Factores de la preparación y la práctica del psicoterapeuta

Logos del alma

I. Elementos generales

Una duda común entre los interesados en contratar un servicio de psicoterapia o entre los psicólogos que aspiran a dedicarse al ejercicio psicoterapéutico como carrera profesional, es acerca del camino de formación que debería seguir un psicoterapeuta para obtener los conocimientos y las habilidades adecuadas para la praxis correcta que determina a un buen profesional.

Es una cuestión relevante puesto que existe una marea de intrusismo en la psicoterapia, liderada por la cultura de la autoayuda y los prejuicios sobre los temas de salud mental profesados por pasantes de psicología que sin titularse atienden pacientes; practicantes ajenos al área con formaciones pseudo psicológicas como la tanatología, el coaching, las constelaciones familiares o la biodescodificación. También se difunden ideas sin rigor por parte de influencers en busca de nichos de comercialización, así como por aficionados a las prácticas esotéricas como la astrología, el tarot o la cábala.

Todas estas posturas no son parte de un marco psicoterapéutico adecuado, y si bien el psicólogo puede, y necesita, nutrirse de ciertos elementos culturales, debe ser cuidadoso de no ejercer desde ellos, porque cada uno de estos presupone objetivos particulares que no siempre coinciden con el de la obligación del fenómeno psíquico dentro del consultorio.

La respuesta sencilla a la cuestión inicial es que un psicoterapeuta debe formarse con antelación como licenciado en psicología, posteriormente llevará a cabo formaciones en alguna corriente psicoterapéutica: diplomados, especialidades, maestrías o doctorados que lo doten de las herramientas básicas de análisis, investigación, crítica y aplicación de los conceptos psicoterapéuticos.

Además, el psicoterapeuta en formación tendría que someterse a un proceso igual al que pretende ejercer. Jung propuso esto para la instrucción didáctica de los psicoanalistas, en su temprana colaboración con Freud, donde planteo el requisito de que el analista pudiera experimentar de primera mano el proceso de investigación de sus particularidades psíquicas y el trabajo con el síntoma patológico, con el fin de que el aspirante fuera capaz de explorar su contexto psicológico y estar atento de no contaminar los procesos de sus pacientes con sus necesidades inconscientes.

Por lo tanto, es claro porque un psicólogo recién egresado o un lego del área no deberían practicar la psicoterapia. De manera estricta constituyen dos dimensiones distintas, si bien la psicoterapia se alimenta de herramientas psicológicas, el psicólogo por sí mismo aún no las ha refinado para la aplicación en el campo; necesitará, de manera previa, de un entrenamiento de posgrado donde profundice tanto en las cuestiones teóricas como en las prácticas y donde tendrá que explorar, junto a colegas en ejercicio, sus propias cuestiones psicopatológicas.

Esto, por supuesto, supone una importante inversión de tiempo, dinero y esfuerzo, no solo por los 4 o 5 años de la carrera universitaria, sino que además le exigirá varios años más de formaciones de posgrado acompañadas de procesos terapéuticos intermitentes y de supervisión clínica. Sin mencionar que un buen profesional tendría que dedicar su vida al estudio profundo y constante de la materia en la que aspira a ser experto.

Con esas condiciones se puede comenzar a hablar de una praxis psicoterapéutica adecuada desde la cual el paciente puede tener cierta seguridad de que las bases académicas y metodológicas del psicoterapeuta están sustentadas por organismos institucionales que avalan el ejercicio del profesionista.

II. El complejo institucional

Si bien las bases institucionales del psicoterapeuta son necesarias, no siempre son suficientes para sostener el trabajo en terapia y en ocasiones también pueden ser un obstáculo para la praxis. Por ejemplo, la enseñanza de la psicología analítica en la universidad ha sido un foco de debate en los círculos junguianos, debido a que el entrenamiento del analista requiere un factor experiencial que no coincide con las necesidades institucionales de la mayoría de las universidades.

