La dialéctica de la soledad

Logos del alma

«Tengo una mancha en la pierna izquierda. Es un continente borroneado por la lluvia. Se llama «lejanía».»
Jimena Marcos

Se piensa de forma común que la soledad es un estado primordial del ser humano, que el hombre avanza del hecho de estar solo al punto del encuentro con los congéneres y, por ende, que el proceso de construcción de la identidad supone alejarse de la comunidad para estar consigo mismo, ante la advertencia de que siempre se ha estado solo.

Pero la soledad no es connatural, al contrario, es una posición cultural compleja que requiere un arduo trabajo de aprendizaje y de interiorización. Melanie Klein pensaba que el sujeto aprende a estar solo siempre y cuando sea capaz de interiorizar la imagen de una madre protectora que le brinde seguridad y respaldo ante los embates de la existencia, un objeto interno bueno que esté a salvo de la pulsión de muerte.

Así que la experiencia de la soledad requiere primero haber tenido una calidad de lazos sociales que aporten un ambiente de confianza y que más tarde se convertirán en el sentimiento de acompañamiento continuo.

El niño pequeño, al alejarse de su madre voltea la mirada para poder observarla y ese acto lo hace sentir protegido, con el tiempo la imagen de la madre ya no será necesaria como una figura externa porque el ritual se habrá vuelto un concepto que el niño ha de encarnar y que le permitirá experimentar el hecho de, paradójicamente, nunca poder estar verdaderamente solo.

La dialéctica de la soledad implica que estar solo es la conjunción del poder estar aislado precisamente porque ya no se puede estar apartado del todo, pues la apertura del otro ha hecho mella en el cuerpo sutil del individuo y lo ha tocado de tal forma que su aparato psíquico está ya dirigido hacia el otro para poder ser él mismo. Es un sujeto solo porque ha podido construir un puente hacia el prójimo. Su identidad es la relación con el concepto de la alteridad.

La experiencia de ser uno mismo tampoco surge antes de la vivencia del otro, más bien suceden al mismo tiempo. Freud llamaba “narcisismo primario” al estado posnatal donde el niño aún no anuda al mundo con sus lazos libidinales. En este sentido hablar de un medio ambiente o de una díada sería impreciso porque la posición narcisista conlleva que la experiencia de un medio que rodea al individuo todavía no existe, por lo tanto tampoco su identidad ni la alteridad están formadas por completo, solo suceden como potencialidades.

Es en el trato cotidiano con la frustración, en el dolor propio de no poder satisfacerse, que el niño asume que existe algo fuera de él mismo. No es el placer el que lo convence de la aparición de la madre sino su ausencia, ese claro que se abre entre él y lo materno es de donde surge la realidad. Desde entonces el trato con el mundo estará mediado por el dolor.

En cambio, el narcisismo secundario es la búsqueda continua de la experiencia del placer, de un pecho que satisfaga todo el tiempo y sin mediación. Sucede así en el estado de la atomización posmoderna donde el individuo, saturado de relaciones y de actividades gratificantes, sin embargo, vive continuamente insatisfecho. Nada lo puede complacer porque la experiencia presente se le escapa ante la esperanza del siguiente estímulo. No hay un espacio creado por el sufrimiento que le enseñe que su vida depende de los demás y que estar con los otros es un proceso de aprendizaje intrincado.

En una cultura que expurga la dependencia, las relaciones tóxicas, la intolerancia ante la frustración, donde los linchamientos mediáticos son cotidianos, la sabiduría del sufrimiento parece mermar y las personas se sumergen entonces en el deseo incesante por volver a un estado pre-relacional. Pero está posición que rechaza la diferencia, curiosamente exacerbando la variedad, no es la experiencia auténtica de la soledad, sino la purga de lo distinto que da como resultado el vaciamiento de la identidad.

Estar solo exige aprender a estar con los demás. Pero no solo fisicamente ni como una farsa en las redes sociales. En cambio, poder convivir con el prójimo supone una apertura a la contradicción que el otro es. Esto conlleva una iniciación al conflicto terrible que acarrea la cercanía. Pero no es sino en la presencia conflictiva del semejante que la identidad puede ser forjada en el alto fuego que disuelve las ideas fijas y las devuelve a su movimiento intrínseco.

Convivir es interiorizar al otro, volverlo un órgano psicológico que nunca será propiedad de la persona sino del psiquismo que envuelve, lógicamente, al individuo y que se construye a sí mismo como una fantasmagoría de imágenes. Tales representaciones se entrecruzan y se enredan para funcionar como un conjunto caótico y a la vez coherente, con su propósito implícito en las nociones que le conforman.

Esa red de imágenes y conceptos son, en su trama, el núcleo del movimiento psicológico que el individuo percibe como su realidad y, por lo tanto, son su identidad genuina. A pesar de la auto-percepción del ego como un ente aislado, aún en su “mundo interior” tampoco está realmente solo porque ser es ser una multitud de ideas en continua formación, transformación e interrelación.

La soledad, por consiguiente, requiere del sinuoso reconocimiento de la multitud de lazos que unen a las personas con la sociedad y con esa otra comunidad secreta que son las experiencias psicológicas como imágenes e ideas, ya que el ser humano no puede ser concebido a la manera de un ente solitario, porque su identidad es la intencionalidad de sus actos dirigidos siempre hacia sus semejantes, en el laborioso proceso de reflexionar sobre el mundo y sobre sí mismo.

Estar solo es posible únicamente una vez que se ha asumido la complejidad inherente al fenómeno que ya se es, cuando se han hecho las paces con el otro y se le ha erigido un altar en la propia configuración de la experiencia subjetiva, y cuando se ha reconocido a ese otro como una parte imprescindible de uno mismo, pues es debido reconciliarse con la sombra antes de ofrecer la desgarradora ofrenda de nuestra soledad.

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