Del concepto del «alma» en la psicología analítica: Jung, Hillman y Giegerich

Logos del alma

Aunque la palabra “alma” es despreciada por la psicología académica como un arcaísmo, sin embargo constituye una parte ineludible de su etimología, pues psyche es el equivalente a un elemento que representa el puente entre el hombre finito y la esencia infinita que lo permea. En la obra de Jung el alma es la noción central de su concepción psicológica, se encuentra en el titulo de tantos ensayos y conferencias suyos, incluso él distingue su psicología como una psicología con alma, a diferencia de otras concepciones materialistas que han perdido todo contacto con su raíz anímica. Karl Kerenyi, en una entrevista posterior a la muerte de Jung, refería que su singularidad como pensador y la gran fuerza de su obra fue su profunda y genuina creencia en el alma como una realidad ineludible.

La palabra alma (seele en alemán) reúne una concepción especifica del fenómeno psíquico y Jung la utiliza en varios sentidos: a) Como la organización transpersonal orgánica de la consciencia como totalidad, a la cual denominó “la realidad del alma” y la caracterizó por su objetividad y como un componente psicoide, b) también para referir el complejo de interioridad del sujeto, es decir su personalidad interior que se ve alimentada tanto de las predisposiciones arquetipales como de las influencias del medio ambiente y c) finalmente cual sinónimo del concepto anima y su función mediadora entre las dimensiones consciente e inconsciente de la psique.

Curiosamente, en su obra el termino seele fue sustituido paulatinamente por el término selbst (Sí-mismo) como la representación de la organización interna de la psique, donde la palabra «interna» no esta en contraposición a una exterioridad, sino que apunta a la integración de lo externo y lo interno del mismo fenómeno. Por lo cual, se entiende que hubo un titubeo en Jung por seguir utilizando de forma amplia el vocablo «alma».

Así que “alma” en Jung es evocada en dos acepciones colindantes: como el carácter general de la psique y como el sentimiento de intimidad del sujeto y los factores aledaños. El alma, entonces, es la experiencia de interioridad de los fenómenos psicológicos, tema que será retomado por Hillman y luego por Giegerich.

James Hillman asume muchos de los elementos junguianos que definen el alma, pero pone énfasis en su carácter creativo, en su indeterminación y en su pluralidad. Para Hillman el alma no es una cosa concreta, ni una sustancia psíquica, más bien es una manera de ver a través de los múltiples fenómenos, es la perspectiva psicológica que transparenta las imágenes y las conduce a su naturaleza metafórica como “eterna recreación” de sí mismas.

El foco de atención de la psicología arquetipal está puesto en la función poiética de la psique, la cual genera continuamente imágenes como una representación incesante de la relación consigo misma, por ello para Hillman el alma no habla del hombre sino solamente de sí. La psicología es, en consecuencia, el estudio del logos de la psique, no del individuo. Hay una diferencia ontológica entre el alma y el ser humano.

Desde tal diferencia, la metáfora principal de la psicología la constituye el alma y su función es esencialmente imaginal, pues se deriva en múltiples significados en una miríada de imágenes vivas donde se representa la propia ambigüedad del movimiento psíquico. Entre sus funciones están la de hacer posible el significado al psicologizar los eventos y convertirlos en experiencias, al mismo tiempo que conduce al fenómeno a su raíz mítica que es la propia imagen de la muerte y finalmente permite la especulación reflexiva que trueca toda realidad en una forma simbólica.

Entonces, para Hillman el alma es la actividad psíquica creadora de representaciones, la verdadera realidad psicológica, que es una perspectiva que observa al mundo para hacerse consciente de sí misma desde la pluralidad psíquica. Es el sentimiento de interioridad de cada imagen y de cada fenómeno. El ser humano la experimenta como parte de su contexto psíquico y debido a su naturaleza de interioridad la confunde con su propia intimidad y la llama: “su alma”; pero el alma no le pertenece al hombre, más bien ésta lo edifica de manera incesante y permite que el ego, esa imagen que niega su propia naturaleza imaginal, pueda concebirse a sí mismo como una ficción, tocada por la mano mitologizante de la muerte.

Wolfgang Giegerich, en la misma estela de Hillman elabora las ideas de Jung y procura seguir el avance dialéctico presente en las mismas, sin embargo su abordaje difiere en algunos puntos esenciales, producto de haber puesto en el vaso alquímico el proceder y la teorización junguiana. Este devenir en su obra es patente en el mismo concepto del alma.

Para Giegerich el alma no existe y, sin embargo, es el órgano esencial del proceso de pensamiento de la consciencia, entendida ésta no dentro de la polaridad consciente-inconsciente, sino como la unidad de la unidad y la diferencia entre ambos, por lo que la consciencia es un equivalente de alma y de vida lógica.