En las facultades de psicología hay un interés continuo por adaptarse a los requerimientos sociales y a la burocracia de los aparatos del estado que exigen cierta gama de conocimientos, verificables y aplicables, en diversos campos para obtener las certificaciones necesarias para mantener su reconocimiento y validez. Por esta razón una gran parte del esfuerzo de las universidades, y de los docentes de las mismas, está puesto en cubrir los requisitos administrativos que ofrecen recompensas en forma de presupuesto a quienes se abocan a tal empresa. Pero, entonces se descuida, casi siempre, la construcción activa de los saberes que es el verdadero objetivo de la universidad.

Es por ello que, sin el apoyo de la universidad, muchas escuelas terapéuticas se ven obligadas a constituirse como organismos educativos alternos sin el respaldo de la institución académica. Excepto por aquellas corrientes psicoterapéuticas que pueden, debido a su marco epistemológico, sustentarse en la narrativa del método científico, los esfuerzos de las corrientes hermenéutico-fenomenológicas se desarrollarán por cuenta propia y en nichos ajenos a la academia.

Pudiera parecer que el ostracismo académico de las corrientes psicodinámicas o humanistas les da cierta libertad de acción y de pensamiento, pero sucede lo contrario, pues heredan la preocupación constante de mantenerse firmemente estructuradas, hasta anquilosarse en un discurso dogmático que termina por volverlas elitistas y paranoicas. Justamente esto ha sucedido en los organismos junguianos, instituciones cerradas, que cobran grandes montos para ofrecer la ilusión de que se ha obtenido un saber privilegiado.

En estas escuelas prevalece un discurso soteriológico que, sin premeditarlo, entrena adeptos más que psicoterapeutas. Es por eso que sus congresos y publicaciones se convierten en repeticiones insulsas de análisis de elementos culturales que refuerzan de forma homogeneizante las nociones metodológicas ya conocidas y que procuran apagar el fuego de cualquier esfuerzo que busque aplicar los conceptos a sí mismos y contribuir al movimiento dialéctico de un cuerpo teórico.

Por lo tanto, un psicoterapeuta formado bajo la égida del respeto irreflexivo a una escuela terapéutica como institución dogmática repetirá la misma lógica en el consultorio, con sus pacientes, e intentará hacer coincidir el fenómeno con la teoría que bien conoce y sobre la cual no reflexiona. De esta manera no podrá atender al fenómeno presente, pues para ello tendría antes que haber roto con sus nociones previas y, por consiguiente, poder ser, como Jung proponía, un alma frente a otra alma.

III. El compromiso con la escuela de pensamiento

Otro factor importante en la formación del psicoterapeuta es la corriente de pensamiento a la que se adscribe. Es preciso aclarar que no hay uniformidad en el campo de la psicoterapia. Existen diversas escuelas que promulgan objetivos, conceptos y metodologías acorde a un cuerpo teórico del que se deriva una práctica muy particular. Tales propuestas no siempre confluyen con las de otras vías terapéuticas y muchas de ellas conciben de manera totalmente diferente al fenómeno humano y al psiquismo.

Se categorizan al menos cuatro movimientos psicoterapéuticos generales. 1) La escuela conductual propone que el estudio y la intervención psicológica solo pueden ocurrir en cuanto a factores empíricos comprobables bajo la metodología científica, por lo que elementos irrepresentables como la mente o la consciencia no son necesarios para sus objetivos funcionales. 2) Las escuelas psicodinámicas por otra parte construyen un aparato ideológico que permite analizar factores existenciales desde una mitología que ofrece sentido y coherencia al proceso psíquico del sujeto para darle así un lugar a la experiencia del síntoma. 3) Las psicologías sistémicas, dan primacía a los factores comunicativos que surgen entre el individuo y su entorno, situando a las dificultades en un contexto determinado y ofreciendo una perspectiva relacional en donde no es necesario profundizar en la experiencia sino conocer sus reglas de interacción. 4) Por último, las perspectivas humanistas dan prioridad a la vivencia libre del paciente y ponen énfasis en su dignidad, crecimiento y al ejercicio del albedrío por sobre las necesidades del aparato psicoterapéutico.

