“Los locos somos otro cosmos”

Logos del alma

Mientras Rodolfo, desesperado, lucha por no recibir la descarga eléctrica, le dice al doctor Otto: “los locos solo somos otro cosmos…”, y en esa plegaria se encuentra expresada la tarea de la psicología, quizás la única real, la asunción de la presencia del otro. Ese otro es el síntoma quien con su aparición dolorosa brinda la epifanía de un alma en sufrimiento, que trastoca la normalidad del sujeto y lo obliga reflexionar sobre la condición contradictoria de ser él mismo y a la vez no serlo.

La posición de la otredad es aquella señalada por Freud en la tendencia exogámica que escinde al individuo del estado narcisista de la infantilidad, ahí la prohibición del incesto le conduce hacia el exterior donde su libido se muestra exotérica y se dirige al misterio del cuerpo ajeno y a la angustia de lo desconocido, porque como Hölderlin sabía: “donde está el peligro crece también lo que salva”.

Pero lo que salva no es la vida sino la muerte, el estado patológico que conduce a la destrucción de las certezas y que aguarda agazapado en cada hecho contingente y en cada rincón de la existencia. La muerte es lo ineludible que se apresta a hacerse presente cuando todo va viento en popa, cuando la vida se multiplica y expande sus horizontes, es el otro quien marca los límites de la pulsión y le obliga a someterse a su naturaleza psíquica.

Jung decía que el primer paso del opus magnum es el trabajo con la sombra, no obstante este concepto es mal entendido si se le reconoce solamente como lo maligno y lo moralmente indeseable. Realmente la sombra significa lo otro, aquello que confronta al fenómeno desde dentro de sí mismo como la dialéctica intrínseca que atiza el fuego de su dinámica. Es la consciencia doliente de lo semejante en el proceso de su reconocimiento como un huésped indeseable que, sin embargo, pertenece a la morada del fenómeno.

Es así que la otredad es la marcha del pensamiento a la consciencia de sí, por medio del diálogo constante con aquello que se muestra en su actividad auto-productiva. Por lo tanto, el psicólogo requiere, para su labor, saber que lo que se presenta en el consultorio es algo distinto de él mismo, pero que al mismo tiempo es la estructura viviente que lo envuelve, a él y al paciente. Hay una tensión constante entre ser uno mismo y ser otro y la psicología surge solo en aquel umbral y mientras ésta angustia permanece.

El otro psicológico tampoco debe entenderse como una alteridad externa, pues no viene de afuera, sino que asiste como un huésped que ya vive en los confines de la propia experiencia. Su devenir es el ya haber llegado, porque el otro es el reverso de lo normal, es lo que está fuera de todo locus y que por su falta de razón común es tomado como lo irracional, es el invitado que siempre dialoga con una locuacidad singular y sintomática, es, por lo tanto, lo no ortodoxo.

Piénsese por un momento, aunque sea breve, en una psicología que no busque curar la locura, que quiera acogerla y permitir que ella cure a la disciplina de su inusitado apego por la normalidad y por lo sano, por el crecimiento y por la curación, una ciencia de lo patológico, un oído abierto a aquello que, comúnmente, no se quiere escuchar, una disciplina de la interioridad de los fenómenos, es decir, una psicología con alma.

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