“La piedra que los constructores desecharon, en piedra angular se ha convertido.”
Mt. 21:42
Una preocupación general en la consolidación teórica de algunas posturas de pensamiento, es la promulgación de marcos de comprensión que permitan entender mejor lo que se desarrolla en dicha posición y delimitar conceptos, objetivos y alcances de la teoría en cuestión. Para ello es común construir rutas institucionales que permitan el acercamiento de la perspectiva al gran publico para captar nuevos elementos que reproduzcan el paradigma especifico.
Sin embargo, muy pronto, se olvida que la teoría que se ha construido, a veces alrededor de un único pensador genial, no es un bien privado que pertenezca a un grupo de iniciados, en cambio es un conjunto de ideas flotantes que encuentran su expresión más idónea en la búsqueda emprendida por una persona o por un grupo de personas y que éste es un movimiento lógico en constante metamorfosis.
Heidegger decía que un pensador es aquel sujeto que ha sido tomado por una idea y que, por una suerte del destino, deberá trabajar con ella el resto de su vida. Se puede decir que realmente el trabajo del autor es tratar de ponerse a la altura del pensamiento que se le ha propuesto como una visión particular del mundo. Pero el haber sido elegido no es un regalo que se le haya otorgado, porque constituye una tarea a la que deberá sacrificar el resto de su existencia, como la adoración subjetiva a un dios objetivo que se sirve a sí mismo.
Las ideas, en consecuencia, no pertenecen a los individuos, ellas son sujetos objetivos que, en pos de su propio despliegue en la labor de convertir lo positivo en negatividad, y viceversa, se aprestan de cualquier herramienta para seguir su trayectoria tautológica. El hombre es el camino más accesible, no obstante solo es una senda y no una meta ni un origen. El ser humano es un siervo de las ideas, pues él mismo es una forma de ver de la propia alma.
En la vía de consolidación de las teorías, esta relación entre las personas y las ideas se revierte en la ingenua pretensión de que las ideas deben ser detenidas, aplicadas y defendidas, en una empresa técnica por controlar la actividad noética del pensamiento que se piensa a sí mismo. Así, se limita el movimiento lógico de un proceso eidético y se le detiene en un momento de su andar, literalizándolo y convirtiéndolo en un símbolo muerto que guarda la nostalgia de una vida sostenida por una efusividad ahora enclaustrada.
Empero, las ideas, como cauces indomables, tienden a persistir en su necesidad dialéctica, por lo cual, tarde o temprano toman figuras que habrán de amenazar el status quo sostenido por la estrechez de miras de los saberes institucionalizados. Ante las miradas petrificadas de quienes pretenden que una teoría se mantenga virginal e impoluta, solo anima, surgen disidentes que tienen como destino la herencia del viento, es decir, la ardua tarea de turbar la casa y permitir que el espíritu embotellado pueda liberarse. Son ellos las encarnaciones de algún Barba Azul violento o de un animus que busca devolver al pensamiento el contacto con su dialéctica interna.
Pero el saber institucionalizado no ha de permitir de buena manera devolver aquello que quisiera conservar para sí. La perspectiva del dogmatismo es semejante a la de los viñadores homicidas de la parábola bíblica, quienes trabajando la tierra de alguien más se la apropian injustamente y asesinan a cada mensajero que viene a ellos por parte del dueño legítimo, hasta que por fin éste manda a su propio hijo, aquel heredero genuino y también lo matan.
Jung observaba la actitud dogmática de Freud cuando éste le suplicaba no bajar la guardia contra la marea negra del ocultismo, no podia concebir que aquel hombre creativo y fuente de intuiciones sagaces se comportara de manera estrecha frente a las manifestaciones genuinas del alma. Sin embargo, el mismo Jung no pudo librarse de la tentación de sucumbir al temor y constreñir su propia teoría a limites mezquinos. Imágenes como el inconsciente colectivo o los arquetipos estan propuestos como figuras ininteligibles que, curiosamente, no pueden ser refutados. Están hechos para no ser pensados.
El junguianismo institucional se consolidó en la lucha tenaz por mantener inmutables los conceptos intuidos por Jung, sin atender a los prejuicios inherentes a su época y contexto, y olvidó que el núcleo de la teoría analítica era la asunción de la psique objetiva, es decir, de un proceso autónomo de la consciencia que tiene su telos en sí mismo y cuyo propósito no es otro que alcanzar su propia verdad. Sobre todo desatendió el hecho de que las ideas desplegadas no pertenecen a nadie en particular sino que son un proceso de formación y transformación consustancial de la mente.
Es así que el junguianismo se adueñó de un flujo noético asumiéndolo como un saber estático e ideológico, por ello es sencillo que confluya con otros dogmas de la cultura como la New Age y su espiritualidad impostada o con las soluciones pseudo psicológicas que reproducen inconscientemente los valores del espíritu de la época. Además, no cesa en intentar matar todo proyecto de renovación de la dinámica interna del pensamiento literalizado en sus estructuras teoréticas.
A pesar de la pobreza de la institucionalidad, de vez en cuando aparecen personajes creativos, que siendo hijos legítimos del dueño de la hacienda se dan cuenta de que está usurpada por oportunistas y fariseos, por personajes que buscan sostener sus necesidades egoicas en la partícula seminal de un impulso de la propia alma. Ellos, los alborotadores, son los renovadores que intentan hacer justicia al espíritu rector de la teoría y derrumbar las inexpugnables fronteras que han erigido los asesinos del movimiento del alma.
Si la teoría es un flujo de ideas que debe ser acompañado en sus diversas transmutaciones, el pensador no es otra cosa sino el manso alquimista que atiende los estadios cambiantes de la materia a su disposición. En su laboratorio espera quizás encontrar algo, pero sabe que un misterio se cierne a cada momento y su labor no es embotellarlo, más bien elaborar vasijas que puedan ser quebradas cada vez que el proceso lo requiera.
Quizás sea la institucionalidad un mal necesario, pues en sus formaciones rígidas, en sus congresos repetitivos, en sus publicaciones insustanciales se trasluce un alma torturada por una nigredo que aguarda atenta la liberación del espíritu mercurius; en los anales adustos de sus memorias se cierne el concepto latente que desea ser vivificado. Tal vez esta sea la enseñanza de la parábola de los viñadores homicidas, que en la dialéctica del conocimiento el pensamiento cíclicamente es devorado por la necesidad dogmática, únicamente para dar tiempo a que el legítimo dueño reclame lo que siempre le ha pertenecido.