Cada una de estas corrientes de pensamiento se sostiene en presupuestos teóricos, éticos y metodológicos que excluyen a los de las otras posturas. Por esa razón el ambiente psicoterapéutico está compuesto de una miríada de enfoques que se desprenden en revisiones y transformaciones que parecen nunca desembocar en acuerdos teoréticos ni prácticos.

Sin embargo, a pesar de esta multiplicidad de posiciones, en 1936 Saul Rosenzweig introdujo una hipótesis nombrada como “el veredicto del Dodo”, aludiendo a la carrera, en Alicia en el País de las Maravillas, donde todos llegan al mismo tiempo. La premisa es que las diversas psicoterapias tienen la misma eficacia, y que ello depende de la relación contractual entre el terapeuta y el paciente. El veredicto del Dodo ha sido refutado constantemente, por nuevas investigaciones y a su vez ha sido verificado por otras tantas. Quizás lo importante de ese debate vivo consista en que cambia el énfasis pragmático sobre un criterio puesto en el marco teórico y lo traslada al compromiso del psicoterapeuta con su propia labor.

Estar comprometido con una escuela de pensamiento significa, entre tantas cosas, emprender el lento camino de la interiorización de un paradigma que imbuya con sus nociones el mundo circundante hasta poder profundizar en él por medio de los conceptos aprendidos. Pero, además, implica el proceso de asumir las contradicciones de un cuerpo teórico y someterse a su propio movimiento lógico de tal manera que el compromiso se entienda como un examen cuidadoso de las ideas presentes para que estas puedan aplicarse a sí mismas y emerger como pura negatividad.

Por lo tanto, el trabajo dentro de una teoría psicoterapéutica no cesa con el aprendizaje de lo que racionalmente se puede comprender de ella, sino que continúa en la destrucción de las bases teóricas que permitan que la noción en potencia se actualice a la forma de una relación terapéutica entre el profesional y las ideas. Conocer todas las teorías y frente al paciente olvidarlas es un consejo que daba Jung y que no debe ser leído como un desprecio del esfuerzo intelectual sino como un avance de las nociones hacia su propia lógica sustentando en el pensamiento propio del síntoma.

De esta manera se admite el hecho de que es más importante la disposición del psicólogo ante el recibimiento del otro como el fenómeno que apela a su presencia, que la estructura doctrinal de la cual parta. Es decir que el pensamiento es un camino vivo, animado por sus propias contradicciones que necesita ser pensado continuamente para dejar atrás los restos de sus meditaciones. De esta disposición depende la relación terapéutica, que es el verdadero contexto del trabajo en el consultorio.

IV. Del encuadre terapéutico

El consultorio es un espacio de cuidado y atención de las imágenes y de las ideas psíquicas, donde el trabajo con la dimensión psicológica tiene lugar de manera responsable y comprometida, por lo cual se deben erigir bordes que eviten cualquier clase de iatrogenia. Es necesario un marco de trabajo claro y orientado a preservar cerrado el vaso alquímico donde la labor de investigación de la esfera psicológica se lleva a cabo.

Independientemente de la corriente psicoterapéutica hay reglas que sostienen la relación en el consultorio y es debido tener claridad sobre las mismas para fomentar la confianza que el paciente necesita para someterse al análisis de sus vulnerabilidades. También, estas reglas, servirán como un marco que delimite el tipo de interacción que se espera de los participantes de la terapia con el fin de mantener un ambiente centrado en el seguimiento del movimiento lógico del fenómeno sintomático.

Cada escuela terapéutica, de acuerdo a sus objetivos y conceptualizaciones, puede variar los acuerdos y restricciones en el trabajo psicoterapéutico. Desde un numero fijo de sesiones a un desarrollo ilimitado de las mismas, el tiempo de una hora o con escansión, el uso de técnicas psicocorporales o la evitación del contacto de la mirada, la utilización de pautas reguladas o la improvisación como técnica de abordaje. Todo ello deberá ser informado al paciente durante la sesión de entrevista junto a las normas que fomenten la claridad de las intenciones del proceso.

