El hijo pródigo o el viaje del fenómeno hacía sí mismo

Logos del alma

Te la regalo, como te regalo mi corazón y mis días. Te la regalo para que la tires.
Jaime Sabines

En el fatigoso tránsito hacia sí mismo, el fenómeno psicológico enfrenta sus propias contradicciones dialécticas, todas necesarias para revelar (Alétheia) lo que en él subyace en potencia y hacerlo plenamente real. Mientras tanto, su aliento moribundo permanece en el recuerdo titubeante del síntoma que lo representa y de las imágenes que reflejan su movimiento lógico. Quiere ser pensado por su propio pensamiento.

El fenómeno parte hacia el encuentro consigo y recorre una senda particular que puede ser imaginada de muchas formas, tantas como mitos y cuentos han existido. Por ejemplo, la parábola del hijo pródigo muestra varios aspectos del proceso de la revelación del alma ante sí misma que en la representación pictórica son comprendidas sucesivamente, pero donde realmente todas acaecen de una sola vez, en su carácter de absoluto.

La historia comienza con un padre y sus dos hijos, André Gide sin embargo imagina que son tres. Ellos saben que su padre les heredará su hacienda, pero que en ese legado se ha de imprimir un compromiso. El hogar del padre ha sido forjado con los sueños y las esperanzas de éste, prefigura un proyecto hecho a medida del destino de un hombre que responde ante su propio linaje y a su dios. Hay entre él y sus hijos un caudal de responsabilidades que no siempre coinciden con las inquietudes de su progenie.

El hijo mayor, aquel cuyo pacto es socialmente más apremiante, encuentra su realización en la continuidad del contrato, se asume como un hombre fiel al padre, lo cual implica adecuar sus propios deseos al gran deseo de lo paterno, su adaptación ocurre en el medio de la tradición y la continuidad, él es un vaso receptor de la herencia ancestral de una casta cuyo orgullo reside en las tradiciones, en el terruño y en la gloria de la religión.

No obstante el otro hijo, aquel que ha llegado después en el orden del nacimiento, tarde para recibir la primogenitura, sospecha del amor paterno, sabe que tiene un precio y no está seguro de si la hacienda pude contener el deseo que lo impulsa. No puede subsumir su necesidad al impulso paterno, es presa de un daimon singular que lo expulsa constantemente de la bienaventuranza y que le propone un camino de ostracismo que no puede rehusar.

Es así que el hijo pródigo parte, sin rumbo fijo, de la casa de su padre, quizás como ese otro muchacho que acostumbraba a dejarse guiar por la dirección de una lanza incierta o semejante a aquel que llevado por sus perros de caza encontró la verdad desnuda en su destino. En sus haberes queda todo lo que la memoria le puede unir a esa vida que, sin embargo, no es su vida y a ese amor que tampoco le corresponde, es por eso que ha de despilfarrar los sueños y las esperanzas de lo paterno, pues para ser quien ya es tiene que vaciarse de lo que se le ha pedido que sea, su verdadero concepto debe encarnarse.

Al salir del hogar, transita (transire), va hacia otro lado, hacia una posición que niega el lugar de origen, a la vez que traiciona (tradire), es decir que se entrega al Otro, a lo que constituye el núcleo de su posición inicial. El hijo pródigo es la parábola de la identidad y de la diferencia entre la fidelidad y la traición, donde no puede concebirse una sin la otra porque siempre están entrelazadas y son el núcleo del viaje hacia sí mismo.

Hillman suponía que la traición es un motivo arquetipal y, por ende, necesario para el alma. En ese mitema está inscrita la expulsión del paraíso, donde Adán y Eva fallaron en su juramento y comieron del fruto prohibido, desde entonces la traición significa el rompimiento de la confianza primigenia y de la inocencia de un mundo que aún no se ha confrontado consigo mismo en lo abierto. Deben ser las treinta monedas, la delación, lo que provoque el exilio de lo ya conocido hacia los paramos yermos de la incertidumbre de la que no es posible regresar.

Las puertas del paraíso han sido selladas por espadas de fuego. Una vez que la traición ha ocurrido el mundo ha sido superado por su nueva posición lógica, es por eso que el hijo pródigo parte de manera irremediable llevado por un espíritu de contradicción que cuestiona todos los valores ya lejanos en su consciencia y se apresta a experimentar nuevas formas de existencia. Pero toda novedad se caracteriza por su brutalidad y por la errancia de su proceder, la dimensión en ciernes aún no ha llegado a casa a sí misma.

El hijo pródigo, por consiguiente, se deja llevar por el pecado, aquello que lo aleja del Padre, lo que significa que sólo en este alejamiento es posible encontrar lo perdido (felix culpa). No es aquel que sigue las palabras del Padre quien lo hallará, sino quien las comprende y, por lo tanto, le olvida y le deja atrás, no porque no sea importante sino porque la experiencia de la muerte del mismo es necesaria para interiorizarlo, pues así el Padre puede ser la nueva posición del hijo. El hijo es el padre y el abandono del padre, tiene que ser ambas realidades al mismo tiempo.

El despilfarro es un proceso de vaciamiento, de kenosis, donde el joven se despoja de toda vestidura mítica que ha caído sobre él, se desnuda de la narrativa familiar que lo impele a seguir los linderos generacionales y se prepara para sufrir la sórdida existencia en su oscura realidad. Tal como el príncipe Siddartha, se enfrenta al placer, al dolor y al hambre, el exiliado se baña en las aguas de la penuria para lavarse el cuerpo de los lazos que lo atan a su antiguo ser.

¿Qué queda después de limpiar su cuerpo y alma de los vestigios del hogar paterno? Solo la indigencia y la podredumbre de su ser corrompido por la contradicción, pero ya se dijo que “bienaventurados los pobres de espíritu…”, es decir que únicamente de la oquedad nacida en el núcleo de ese espíritu es posible que emerja la noción viva del joven que ha debido desperdiciar su herencia para ser él mismo.

Entre la miseria y dando alimento a los animales, el hijo pródigo ha sido preñado por su propia vaciedad y ahora por fin puede ser padre de sí mismo. Ser padre es haber pecado, ser hijo es estar listo para traicionar. Freud llamaba a este proceso: “el complejo de Edipo”, pues sólo en el fracaso del deseo de lo materno (de lo deseado) y en el asesinato venidero de lo paterno, de lo (que impide el deseo), el hombre puede salir hacia sí mismo y dejar que sea el deseo quien desee.

El hijo regresa a casa pero ya no ocupa la posición del hijo. El padre lo recibe con grandes recompensas, porque es acaso este periplo lo que le permite llevar a cabo su objetivo paterno. La casa, es decir la posición lógica, ahora puede ser habitada por su verdadero dueño, sigue siendo el hogar del que partió pero a la vez todo es novedoso porque el paso dialéctico se ha cumplido, la negación de la negación ha sucedido y el concepto paterno ha llegado a la consciencia, donde de hecho ya moraba.

El fenómeno, por consiguiente, ha de ser confrontado continuamente para que su verdad se haga patente. Escondida en la superficialidad de su apariencia el síntoma guarda la noción que lo estructura y lo dota de sentido interno. En la parábola tratada esta senda debe de tocar los temas de la traición, el vaciamiento, el fracaso y el regreso, todo ello para mostrar la perla de gran valor que siempre estuvo inmersa en la herencia del padre. El hijo es el padre desde el inicio, pero en potencia, y una vez que lo ha reconocido sabe que su reino ya no es de este mundo.

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