Para Freud la neurosis estriba en un desacuerdo entre los deseos del id y las necesidades del ego, es decir, surge como un sistema sintomático que responde a una relación paradojal entre la dimensión consciente y la inconsciente del proceso psíquico. En Jung, en cambio, la neurosis supone un desajuste en la homeostasis del sistema mental que conlleva un esfuerzo, autónomo, por compensar aquello que se ha tornado desequilibrado. En ambas posturas se observa que el compromiso dialéctico entre las dimensiones de la consciencia ha sido obliterado por alguna circunstancia específica. En la neurosis una faceta de la experiencia se apresta, de manera secreta, contra otra.
A partir de lo dicho considérese una hipótesis: la psicología, como ciencia de la salud mental, es inherentemente neurótica, pues sostiene una unilateralidad en lo individual que exacerba al sujeto y deja sin tocar el tema que debería ser su centro: la lógica de la conciencia o el alma. La psicoterapia, que es su práctica [de la psicología], no cura realmente en ninguna modalidad, ni desde ninguna perspectiva, su función real es iniciar al sujeto en el medio de la neurosis. Desde esta especulación surge, por ende, la duda sobre el lugar de la ganancia secundaria.
Por una parte, el proyecto psicológico se apresta al estudio del comportamiento humano, a pesar de que su raíz etimológica apunte hacia el logos de la psique, desde esa contradicción, por otro lado, se escabulle un propósito oculto que alimenta al espíritu de la época; porque el discurso normal de la psicología nutre al complejo egóico de tal forma que lo eleva a la condición de un nuevo dios hacia el cual todas las manifestaciones anímicas son dirigidas para ser devoradas por esa noción hegemónica cuya característica esencial es ocultarse a sí misma del hecho de ser una idea.
El mercado de la autoayuda y la psicología académica no son muy distintas en cuanto a la empresa de inflación psíquica del individuo, en ellas el esfuerzo del alma por sostener una nueva forma de sí misma se lleva a cabo a través de la exaltación de la importancia individual y de las narrativas que divinizan la ecuación personal. Para este objetivo, el alma utiliza factores obsoletos que dejó atrás, hace tiempo, como restos muertos de su propia historia, y con ellos entroniza un solo elemento de su fenomenología. El ego es una forma anímica que obtiene su sustento de los cadáveres de la consciencia.
Por lo tanto, se cometería un error si se pensara que la neurosis pertenece al individuo, pues al parecer es un movimiento lógico donde la psique se deshace de la importancia del sujeto al encumbrarlo en cimas demasiado elevadas, como si el telos inherente en tal despliegue fuera hacer sucumbir a este Icaro o Belerofonte en el mar de los objetos anímicos superados; es el proceso de aufheben del ser humano, que en su último momento brilla con tal esplendor como el de una estrella que colapsa.
La neurosis de la psicología es la formación de compromiso de un alma que advierte la muerte de un símbolo fugaz como lo es el hombre y la búsqueda de la liberación en la absoluta negatividad de ser lo que siempre ha sido, un pensamiento que se piensa a sí mismo. La narrativa de la salud mental, por lo tanto, cumple la función sintomática de convertir en un objeto de culto aquello que deberá ser sacrificado, como en los antiguos rituales precolombinos donde se otorgaban tributos y placeres divinos al sujeto dispuesto a ser consumido por los dioses.
Lo que se hace en el consultorio es brindar un relato con el cual la persona pueda poner su neurosis en manos de la cultura y normalizarla; a su vez la psicología se neurótiza aun más y construye un discurso cultural que legitima esta escisión. Es decir, la psicología crea sus propias patologías al apropiarse del movimiento patologizador de los fenómenos, labra así su propio campo y convierte a sus pacientes en el dogma encarnado de una teoría psicológica, la cual, independientemente de su estructura, tiene como trasfondo el esfuerzo de la consciencia de volver irrelevante al individuo por medio de su exaltación.
Así, de la sala de consulta emerge un paciente satisfecho de forma momentánea, bajo el manto de la persuasión, pero hay muchos más como él esperando una cita. Dado este sistema complejo de relatos implicados, el terapeuta es tan inconsciente de este tránsito agónico como lo es el paciente, y juntos abdican, sin saberlo, sus objetivos mundanos a la gran maquinaria del espectáculo de la salud mental; su vida individual es, por lo tanto, una vía pathos-lógica al servicio de la gran vida lógica que los reclama.