Entre los elementos que deben ser acordados se pueden encontrar las cuestiones concernientes al pago y su regularidad, a la naturaleza de la metodología usada en las sesiones, a las fechas fijas de los encuentros, a la confidencialidad y al respeto mutuo entre los involucrados. A causa de la apertura emocional y de la intimidad forjada en la interacción continua, estas pautas permitirán que los factores transferenciales puedan ser abordados de manera, más o menos, consciente.

Por supuesto, hay cambios que pueden surgir y ser benéficos para el proceso, pero ello depende de la observación atenta del terapeuta y de la aceptación del paciente. Teniendo como premisa la investigación psicológica y sus necesidades el lazo terapéutico tendrá que asumirse desde la unión sicigial de lo estable y lo inestable, del seguimiento de acuerdos fijos aunados a un monto de flexibilidad dictado por la demanda del transcurrir dialógico en la terapia.

La sensación que obtiene un paciente en un proceso cuyo marco está delimitado y donde el terapeuta se encuentra presente ante el desenvolvimiento del fenómeno psicológico es la de un singular sentimiento de ser entendido, escuchado y anunciado en un camino en el que tendrá que hacerse responsable de su propio contexto psíquico. No se sentirá presionado, ni amenazado o avergonzado, sino acompañado por un oído cordial, que no depositará su deseo en él ni en su síntoma, que no juzgará sus errores o bajezas y ante el cual no tendrá que evadir su propia existencia para ser aceptado tal cuál es.

El encuadre terapéutico limita a su vez la actividad del terapeuta, le recuerda que su trabajo es una investigación rigurosa del fenómeno psíquico presente y, por lo tanto, que su única tarea es fomentar la psicoterapia y permitir que lo que ya es pueda llegar a su hogar en la consciencia. El psicoterapeuta no es un maestro, ni un amigo, ni un confesor, ni lo impulsa el afán de que su paciente mejore o sea diferente de quién es, pues tal necesidad es ajena al desarrollo del objeto psicológico y constituye una carga indebida para el movimiento psíquico.

Con especial atención el psicoterapeuta procura evitar la tentación de ser un padre, o una madre, lleno de amor y cuidado, ni tampoco uno con exigencias “benéficas”, porque sabe que en tal caso el paciente tendría que tomar para sí mismo el lado complementario de ese papel y convertirse en un hijo que pueda depositar, nuevamente, su confianza en aquella figura parental neuróticamente impuesta. Se ha de tener en cuenta que una gran parte del proceso psicoterapéutico se sostiene en la fatalidad de la persona por asumirse como el adulto que es, es decir, por haber sido capaz de trasladar las imagos parentales desde la exterioridad positiva a la interioridad negativa de su vivencia.

En síntesis, el marco terapéutico permite delimitar los papeles de quienes se reúnen en el proceso analítico, diferenciar la dimensión psicológica de las necesidades personales y fomentar la autonomía y la responsabilidad del paciente sobre su acaecer psíquico, en un ambiente seguro y estable.

V. La cuestión del pago

Quizás una de las dificultades más comunes para el psicoterapeuta es la fijación de un monto por sus servicios, de manera similar el paciente puede estar muy confundido por las tarifas tan variables entre un profesional y otro, que no siempre responden a su eficacia o a su dominio del arte sino a factores meramente contingentes.

El pago tiene al menos dos funciones en el proceso terapéutico. El primero se refiere al costo monetario del trabajo del psicoterapeuta, ello comprende el esfuerzo que implica la preparación profesional, la educación recibida que tiene que ser actualizada en cursos, certificaciones o en la compra de materiales de consulta, libros, pruebas o elementos de apoyo que servirán como respaldo intelectual para el analista y que le permitirán ampliar su punto de reflexión sobre los fenómenos psicológicos.

