La tiranía del espectáculo del bienestar mental

Logos del alma

Una especie de consenso cultural dicta que las películas, libros, series de televisión y demás productos de entretenimiento, sobre todo los que están dirigidos a un público infantil han de ser construidos en torno la enseñanza de los valores sociales imperantes. Sin embargo, tales valores están sostenidos en principios inadvertidos que superan en importancia al mensaje semántico de la obra y que resultan, inclusive, contradictorios con las reglas que los formulan.

Por ejemplo, el énfasis contemporáneo en la salud emocional, el tratamiento de las pérdidas o el sufrimiento amoroso, como temas predilectos de las teleseries o de los filmes de moda, parecen dirigirse a la edificación de herramientas que ayuden a los espectadores a lidiar con estos padecimientos. De tal manera, funcionan como catarsis, es decir como la purificación del dolor del espíritu, del cual el sujeto se alivia al observar el drama que le es a la vez ajeno y propio.

En la antigua Grecia la tragedia (τραγῳδία), es el lamento del macho cabrío, es decir del chivo expiatorio, donde las penas de los espectadores eran depositadas para elevarse a una dimensión redentora. El héroe trágico moría de manera violenta, era castigado por razón de su soberbia (hybris), constituyendo ésta la falta (hamartias) del personaje, su apropiación de los atributos que, en principio, solo le pertenecen a los dioses.

Por lo tanto, la tragedia cumplía, como uno de sus fines, con facilitar la diferenciación del hombre con sus sufrimientos. Éstos infortunios no le pertenecen, porque realmente son propiedades de lo divino. Son dioses en sí mismos y deben ser expurgados de su contención en la experiencia empírica. Se podría decir que no es el ser humano el que sufre sino el alma, por lo que era necesario un recurso lírico que provocara la diferencia psicológica.

Así que la hybris era realmente la posesividad del individuo de una dimensión vital que no confluye con sus limitadas experiencias como persona, y su redención, por ende, consistía en la devolución de aquello que no le correspondía en el acto proyectivo de la observación del drama. En este caso la proyección no era un medio defensivo, más bien era un mecanismo autorregulador de la dinámica psíquica.

Pero el drama moderno, no tiene que ver con ese fenómeno que Aristóteles estudiaba en su Poética. Hoy, la puesta en escena de los conflictos humanos no conserva como su meta liberar al sujeto del pathos que le acaece, en cambio pretende enseñarle como internalizar los padecimientos en él mismo, de manera puramente positiva, es decir, cómo convertirlos en esquemas de comportamiento con los cuales identificarse.

El hombre nacido, como lo nombra Giegerich, es aquel que se ha desatado de las amarras metafísicas y ha puesto sus pies en la incertidumbre de la vida, por lo que el mundo se le aparece, también, desnudo de sentido. Pero este proceso de nacimiento no le pertenece al individuo empírico, en verdad es potestad del anthropos, de la noción de hombre que se actualiza en el movimiento del alma hacia sí misma.

En este camino de emancipación del concepto del hombre, la persona común se aferra a los remanentes psíquicos que lo dotan de un sentido que no obstante es artificial y falso, por ello el diágnostico y las taxonomías psiquiátricas son tan socorridas y el DSM V cuenta con tal prestigio, porque ofrecen una forma de sentido de la vida que enlaza la vivencia psicopatológica con las desventuras cotidianas de la gente, al precio de la inflación psíquica, la soberbia.

La cultura moderna ensalza, con su énfasis en la educación socio-emocional, el cultivo del bienestar mental: un eje de principios morales disfrazados de diagnósticos psicopatológicos y un proyecto psicológico implícito que pretende sustituir a un dios que ha partido al interior de la noción de sí mismo y que ha sido vaciado de su sustancia, con la apropiación indebida de su esencia divina en el interior de cada ser humano, como su particular logos del pathos o como el inconsciente personal.

Pero el dolor no es propiedad de las personas, es, como ya se ha dicho, un acontecimiento del alma, y debe ser devuelto a su verdadera dimensión, ya que las diversas caras de su manifestación (ideaciones suicidas, depresión, angustia existencial, entre otras) son descontextualizadas de su campo socio-cultural y llevadas a la positividad de la existencia humana y son encarnadas en actores diletantes que han olvidado que la máscara no les pertenece, ya que ella es el vínculo del daimon con el mundo diurno.

Los psicólogos olvidan que fue lo terrible, lo siniestro, el cuerpo sufriente quien construyo las bases del estudio de la mente, la sombra fue la musa que en una sociedad temerosa del pecado se sobrepuso a las reglas morales y mostró su faz más convulsa, en el rostro desfigurado de las histéricas, en las angustiantes crisis económicas y en las guerras. Es decir, que el alma es todo aquello que no puede reducirse al sujeto y que lo despedaza.

El proyecto antropotécnico no libera al hombre de las posesión de los afectos, lo obliga a identificarse con ellos y a cometer el pecado inadvertido de la participación mística con un conjunto de ideologías que lo someten a la influencia desmedida de las imágenes psíquicas. Es el proceso de autoemparedamiento del alma en la caverna platónica, el retorno a la contención de las imágenes y las emociones.

Cuando se observa una película, se acude a un psicoterapeuta o se lee un libro de autoayuda no hay un motivo liberador, al contrario es el espíritu de los tiempos lo que se impone en la lección psicologízante que subyuga a las masas a la actuación compulsiva de sus rituales. Ahí hay un proyecto de colonización de los territorios psíquicos y el eje de la empresa no es la salvación ni del alma ni del individuo, es la explotación de las tierras vírgenes en aras de un proyecto político y económico que se reproduce en forma de metástasis productiva.

De tal forma, la vía pedagógica de la industria del bienestar mental impone la felicidad, el bienestar y el crecimiento personal como los ideales a los cuales toda persona debería aspirar. Se contrapone una faceta de la existencia contra otra y se determinan los bandos, que son realmente posiciones morales. No obstante, tampoco la felicidad, la paz mental o el éxito son posesiones del hombre. Igual que la adversidad, la buena fortuna es un acontecimiento que solo le sucede a los dioses.

Es, por lo tanto, el hombre-dios el que se yergue en el espectáculo psico-edificante, donde se le enseña a sufrir y a encargarse de su propio sufrimiento, se vuelve, entonces, esclavo de su auto-construcción, un sujeto de rendimiento, con todo el peso del exceso sobre sus frágiles espaldas, olvidando, cada vez más, que su vida no es su vida, que es verdaderamente la vida lógica del alma.

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