Honrar la obra de Jung

Logos del alma

Los psicólogos analíticos sustentan su labor cotidiana sobre la obra de C. G. Jung, lo cual significa que comprenden sus preceptos teóricos y pueden ponerlos en marcha en los diversos ámbitos de su vida profesional. Ellos han integrado los conocimientos requeridos, después de arduas lecturas, de ejercicios didácticos y de análisis personales y supervisados, e incluso han configurado un estilo personal que los conduce al mandato de Jung de ser ellos mismos.

Sin embargo, aunque los conocimientos se hayan afianzado y los trámites institucionales se cumplan, eso puede no bastar para ser junguiano, ya que entonces se abre la puerta estrecha por la cual los verdaderos alumnos entran y que tiene inscripta en su frontispicio: “ser junguiano requiere no serlo”. No obstante, la suficiencia, el dogmatismo y el miedo a cortar la rama sobre la que se está sentado, conducen a una normalidad de congresos insulsos, de publicaciones complacientes y al anquilosamiento de la vida latente en la obra de Jung.

No siempre se pone atención a un elemento crucial de la misma comprensión teórica, que resulta después de interiorizar las nociones básicas y de permanecer con ellas en diversas situaciones problemáticas, que la senda de la praxis comprometida es la crítica de los conceptos que constituyen la estructura de cualquier escuela psicológica. Esto sucede porque el mismo concepto guarda la semilla de su contradicción, misma que una vez que emerge ya no soporta los límites estrechos de un pensamiento normalizado y debe superar sus conceptualizaciones y dejar que éstas avancen con dirección hacia sí mismas.

Wolfgang Giegerich utiliza una imagen esclarecedora, tomada de Jung, para entender el asunto en cuestión, imagina al espíritu teórico como la lava ardiente que se mueve por caminos inusitados, pero que de vez en cuando se solidifica. El basalto sólido son los conceptos fijados en formas teóricas que ayudan a comprender ciertos fenómenos de manera provisional, por ejemplo: “polaridad”, “complejos”, “arquetipos” o “el inconsciente”. El psicólogo analítico se apresta a apoyarse en estas palabras para hacer su trabajo y explicar su objeto de estudio, pero olvida, en la mayoría de los casos, que dentro de estas formaciones hay un espíritu vivo que no puede contenerse en las mismas. A este olvido de la vida lógica se le denomina: ideología.

En cambio, la lava ardiente busca seguir su propio tránsito y, para estar a su altura, es requerido que la dinámica latente, en los conceptos, pueda emerger de éstos a través de la disolución de la massa confusa en la que están atrapados. De manera semejante a la liberación de la Sophia en el gnosticismo, la idea sigue el tránsito de su desenvolvimiento noético en lo real por medio de un trabajo de reflexión continua, no bajo la racionalidad del individuo sino en la del sujeto objetivo que supone el fenómeno psicológico. Esta andadura es el flujo que deshace la piedra sólida y la devuelve a su movimiento lógico al someterla al calor del atanor de la mente.

Por lo tanto, pensar la obra de un autor, guardarle el respeto debido a su labor, exige que el aprendiz se asuma a sí mismo como un pensador que sigue una idea como quien va tras lo más anhelado y se deja transformar por ella, sin importar que esto suponga el desmembramiento de sus antiguas concepciones y la desintegración de su identidad teórica. Porque ser psicólogo es poner en entredicho aquello ya sabido, para dar lugar a la angustiante negatividad del fenómeno, al espíritu de contradicción que desalienta a quien desea morar en una teoría establecida.

Jung decía que su forma de escribir era tal que buscaba desanimar a los necios y que solo el psicólogo comprometido permaneciera, esto se puede interpretar también como el hecho de que en la senda de la reflexión de sus ideas, el psicólogo analítico aprende a diferenciarse dentro de la teoría y reconoce que los conceptos nunca fueron de nadie, sino que solo se pertenecen a sí mismos y únicamente ellos pueden pensarse de manera rigurosa.

Honrar y respetar la obra de Jung no equivale a convertirla en una ideología que deba ser asumida sin pensarla, Jung desdeñaba esa actitud recurriendo a la denominación: “sacrificium intellectus” para quienes perdían el ímpetu de dudar de lo ya sabido. Por ello recomendaba que cada psicólogo fuera quien ya es y que no aspirará a ser junguiano. Ello implica repensar, una y otra vez, la obra de Jung y atreverse a ser guiado por el movimiento propio del espíritu al cual él mismo Jung intentó enaltecer con su trabajo, porque como decía Nietzsche: “Se recompensa mal a un maestro si se permanece siempre discípulo”. Después de todo, ser psicólogo demanda adentrarse en el miedo terrible de cortar la propia carne.

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