También se considera la inversión que debe hacer el terapeuta en las actividades de respaldo de su profesión, tales como los procesos terapéuticos intermitentes a los que asiste, la supervisión clínica a la que se somete y la exploración cada vez más honda de su propia postura de trabajo. Esto le posibilita profundizar en la propia experiencia y delimitar sus asuntos de aquellos que le pertenecen al paciente. El psicoterapeuta siempre está en tratamiento pues atiende desde la herida abierta que le permite vislumbrar la dimensión patológica del alma.

Además, la tarifa le sirve al profesional para ganarse la vida de manera cómoda y responsable, procurando satisfacer sus necesidades económicas en el mundo objetual, sin que el dinero tenga que ser un elemento neurotizante de la relación con tal dimensión. Un ingreso suficiente tendría que permitirle dedicarse plenamente a su labor y que la necesidad material no allane la interacción con el paciente. Es debido tener en cuenta que el psicoterapeuta necesita los recursos materiales, como cualquier persona, para hacer frente al compromiso con su existencia.

En segundo lugar, el pago ocurre también en la dimensión transferencial, es decir, como forma simbólica de la relación terapéutica. En principio el intercambio monetario sustituye la transacción sintomática que se pudiera sobreentender en el tratamiento de la psicopatología. Evita, por ende, que el paciente pague con su síntoma al terapeuta y que éste utilice al sujeto analizado como un recipiente de su deseo. El dinero, se supone, transfiere la necesidad al mundo de los objetos, permitiendo que se resuelva fuera del consultorio; aunque un monto de ésta siempre queda detrás y deriva en el trabajo de la transferencia.

El dinero es un elemento simbólico, por lo cual su manejo requiere un cuidado en el mismo orden de sentido. Las características proteicas de las monedas, su antigua relación con los dioses solares y su reciente logizización y descarnamiento, hacen que el movimiento del dinero se confunda en muchas ocasiones con un fin absoluto, como un telos hacia el cual la vida se dirige. Pero, al contrario, la lógica del intercambio monetario trasluce dentro de sí el tránsito de la vida hacía su propio flujo.

El modelo primordial del trueque no es el de los pueblos antiguos y sus equivalencias simbólicas, sino el de la vida misma como un proceso autopoiético que, en pos de su reproducción, invierte un capital biológico para preservarse. Por eso George Bataille podía equiparar el gasto como un elemento primordial de las civilizaciones, pues representa en sí mismo, el núcleo de la vida impregnándose a sí misma como un fuente y como un destino a la vez.

Por lo tanto, en el manejo del pago está implícita la relación con aquello que Jung denominó el Sí-mismo, es decir la representación psíquica del impulso vital, que para Jung debía de transformarse en un componente espiritual, lo que significa que los procesos psicológicos tienen como su modelo prístino el propio impulso de la vida por perpetuarse de maneras más complejas y refinadas, habiendo interiorizado el concepto de la muerte como el impulso requerido para desarrollar su faceta como consciencia.

Así que la cuota terapéutica funciona como un talismán, palabra que proviene del griego telesma y que alude al ritual sacrificial, pues en su acción el paciente paga por el trabajo que ya se ha realizado, es decir que imprime un monto consciente de re-ligación con los elementos que hasta ese momento permanecían inconscientes. Es el Óbolo que pertenece a Caronte y que determina el viático (ephodion) necesario para emprender el viaje al inframundo, porque, como decía James Hillman, el alma, el objeto de la psicología, solo mora en el reino de la muerte.

Por último cabe resaltar que una tarifa demasiado baja o demasiado alta pueden significar tanto el desdén que el psicoterapeuta siente por su labor, como su negativa para entrar a los intersticios del fenómeno psíquico. Con un pago insuficiente el terapeuta y el paciente pueden no comprometerse con los sacrificios requeridos por el trabajo y guardarse de las exigencias del barquero. Con una cuota onerosa la dimensión psíquica sucumbe a su faceta puramente materialista y al complejo materno concomitante (mater/materia), por lo que la nave de la muerte corre el riesgo de hundirse en el Estigia. Encontrar el precio justo es, por lo tanto, parte del diálogo con el alma.

