La psicología y el complejo de inferioridad del hombre

Logos del alma

“Yo amo a quienes no saben vivir de otro modo que hundiéndose en su ocaso…”

F. Nietzsche

La psicología, de forma inadvertida, es la narrativa moderna cuya función es la de ser un refugio del hombre ante el nihilismo, así que recrea, re-imagina, antiguos ídolos ahí donde el martillo de la historia ya los había derrumbado. Una de las imágenes que prueban este hecho es el esquema crisis-renacimiento que presupone que de un momento caótico o angustiante devendrá, si el sujeto así lo desea: el aprendizaje, la riqueza y el crecimiento, tal afirmación se deriva de la antigua creencia cristiana en el paraíso prometido, al que el buen creyente podía ir después de sufrir lo suficiente en este mundo.

El cristianismo sigue arraigado en la psique, no obstante su espíritu se ha diluido en dos vertientes, aparentemente antitéticas. Por un lado se disfruta de él como un productor de sentido, al precio de sacrificar la asunción de la realidad en un mundo post-metafísico. Ello no implica que la metafísica o que la religión hayan sucumbido al olvido, únicamente que la sintaxis que les daba vida se ha disuelto en nuevas formas lógicas.

El segundo camino del telos cristiano ya se ha realizado desde hace más de dos mil años, pero la consciencia debe seguir haciendo una peregrinación a la tierra santa de la historia de sus transmutaciones. La encarnación y el vaciamiento (kenosis) de la divinidad ya han ocurrido, fue el propósito implícito en la crucifixión, pero tiene su preludio en la separación de lo divino de su esfera naturalista en la masacre posterior a la adoración del becerro de oro en el monte Sinaí, en Yahvé aborreciendo los sacrificios en el episodio de Isaac o en Job reivindicando el asiento humano ante un dios inconsciente de sí mismo.

A pesar de que un cristiano tardío como Nietzsche pudo intuir las consecuencias de la encarnación, la cultura aún requiere de ese sostén celestial que proporcionaba un sentimiento profundo de interioridad y de pertenencia. Las personas todavía se refugian en la iglesia, donde a pesar de las ruinas evidentes, pueden fingir que es la casa de un huésped que, empero, ha seguido su propia senda fuera de ella, porque como decía Juan Gelman: “no es para quedarnos en casa que hacemos una casa…”.

Por lo tanto, han de surgir aún falsos profetas, no porque lo que digan sea equivocado sino porque está construido como una neurosis del alma misma, en ese esfuerzo anímico por permanecer en aquello que esta imbuido en el presente pero que ya no es realmente operante. Es en esa dimensión del alma engañándose a sí misma que se enmarcan los subterfugios psicologistas como el mencionado esquema crisis-renacimiento, que es un ejemplo a su vez de el prejuicio de la causalidad psicológica.

Los objetivos psicoterapéuticos tienen su raíz en el anterior contexto religioso y reproducen la moral cristiana de la que Nietzsche sospechaba con tanta vehemencia. Ahí se confiere al hombre un papel determinante en los procesos psíquicos que le acaecen, con toda la inflación y la culpa producidos por asumir un destino que no le es propio. Tal circunstancia fue a la cual los primeros psicólogos llamaron neurosis.

Esta situación provee de un escape a la contingencias del espíritu, es decir, al hecho de que el sentido ha dejado de ser determinante en la dimensión de la existencia, puesto que ya se han roto las esferas celestiales y los viejos dioses ya no moran en el Olimpo sino en el plexo solar, lo cual supone el peligro constante de inflación psíquica que no era posible, como un estado constante del individuo, sino hasta la modernidad.

Esta inflación también supone que el sujeto, frente a la realidad, solo debe atender a su experiencia si ésta le es favorable, aunque sea como promesa, delirando con un falso sentido de control sobre la misma. Hay una espera fútil en la idea de que el universo está hecho para satisfacer al ser humano como una especie de principio antrópico narcisista que evita que el sujeto entre en contacto con su propia negación, con aquello otro que lo constituye como un ser desnudo frente a la muerte de los dioses que le brindaban sustento ontológico.

El nihilismo es la pérdida necesaria de los antiguos valores, la muerte de Dios como el representante de un mundo que ya ha transitado a una forma inédita de sí mismo ¿no es acaso, esperar un futuro propicio un mecanismo de defensa contra el vacío de la existencia, contra la falta de significado propia del crepúsculo de una cosmovisión moribunda?

La idea de un buen porvenir alivia la angustia ante la incertidumbre, pero a la vez prueba la verdad de los tiempos presentes, que ya no hay significado y que solo podemos acceder a éste a través de crearlo artificialmente con propósitos meramente personales.

Pensar que los sucesos están hechos para la superación personal del sujeto o que el individuo debe aprovecharlos ¿no expresa un exceso de importancia personal? ¿No es una muestra de soberbia? ¿Y no implica esta soberbia un complejo de inferioridad de la especie humana?

¿Qué pasaría si el hombre asumiera que el mundo es caótico, que la crisis es una constante de la existencia y que no necesariamente habrá un buen final para los sucesos? ¿Qué sucedería si entendiera que la realidad no está hecha a su imagen y semejanza sino que son los fenómenos los que transitan hacia sí mismos y solo como agregado podrá acaso sacar algún partido, que por supuesto siempre será efímero?

Y además ¿Cómo sería una psicología liberada de su necesidad de mejorar al individuo, de generar significado, de curar, es decir, emancipada del proyecto de alejar al sujeto de sí mismo y de la lógica del alma?

Son preguntas para el futuro, mientras tanto, habitamos las huellas que deja el alma en su camino hacia sí misma, construimos civilizaciones y las narrativas necesarias para brindarles cimientos ideológicos. La psicología es uno de esos mitos del mundo moderno y crea casos para poder validarse. No es verdad que la psicología estudie al hombre, más bien su discurso se inserta en la piel lógica del ser humano para constituirlo y amasarlo como el trozo de barro noético que siempre ha sido.

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