La vida lógica es aquella mutación de la propia vida biológica que ha interiorizado como su centro la consciencia de la muerte. A través del proceso de la matanza ritual, el alma mató en sí misma su sustrato óntico y lo sumergió dentro de sí por medio de inflingirse la muerte de forma deliberada para poder integrarse en la negación dialéctica. En esta matanza primordial el alma sucumbió ante sí misma para emerger a su dimensión lógicamente negativa como pura noción o como una idea que se ha vaciado de sustancia para permanecer en el reino de la preexistencia.

Por ello, Giegerich dice que el alma no existe, no porque no sea potente, pues al contrario es lo más real y aquello que proporciona dinámica a los fenómenos. Pero aunque está en todos los lugares su presencia es intangible, no como un fantasma o como una entelequia, sino como un proceso puramente eidético, de naturaleza negativa, que funciona como la sintaxis de todo lo psicológicamente existente.

El alma comprende los significados compartidos por el proceso de pensar. Tales significados son autogenerativos y solo están dirigidos a su propia recreación. Su modelo estructural es el lenguaje, por consiguiente se puede concebir como un dialogo sin enunciador y sin otro objeto que el mero acto de dialogar. Pero tal intercambio no es un monologo, porque la experiencia de la otredad ocurre de forma inherente en ese acto de pura productividad.

En la vía productiva del alma, los desechos de su actividad son las obras de la cultura, que permacenen como cadáveres del proceso de la consciencia pensando sobre sí misma, y es en estas positividades donde el alma lleva a cabo la tarea de interiorizar dicha literalidad para impulsarse nuevamente hacia su senda negativa. Pero el alma no es el aliento que da vida lógica al cadáver, es la tensión que surge en ese encuentro.

Por ende, para Giegerich la psicología es la ciencia del alma, o más bien, la disciplina que se pregunta constantemente por la noción del alma y el anhelo que impulsa esta búsqueda de saber no puede ser satisfecho en el devenir, debe haber sido realizado en el pretérito perfecto del fenómeno, su verdad es anterior y el viaje busca llegar a aquello que ya ha ocurrido. El alma mora en el reino de la preexistencia y el psicólogo hace referencia a ella de manera mitologizante para poder concebirla, pero ella es solamente el proceso de interiorización de cada fenómeno en su noción particular.

En virtud de lo ya dicho se puede entender que hay convergencias en las posturas de cada uno de estos tres autores en cuanto al concepto del alma. El alma es el núcleo de la disciplina psicológica y proporciona la experiencia de interioridad de los fenómenos psicológicos. Éstos se pueden pensar como “profundos” porque hay un órgano psicológico que se encarga de interiorizarlos y convertirlos en imágenes, símbolos o ideas. La vida simbólica es la constatación del proceso anímico realizándose, inmarcesible, como “formación, transformación, eterna recreación de la mente eterna” como le gustaba citar a Jung.

También coinciden en el esfuerzo por desmistificar la palabra alma y comprenderla como un termino necesario para poder hacer psicología, sin embargo mientras en Jung aún hay rastros de una posición metafísica. Hillman y Giegerich intentan resolver esta situación de forma particular. Hillman integra la naturaleza objetiva en cada una de las imágenes psíquicas, por lo que el alma no requiere comprenderse como ajena al fenómeno. Por su parte, Giegerich hace un corte entre una dimensión anímica y una dimensión humana o positiva, con lo que logra evidenciar la relación dialéctica entre ambas, pudiendo concebir al alma definitivamente como el proceso de pensar del propio fenómeno, y ya no como una cualidad de un inconsciente ni bajo la necesidad de un pensamiento imaginal que lo sostenga con su mitologización.

Es importante recalcar el énfasis que pone Giegerich en el papel primordial del alma como una actividad, él la llama pura actuosidad, aludiendo al termino medieval, con lo que sugiere que su carácter negativo limita la tentación, siempre presente, de hipostasiar un hecho insustancial. El alma es puro concepto, solamente movimiento psicológico, la esencia eidética del fenómeno, y aunado a ello la psicología solo se puede entenderse como la disciplina que esté siempre en pos de la definición de alma y que dialoga con la intuición sicigial de saber qué es el alma y al mismo tiempo nunca saberlo del todo.

Finalmente, se observa que la noción de alma es central en la psicología analítica porque evoca el corazón conceptual de una disciplina que, a diferencia de otras escuelas psicológicas, asume que la psique es un sujeto objetivo que tiene su fin en sí mismo y que es autónomo en su dinámica singular. El hombre participa de ese movimiento pero no lo provoca ni le pertenece, al contrario, él mismo es un lenguaje con el cual el alma habla sobre sí misma de forma tautológica, pues como Jung intuía la vida psicológica sucede, no tiene una causa fuera de sí, y se impone siempre como una tarea.

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