La amoralidad de los fenómenos psicológicos

Logos del alma

Hay una confusión evidente entre la naturaleza anímica de las manifestaciones psíquicas y el punto de vista de la persona empirica que las experimenta, éste último suele asumir estos fenómenos desde un punto de vista meramente subjetivo, plagado de prejuicios morales e indiferenciado del espíritu de la época que los alimenta, con sus categorías culturales, preferencias y animadversiones, que pronto son traducidas como verdades ineludibles.

Los psicólogos suelen aplicar categorías morales a los fenómenos psíquicos y los juzgan en relación a su conveniencia, arraigados en una posición egoíca que supone que las imágenes y los síntomas emergentes son epifenómenos derivados del individuo en cuestión y que estos complejos le pertenecen como fragmentos escindidos de su ser particular; por lo que se cree que la vida simbólica del fenómeno debería integrarse en la persona como su fin último. Esta óptica es una convención que nace de la estructura moderna de un ego que es capaz de vivirse separado de su contexto psicológico y que cuando lo observa lo asume como su creación.

En el mito hindú, el mundo cíclico es testigo de la muerte y el renacimiento de los dioses, el primero en nacer es Brahmá, luego llegan los otros dioses conjurados por su nombre y creen que Brahmá los ha creado, él mismo así lo concibe, pero realmente la muerte y el nacimiento de todos están prefijados y son anteriores a su realización, suceden de forma arbitraria. El sujeto moderno experimenta el mundo psíquico de tal manera porque ha nacido logicamente y es consciente de su nacimiento, ha olvidado su identidad orgánica y necesita haberla olvidado para poder ser convertirse en la manera en que la consciencia se observa diferenciada de sí misma.

El haber nacido del hombre moderno lo compromete con la necesidad tortuosa de asumirse como sin referentes que puedan cargar la responsabilidad de las propias decisiones, él sujeto está frente al vacío y no hay dioses que lo sostengan, este es el sentimiento del absurdo conjeturado por los existencialistas. Es entonces que la moralidad, como sustituto de lo ya perdido, se impone como un bastón en el cual recargar las angustias humanas, pues ante la falta de padres celestiales que dicten la dirección de las acciones, se requiere recurrir a las viejas categorías y a la construcción de nuevos panteones que permitan soportar la desnudez moral del sujeto.

Por ello es importante, para el discurso psicológico hegemónico, construir un relato que exalte los valores antropotécnicos del individuo, y ofrece, con tal fin, una serie de ideales que fungen como cimientos de una cultura fincada en el individualismo y el progreso, con objetivos ego-edificantes como la felicidad o la salud. Se entiende, por ende, que todo aquello que se aleje de esas grandes metas recaerá en un juicio de valor negativo, en forma de taxonomías morales que servirán como barreras que impidan que la persona piense en la pertinencia del sufrimiento, del dolor y de la destrucción o en la integración de la sombra.

Sin embargo, el fenómeno carece de moralidad intrínseca, porque lo guía un objetivo que está fincado en su propia estructura, él es en sí mismo su singular fuente de referentes. El fenómeno es la unidad de su apariencia y su esencia, de su expresión y de su contexto, constituyendo una totalidad absuelta de asideros externos. Como un vasus hermeticum, la naturaleza lógica de lo que se presenta está cerrada sobre sí misma y se incuba proteicamente para desplegar su estructura primaria en el transcurso de su aparición. No es otra cosa más que su carácter de absoluto.

Es así que la distinción entre “el bien” y “el mal”, en la lógica del fenómeno, es un un asunto de pura necesidad ideológica, que cuando se observa cuidadosamente no tiene mayor profundidad que la diferencia entre “arriba” y “abajo” o entre “izquierda” y “derecha”, es una cuestión de opinión y de posición, empero, elevada a la categoría de fenómeno psicológico de forma injustificada, o solo justificada por el miedo a la propia postura existencial del individuo.

James Hillman mencionaba que el trabajo psicológico requiere la aceptación indiscriminada de la imagen como siendo ya una representación completa del alma, no importa la figura sórdida en que se manifiesta, ni el sufrimiento, ni lo patológico de su contexto, ya que es en lo sintomático donde prima el opus de la verdadera psicología, es en su depravación donde el alma puede desplegarse mejor.

En cambio, los ideales moralistas, encierran el desenvolvimiento del síntoma en una prisión de nosologías fijas que brindan certidumbre y calma al profesional de la salud mental, librándose con ello de la urgencia de involucrarse en aquel pensamiento que se piensa a sí mismo. Puede, en consecuencia, observarlo mecanicamente y subsumirlo a la técnica adecuada. También el paciente es capaz así de abandonar su vida anímica y entregarse inocentemente a la tarea cotidiana del espíritu de los tiempos. Ambos, paciente y terapeuta, fingen, por tanto, que su humanidad no ha nacido aun, que siguen siendo hijos de un dios que, sin embargo, hace tiempo ha muerto.

El psicólogo ha de saber que su mirada debe esforzarse por permitir que sea el síntoma quien se mire a sí mismo, despojado de la obligación hacia el ego, es su labor construir las herramientas de pensamiento que le posibiliten disminuir su punto de vista moral y subsumirlo ante el pensamiento inconsciente de aquello que se le presenta. Así, él mismo resulta tan arbitrario como cualquier otro evento, no obstante, en esa contingencia es capaz de atender a lo que de verdad es importante, que nunca es él mismo sino el mundo en el que ha nacido, es decir que puede por fin estar frente al movimiento noético que supone la lógica de lo pensado en el fenómeno, tal es el objeto propio y absoluto de la psicología.

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