VI. La actitud terapéutica

La concepción usual dicta que la labor terapéutica se trata de escuchar y ser escuchado, a partir de ahí, esta simple premisa puede decantar en la ironía de ir al psicoterapeuta solo para hablar de los problemas. Sin embargo la escucha terapéutica es diferente al diálogo natural entre dos personas, pues se constituye como una posición que pretende la atención inusitada al propio misterio del lenguaje y lo soporta de tal forma que la narrativa emergente otorga un asiento a lo que en el síntoma es pensado.

En sus inicios al psicoanálisis se le daba el mote de “la cura hablada”, lo que supone que la interacción comunicativa cobraba la mayor relevancia en el encuentro psicoterapéutico, esto se entiende mejor si se admite la premisa de que toda conducta es el indicativo de una relación y que toda relación es ya una acción comunicativa. Así, existir en el mundo es una larga conversación con la existencia misma y una afirmación continua de la propia identidad, definida ésta última como el papel que se produce en el intercambio, inmarcesible, con el otro.

Por esta razón la actitud del psicólogo debe diferenciarse de las otras disciplinas de la salud y la ayuda, pues mientras la medicina o el trabajo social, por ejemplo, se abocan a factores puramente positivos que hacen factible la empresa técnica del tratamiento y la prognosis; la psicología, en cambio, se sumerge en las particularidades de la colocación del sujeto frente a su realidad, es decir que su objeto de trabajo es el psiquismo que envuelve todas las representaciones que la persona tiene de sí misma y del mundo y cuya comprensión ocurre una vez que éstas ya se han realizado.

Estas representaciones tienen un matiz autónomo que las determina como significados compartidos o como la lógica interna que se despliega en su exhortación fenomenológica. Por lo tanto, el fenómeno psicológico no encuentra su lugar entre las cosas y los objetos externos, lo hace en la pura negatividad que se cierne a la sombra de la realidad y que, sin embargo, constituye su verdadera dinámica.

El emplazamiento del psicoterapeuta ante el paciente requiere un oido abierto a la negatividad del fenómeno, de tal manera que el profesional escuche en el paciente lo que es dicho a través de su conducta, en el relato de hechos que es erigido y desperdigado una y otra vez en la rememoración. El discurso normal guarda una dimensión conativa que le da profundidad y significado a cada palabra y a cada gesto que se expresa, y hay una voz lógica pronunciando conceptos que se entretejen en sus diversos significantes que recrean al individuo que habita en ellos.

Se puede decir entonces que el psicoterapeuta focaliza su atención en la cadena lógica de significados que dan vida a las narraciones cotidianas sobre el mundo con el cual el paciente dialoga. Sin embargo, y dada la autonomía presupuesta de la noción en movimiento, el profesional intuye que su escucha guarda un límite que la detiene en el misterio del lenguaje, porque no todo puede ser dicho por la narrativa y siempre hay un objeto que se escapa, y que debe escaparse, en el habla psicológica.

Es así que el diálogo psicoterapéutico comienza justamente en los límites de la charla común, pues su propósito no es la afirmación de la identidad sino su desenvolvimiento en imágenes e ideas, que la obligan a estar a la altura de su momento presente, confrontado con la disolución de su deseo en favor de su verdad.

Por todo ello, la actitud del psicoterapeuta conviene en tener ciertas características que le permitan escuchar al fenómeno y ser el vaso receptor de una lengua singular que se expresa a la vez que conserva su oscuridad. Se pueden enumerar ciertas pautas de una psicoterapia comprometida con el logos del fenómeno:

1. Tal psicoterapia no ofrece curación, ni un remedio, sino la investigación profunda de la lógica del síntoma que se presenta, por lo que lo psicopatológico se asume como un huésped terrible que necesita ser tomado en cuenta y atendido en la propia visión de la existencia. Si en el transcurso del tratamiento ocurre la curación será una necesidad del alma misma no de las personas.

