La doctrina alquímica advierte tener cuidado con la fisicalidad de la materia, es decir que el adepto debe procurar mantener los procesos fenomenológicos en movimiento, siempre al calor del fuego del atanor, porque ellos mismos no son más que pura dinámica eidética, un conjunto de nociones desplegándose de manera sucesiva, en cuyo tránsito dejan atrás los restos positivos de su obra como conceptos fijos.
Haciendo uso de la metáfora alquímica se puede observar que el concepto del inconsciente, en psicología profunda, se ha utilizado comúnmente como un topos o como una entelequia a través de la cual todo proceso psíquico puede ser explicado. Esto conlleva la positivización de la naturaleza negativa de las experiencias psíquicas, cuya aparición como imágenes es anquilosada en peculiares esquemas que pretenden asir el vuelo de la dinámica de la consciencia en su carácter de absoluto.
En esta noción petrificada del inconsciente, que aun no es el lithos ou lithos, se pueden encontrar las respuestas a lo más particular y a lo más general del psiquismo, desde la oscuridad de la conducta o el sueño, hasta la raíz de los símbolos culturales de la civilización. El inconsciente tiene la función de ser un término que opera a modo de comodín para ofrecer respuestas contundentes e instrumentales ante cualquier interrogante del espíritu de los tiempos.
En la psicología conductista se ofrece la imagen de la caja negra como un subterfugio para evadir el fenómeno de lo mental. Según esta corriente psicológica, el interludio entre el input y el output de una conducta es incognoscible, lo cual no quiere decir que no se pueda estudiar la mente, en cambio indica que la mente no existe, pues los procesos psíquicos están acotados a los factores que los provocan y al complejo biológico que, al interactuar con el estímulo, desarrolla una respuesta consecuente.
La disparidad de opiniones sobre lo mental entre las psicologías positivistas y las corrientes psicodinámicas parece insalvable, sin embargo, si se atiende al hecho de que el inconsciente funciona como una hipóstasis, entonces se comprende que siguen caminos muy similares.
Mientras el conductismo oblitera a la psique en un intento de no sucumbir ante la tentación metafísica, deja de resolver la propia contradicción que el concepto propone y permanece en una epistemología virginal, solamente anima, atada a lo empírico. El materialismo es una noción imbuida en un complejo materno (mater/materia) que evita el contacto con el devenir lógico que se cierne. Una psicología sostenida en tal óptica no podrá dejarse penetrar por el alma (el animus) y desviará su atención a los factores concomitantes tales como la conducta, el comportamiento o los elementos neurofisiológicos que constituyen los restos empíricos de una visión propia del alma en busca de un asiento sensible.
De una manera distinta, pero con un propósito semejante, el concepto del inconsciente oblitera la realidad del alma, sobreponiéndose a la misma en el abordaje del fenómeno psicológico, en consecuencia la imagen o la idea que aparecen deben ser interpretadas bajo esquemas teóricos que provienen del exterior de lo sintomático. Pueden ser, entonces, la sexualidad o los modelos míticos los que se antepongan teóricamente al proceso psíquico, pero la hipótesis de un espacio trascendente a la psicología del objeto anímico lo suplanta en el camino lógico hacia sí mismo, pues anula el periplo de lo patológico ofreciendo una imagen sustituta que sirve de refugio ante el desmembramiento del concepto.
Sin embargo, las imágenes del alma y los conceptos que la estructuran, no tienen la forma de respuestas, ellos son apenas el susurro de una puerta que se abre a las incógnitas de la existencia, son contradicciones dinámicas que irrelevantifican los paradigmas antes vigentes y los llevan hacia su naturaleza negativa. Por ello, una noción positivizada, contrario a la dialéctica de lo anímico, se vuelve una forma de evitar el movimiento conceptual del alma, un escape al misterio tremendo que implica su presencia viva.
Al final, el trabajo alquímico de transparentar la idea de lo inconsciente requiere la disposición de entenderlo como un concepto histórico que sirvió a la psicología para poder explorar sus elementos autónomos en un momento determinado de su desarrollo. Hoy, no obstante, éste no puede ser entendido, ni tratado, como un lugar o un objeto, ni siquiera como una hipótesis, más bien debe ser absorbido por la propia fenomenología del alma, como una cualidad del mismo fenómeno y no como una categoría pragmática, pues el inconsciente no existe, en cambio, es una forma, entre tantas, a través de la cual el alma se imagina como una cuestión abierta al misterio de sí misma.

