El saber teórico y la evasión emocional

Logos del alma

En ciertas corrientes psicoterapéuticas pervive un prejuicio que promueve el desprecio por el conocimiento teórico, pues se aduce que éste se contrapone a la práctica y, por lo tanto, no tiene utilidad por sí mismo. Además, se asume que la vivencia emocional y la experiencia sentimental son la verdadera dinámica de la psique y que, por ello, basta con apelar a la emocionalidad para hacer psicoterapia.

En el campo psicológico tal postura ha favorecido la incursión de terapias que evaden el papel del aparato racional en la construcción de la práctica cotidiana, éstas mismas han llegado a confundir racionalidad con racionalismo, refiriéndose este último término a una defensa contra la asunción de la experiencia del fenómeno psíquico. Pero una huida similar ocurre desde la emoción, por eso Jung advertía: “… ser emocional ya va camino de una condición patológica…”, porque es tan terrible para el individuo dejarse poseer sin restricciones por una idea como por una emoción, en ambos casos se elude la tarea personal hacia los contenidos psicológicos.

La palabra “teoría” significa originalmente “contemplar”, es decir, acercarse a la realidad sin tratar de intervenir en ella, sino acogerla con la mirada y permitir que ésta se recree en la observación parsimoniosa de sí misma. El teórico (Theorein) era un delegado destinado a vislumbrar ciertos espectáculos sagrados, su tarea consistía en presenciar lo que ocurría dentro del templo. Así, la observación del teórico no era una asunción abstracta sino que estaba sostenida en los ritos que permitían experimentar la visión como el propio ver de los dioses. El acto de observar requería de un viaje tortuoso y de la abdicación del impulso de intervenir.

La teoría, por lo tanto, no es un proceso puramente especulativo sino que es, en sí mismo, reflexivo, pues permite que la mirada del Otro se refleje y pueda hacerse presente en el espacio sagrado de su propia manifestación. Sin un teórico la vista de la cultura permanece en el terreno de lo profano y los fenómenos son empequeñecidos para el deleite simple del sentido común que solo sabe ver con los ojos, pero que no puede ver a través de ellos.

Es así que el permanecer únicamente en el sentir se ha convertido en la forma de escapar de la noción donde se gesta el fenómeno, de evadir la otredad en un ejercicio narcisista que sustituye la numinosidad de la experiencia por la simple emoción individualista. Se permanece en la superficialidad de la relación con el alma como una manera de esconderse de su presencia viva, pues la aprehensión teórica requiere del sacrificio máximo del sujeto, de la muerte de su propio saber para servir como vía al saber de lo sagrado, lo cual exige un refinamiento continuo en el ejercicio, tan arduo y tan temido, de pensar.

Por lo tanto, una visión verdaderamente psicológica asumirá que el psicoterapeuta tiene un deber hacia el ejercicio de la razón, siempre y cuando está labor no se convierta en un subterfugio ante el fenómeno anímico. Es entonces que el pensar del sujeto se adecúa y puede reflexionar sobre el pensamiento del fenómeno, que es aquello que se piensa a sí mismo, tanto en la dimensión humana como en la psicológica. Solo así, ante el dialogo racional de la noesis noeseos, y no en el esfuerzo histérico de las compulsivas psicoterapias modernas, es que se puede asumir el oficio de “ser un alma frente a otra alma”.

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