2. El objeto de tratamiento es el desarrollo de la narrativa tal y como se despliega en la imagen de la fantasía, pero su camino no termina en la emocionalidad del acto, sino que ha de continuar hasta el núcleo de la noción que le corresponde. Es en ese sentido que se sigue la propuesta platónica de salvar al fenómeno (sôzein ta phainomena).

3. El psicoterapeuta está comprometido con la noción de alma, y presupone la autonomía de la misma. Sabe, en consecuencia, que su deber en el tratamiento es aprender de lo que ahí ocurre y que no puede anticiparse o saber más que el fenómeno mismo, el síntoma es el psicopompos.

4. El profesional asume que sus reflexiones no están dirigidas hacia las personas, sino que participan en el proceso del autodesenvolvimiento de los significados compartidos. Su vida psicológica es un don divino que no le pertenece.

5. La visión psicológica no se afana por la transformación o por el cambio, pues su mayor deseo es dejarse enseñar por la realidad, por lo que la pregunta que lo guía no es “¿Cómo tendría que ser el fenómeno?”. En cambio la cuestión de su abordaje se afirma en el interés por saber por qué el fenómeno es como es, de tal forma que se acepta el objeto psicológico como algo ya completo y absoluto en su propia dinámica y no como una estructura que debe ser compensada, curada o integrada con elementos externos. La noción es su propio destino.

6. Por último, el psicoterapeuta toma su papel con cautela. Como el experto que es deja que sea el proceso quien le dicte la senda terapéutica. En su andar ha de estar dispuesto a ser devorado por sus perros de caza y convertirse en la víctima propiciatoria cada vez que entra a consulta. Sabe que a cada paso la psicología debe volver a hacerse, siempre una vez más, a través del trabajo constante de la búsqueda del concepto por liberarse de la fisicalidad de su representación positiva. Los hechos han de volverse psicológicos.

En suma, la actitud psicoterapéutica precisa de una humildad particular hacia la autonomía del síntoma, resultado de la sensibilidad ante la diferencia psicológica entre la positividad de los hechos y su negatividad lógica Exige, además, la dedicación absoluta a la obra que se realiza en el encuentro terapéutico y en la investigación continua de lo fenoménico. Para ello se necesita de un sujeto que tenga una sed inagotable por saber, una disposición al lento tránsito del descubrimiento, un talante comprometido hacia su existencia y una apertura firme hacia lo que en otros tiempos era nombrado como la posesión y el discernimiento del mundo de los espíritus.

VII. Pensamientos finales

La palabra psicoterapia se compone de las raíces griegas psyche (alma) y therapeuien (cuidado o atención). A grosso modo la psicoterapia se ha constituido como una disciplina que trata supuestas entidades nosológicas que perturban el equilibrio “normal” de las personas. Se les ha denominado enfermedades mentales a estos padecimientos imaginándolos desde el mismo modelo con que se observan a las enfermedades físicas. No obstante, la naturaleza de los padecimientos psicológicos se vuelve cada vez más inextricable y el modelo biomédico parece insuficiente para atender las experiencias psicopatológicas.

Por otra parte, el paradigma capitalista, con su énfasis en el individualismo, la cosificación y la mercantilización de los sujetos, se apropia paulatinamente del discurso psicoterapéutico, convirtiéndolo en un producto rentable por medio de la exaltación de su matiz más pragmático. La autoayuda, el coaching o el mindfulness se desprenden de la popularización de una mitología pseudo psicológica que propone la imagen de un individuo atado a la responsabilidad del mundo mental que le pertenece y por el cual es obligado a cumplir un estándar de bienestar y autoconocimiento dictado por la cultura en turno. La persona internaliza el ideal de rendimiento psicológico y se vuelve un producto en el mercado del desarrollo personal.

