El alma es productiva, sin embargo no se le debería imaginar como una fabricadora de fenómenos o como un agente de cuya actividad derivan formas, imágenes o ideas, porque el alma no existe y tampoco lo hacen sus producciones, o mejor dicho una vez que algo ha sido producido ya ha dejado atrás su componente anímico. No obstante, es cierto que el alma nunca deja de crear, pues su impulso incesante es, en sí mismo, su esencia particular.
James Hillman insistió en que el reino del alma es el inframundo, porque sus ramas crecen siempre hacia los hondos valles de la experiencia cotidiana donde su reflexión resulta oscura y profundísima. Por lo tanto, su poiesis es una acción puramente negativa, donde lo negativo se entiende como la emergencia constante del concepto que vive implícito en el fenómeno. No basta morar en una nekya metafórica, en un descenso que ocurre de forma semántica. Pensar en la negatividad del alma supone someterla a una caída primordial en su propia realidad.
De esta manera el alma es creativa en el momento justo del límite de su actividad, es decir, en la contradicción inherente al síntoma, en aquel pensamiento que subyace como movimiento lógico siempre presente en la obra o en el suceso y que desgarra lo positivo del acontecimiento para convertirlo en pura experiencia psíquica. Es en el recibimiento del animus asesino, donde la creatividad realmente existe y no en los campos embriagantes del anima maternante. La tierra tiene que abrirse bajo los pies para que el impulso creador arrebate a la realidad de su estéril virginidad y pueda ser consciente de su lugar en el mundo del Hades.
Por lo dicho, es el Otro el que irrumpe como un huésped (hostes) hostil (hostis) en la morada inerte de la positividad, en la forma pictórica del fenómeno que ha sido atrapado en su fisicalidad y que lo arranca de su contención óntica para poder sumergirlo en la profundidad de su vida lógica. Por ello resulta imposible que el proceso creativo pueda dirigirse al sujeto, a la ego-personalidad, porque precisamente la generación de la verdad del fenómeno exige el sacrificio continuo de la individualidad. Ser creativo es servir a Otro.
La creatividad es un proceso inhumano que se asienta en la vida del sujeto de forma autónoma, otras culturas hablaban de musas, daimones, shides o del duende, en todas esas figuras se sabía que el impulso creador era una tarea impuesta que debía honrarse y que presagiaba un enorme sacrificio para el sujeto. En la época actual, empero, la creatividad se ha cargado sobre los hombros del individuo y éste, inflamado por la llama creativa, se quema sin remedio hasta extinguirse en el dolor de no poder concebir su poiesis como un invitado al que hay que recibir y atender solo mientras sucede.

