La psicología académica sufre de superficialidad en su abordaje teórico, pues está abocada a un objetivo puramente tecnológico y se ha determinado como una serie de estrategias y técnicas ortodoxas al cuidado de la salud mental y del desarrollo humano, confluyendo de forma acrítica con el espíritu de la época que se encuentra delimitado por el valor del máximo beneficio y la construcción del yo en detrimento del sentimiento de comunidad.
Esta perspectiva interesada por la eficacia y la aplicación pragmática como maneras de manipular a los fenómenos y dirigirlos hacia lo que el hombre espera de ellos, anula el carácter de ser otro de aquello que se debería de atender en su propia naturaleza lógica. La visión práctica es un esfuerzo de la posición egoica por sobreponer su parecer subjetivo sobre el pensamiento implícito en el fenómeno, por omitir el carácter autónomo y objetivo de la realidad, reduciéndola y mecanizándola para controlarla mejor.
Tal es el destino del alma en una psicología que se ha desprendido de su raíz en el fenómeno para constituirse como una doctrina antropotécnica que se sostiene en una narrativa de crecimiento y de curación del individuo, pero que secretamente se adhiere a las formas más salvajes de devastación de la consciencia de la alteridad. Después de todo el alter ego es aquella dimensión de la experiencia que se muestra desnuda y que permite que el Otro despiadado la destroce con su negatividad y la preñe de su verdad más íntima.
Pero la psicología, nacida de los ideales de la modernidad, se ha vuelto compulsiva en su actuar y ha separado la profundidad teórica de su carácter practico, proponiéndolos como espacios distintos y decantándose por una formación técnica donde el arquetipo se escinde y se encarna en ciertos individuos que alojarán en sus cuerpos y mentes los conceptos patologizantes que justifican la intervención psicoterapéutica. El paradigma psicológico construye a sus pacientes para legitimarse.
La imaginación de una psicología materialista ha cesado su movimiento y se ha detenido en sus clasificaciones, y sus fantasías se han petrificado en una gnoseología hegemónica, que no deja lugar a las especulaciones fenomenológicas o hermenéuticas sobre los fenómenos en su carácter lógico. Estos últimos no son objetos, ni cosas cuantificables, son conceptos en espera de ser asumidos como pensamientos que se piensan a sí mismos. Es labor de la educación psicológica atenderlos en su naturaleza esencial.
En los planes de estudio, de la carrera de psicología, donde debiera estar siempre presente el pensamiento filosófico, este ha desaparecido paulatinamente en pos de materias de aplicación sistemática, con manuales que ofrecen una óptica homogénea de las diversas manifestaciones del ser. En ellas el alma ha sido reducida a una sola posibilidad y literalizada en su forma materialista bajo el yugo de la religión científica. La perla de gran valor ha sido olvidada, por lo cual es sencillo ocluir las intenciones del espíritu de los tiempos.
Lo cierto es que no se puede hacer psicología, es decir, abrir oídos al logos de la psique, sin tener un pensamiento nutrido por la meditación crítica de sus estructuras teóricas. En consecuencia, despojada de sus consideraciones teoréticas, la psicología, en tanto ciencia, no puede pensar y los psicólogos son educados para evitar cualquier dificultad especulativa que los impela a la dura labor de meditar racionalmente, de comprometerse con el fenómeno psicológico en su carácter de concepto.
El psicólogo emerge de las facultades teniendo un objetivo técnico, loable pero contrario al objeto de su verdadero quehacer epistemológico: pensar el alma. Así, queda lejos del profesional el hábito de razonar, de criticar y de reflexionar. Como el viejo chiste de quien busca debajo del farol porque en otro lado no hay luz, el psicólogo se acostumbra a regodearse en la miseria que llama teoría y que no es otra cosa sino la repetición constante de una serie de ideas básicas que reafirman, en la misma medida que se reiteran, el discurso de una disciplina inconsciente de sí misma.