Además de lidiar con las influencias médicas y capitalistas, la psicoterapia también se inclina a su integración inconsciente en el espíritu de la época al tratar de ser un proyecto científico y ajustarse a las necesidades de la técnica. Por ende, dentro del ámbito académico es muy común asistir al demérito de las corrientes humanistas, hermenéuticas o fenomenológicas, por no poder ser directamente verificables. Tal óptica divide a las terapias en aquellas basadas en la evidencia y las que no pueden comprobarse. Sin embargo, los criterios de eficacia, metodología y verificabilidad están acotados a una perspectiva hegemónica que no es capaz de asumir las contradicciones en el fenómeno psicológico y que, por ello, lo debe someter, entonces, a sus limitaciones. La ciencia es una visión ineludible, pero sin reflexión se constituye como una fantasía del alma cuya razón está ocluida de su propia naturaleza mental, es de esta forma que se vuelve un cientificismo.

Jung pensaba que se podía construir una ciencia psicológica sustentada en la noción del alma. Tal disciplina requiere un acercamiento fenomenológico a las imágenes e ideas que están presentes en la dinámica psíquica cotidiana. Esto involucra la aceptación de la autonomía y de la objetividad de la psique como partes de su dimensión autorreferencial. Es decir, que se precisa de comprender que la mente siempre piensa sobre sí misma y que ese movimiento noético solo puede ser asumido de forma rigurosa desde la palabra fundacional, aunque en desuso, del campo de la psicología: el “alma”.

El alma ha de ser concebida no como una sustancia, ni como una entidad, sino como la representación de los significados compartidos que siempre están en continua relación dialéctica con sus contradicciones internas y que pueden ser entendidas como únicamente como vida lógica. El alma como una perspectiva que solo se ve a sí misma no puede ser subsumida a un paradigma positivista, ni puede instrumentalizarse o volverse calculable. Por está razón las ópticas comunes no pueden hacer verdadera psicología, porque su punto de partida es el compromiso con el deseo positivo del sujeto, pero no con la inevitabilidad del pensamiento del fenómeno.

Es lo patológico quien se presenta a consulta. Es el síntoma, con su lógica realizándose continuamente, quien a pesar del individuo que la ostenta y que quisiera que ésta desapareciera de su vista, sigue su propio camino hacia sí mismo. El trabajo del psicoterapeuta, por tal motivo, no es con el deseo de la persona sino con la necesidad de la noción que se encuentra ofuscada en el despliegue fenomenológico. El proceso psicoterapéutico se conceptualiza como la escucha atenta del logos de la psique en la atención plena de la verdad anímica del fenómeno.

Por su naturaleza epistemológica la curación queda descartada de los objetivos psicoterapéuticos, así como la ayuda al mejoramiento humano o la búsqueda de la remisión de los síntomas, pues como Hillman sabía en el pathos está el alma y la eliminación de la experiencia del sufrimiento es una estrategia egoica para enmudecer el logos de la psique. Las buenas intenciones o los decretos morales sobre los fenómenos psíquicos no los resuelven, más bien los eternizan en la evitación de su consciencia dialéctica o lo que también se ha denominado como la “compulsión a la repetición”.

Es en este contexto donde el psicoterapeuta debe hacerse las preguntas sobre su profesión y donde su formación se lleva a cabo. Al inicio, se dijo qué hay un aparato institucional que sostiene la educación del terapeuta, sin embargo, y ante la naturaleza descrita de la psicoterapia, se intuye que la institucionalidad no es suficiente y que hace falta una contra-educación que permita que las contradicciones de los conceptos aprendidos puedan emerger como el desmembramiento de la praxis instruida. El conocimiento ha de interiorizarse en sí mismo para mostrarse como el concepto de sí.

La formación del psicoterapeuta descansa en este desgarro dialéctico que contiene la aprensión de la teoría como una práctica que busca ser consciente de sus ideas o como la unidad de la unidad y la diferencia entre ambas. Por todo lo mencionado, no basta con la erudición (aunque es imprescindible) puesto que la posición del profesional reclama la destrucción continua de todo aquello que le brinda seguridad teórica y, en consecuencia, debe volver a construir, una y otra vez, el aparato psicológico dictado por aquello Otro que se hace presente. Es, finalmente, en el recibimiento de ese huésped terrible (hospis/hostis) donde yace la consciencia psicoterapéutica a la que el terapeuta en formación aspira a servir.

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