacia la ventana, es decir, sacar al análisis de su contención en sí mismo y llevarlo a las calles, al estudio de la arquitectura, a los movimientos sociales, a la historia; habría que analizar al mundo para devolver el alma a su relación con la realidad, despertar su matiz de anima mundi y no enclaustrarla en el estrecho espacio de la psique individual.
Pero el reflejo de una psicología vista en el espejo del mundo aún no es suficiente para contemplar su verdadera profundidad. La imagen de lo exterior sigue siendo una reproducción de la subjetividad que proyecta las reglas de su identidad en aquello que observa. Al mudar el punto de inflexión del trabajo individual al colectivo, no obstante, no se ha trasgredido aún hacia el verdadero objeto de la psicología.
Jung dejó en claro que el objeto de la psicología es el alma. Pero por alma no se debe entender un ente o una imagen, el alma no es una cosa, ni tiene existencia positiva. Realmente es pura y absoluta negatividad, lo que significa que preexiste como la noción inmanente en cada fenómeno dado. El “alma” es la mitologización de la apertura hacia la otredad de la propia existencia, un agujero que se abre y que permite observar de manera inédita para la posición del ego (que de por sí es ciego a ella) la realidad a través de lo negativo.
Por ejemplo, de forma imaginal, el antiguo viaje chamanico suponía la mutación del chaman en un nuevo ser cuya naturaleza revelaba el matiz daimonico de la experiencia del sujeto. Su identidad se conservaba, pero ahora era el vaso receptor de una dimensión comúnmente oculta, el de las imágenes psíquicas que toman posesión de él y son capaces de reificarse en la relación con la comunidad.
La transformación a veces era relatada como un cambio físico donde los ojos del chaman eran retirados de sus cuencas para ser reemplazados con nuevos ojos. Estos nuevos órganos ya no le pertenecían, eran potestad del mundo de los espíritus. Pero tal cambio aún se inscribe en el ámbito de lo mitológico, de la lógica de lo pictórico y de la imagen, significó la expansión de las propias representaciones míticas en las cuales el hombre espiritual estaba contenido.
Hoy, el alma, como el objeto de la psicología ya no puede ser retenido por las imágenes que produce, todas ellas moran en el orden de lo semántico, como relatos y narraciones que dan estructura a la experiencia humana, más no se inscriben en el orden de la sintaxis, de las reglas lógicas desde las cuales dichas ficciones están estructuradas. Así, el alma no es aquello que se mira, más bien corresponde a los ojos, negativos, que observan.
Pero ¿qué otra cosa podría observar esa mirada desprovista de asiento imaginal más que su propia representación? Esta es, precisamente la actividad explicita del alma: salir al mundo adentrandose en sí misma. Este proceso no puede imaginarse, debe de ser pensado para abarcarlo en su verdadera magnitud. Por lo cual, se entiende que la huida hacia la ventana, si se hace desde el sentido común del ego, no es más que un subterfugio de la mirada lógica del alma hacía sí misma.
Para llegar a sí misma en lo real, el alma debe contenerse y su pensamiento ha de llevarla hacía su meta, siguiendo aquella máxima junguiana, retomada de la alquimia, que dicta que no se permita que nada del exterior se entrometa, pues la imagen de la psique contiene todo lo que necesita en sí misma. Por ende, el fenómeno psicológico, para salir de sí, ha de introducirse y engendrarse en su propia noción.
Por lo tanto, la función especular de la psicoterapia no se dirige hacia el paciente como individuo empírico, y tampoco es la tarea del psicoterapeuta convertirse en un espejo fiel de las vicisitudes emocionales de su cliente. Es el consultorio quien ha de revelarse como un vaso hermético donde el fenómeno psicológico solo puede observarse a sí mismo, como un espejo laberíntico que lo lleva siempre al reflejo de sí. Sin embargo, ello exige de una matanza egoica.
Borges contaba la antigua leyenda china sobre un país dentro del espejo, condenado a imitar los movimientos de sus captores, un día, no obstante, un extraño pez aparecerá en la superficie argéntea y entonces el rumor de las armas anunciará su regreso y esta vez no serán vencidos. ¿Será esta la verdadera naturaleza del acto reflexivo? ¿una lucha encarnizada, una matanza venidera?
El paciente busca en la terapia su reflejo y no sabe que quizás él mismo es la imagen imperfecta de otro mundo que espera silencioso el retorno de una luz por venir, de un síntoma rompiente que abre una puerta hacia la muerte de aquel que sueña con la preservación y la salud eterna. El paciente quiere observarse pero sus ojos están destinados a la imagen fulminante del alma que se trasluce en su reflejo.
Un espejo es una superficie que reflecta, sin propósito ni objetivo, la luz incide en él de tal manera que no puede retenerla, no toma nada para sí, simplemente deja que ocurra, en él, el hecho mismo de la reflexión. Lo reflejado no es igual a lo que aparece al frente, sino que se presenta como lo inverso, por lo que no es una copia fiel, sino la visión de aquello que el objeto no puede retener de sí mismo, es decir, su ausencia.
El objeto evoca su ausencia en el espejo, la luz que no guarda para sí, y la proyecta en una superficie que no es capaz de retenerla, que en sí misma está también ausente. Un vacío frente a otro vacío, pero un vacío ya presupone una posibilidad, en cambio esta oquedad no presupone nada, solo aquello que no es o, mejor dicho, su naturaleza negativa.
El síntoma es también un espejo frente a otro espejo, un laberinto, y puesto que todo laberinto está cerrado sobre sí mismo, se puede decir que el acto de reflejarse en el espejo es la negación absoluta del fenómeno y, solo entonces, se puede afirmar que la psicoterapia es semejante a estar frente a un espejo, pues en ella los sujetos dan paso al mundo invertido que nunca podrán contener.
Reflejar es un acto salvaje, pues vacía a los participantes de toda esperanza de encontrarse con lo que deliran que son ellos mismos. Porque lo que son en verdad es la luz, indiferente, en el camino hacia sí misma. De tal forma que la obra psicoterapéutica puede ser entendida como el encuentro del alma consigo misma en el puro acto de la reflexión, convertida en un espejo que solo piensa en aquello que acaece a su mirada.
Tal hecho resulta violento para quien espera que aquello que se presenta sea una figura familiar que afirme lo que su ideal de normalidad dicta, y es que no es precisamente el paciente quien se encuentra, ni el terapeuta quien lo refleja, sino el alma misma que al desmembrar y vaciar a los sujetos, por fin puede estar frente a sí como su propia imagen especular en el puro movimiento lógico de ser una reflexión tautológica.
