La psicología como teoría liberada (dentro de sí misma)

Logos del alma

El objeto de la psicología es la conciencia en cuanto logos de la psique, al menos lo es para una perspectiva que asume al alma como su núcleo de estudio y que se concibe como psico-lógica. Por ende, el objetivo primordial del abordaje anímico no es la conducta, ni el comportamiento, ni el psiquismo humano y sus mapas topológicos y sus órganos imaginales. Tampoco tiene como fin el bienestar o el mejoramiento moral de las personas, ni su edificación, pues se considera que la individuación de la persona es una consecuencia, sin importancia, de la comprensión de que el alma preexiste en su propio carácter de absoluto. Además, desde la dimensión del alma el hombre es una cosa ínfima y sus necesidades nunca son fijas.

Todos los elementos psíquicos son imágenes e ideas por medio de las cuales la consciencia se conoce a sí misma y permanecen externos a ella hasta que no se lleva a cabo el ejercicio de la reflexión y se les permite desvanecerse en su negatividad, solo entonces cobran importancia, cuando lo pensado en ellos se piensa a sí mismo y se interioriza en su propia forma para poder existir como la no-existencia de ellas mismas, liberadas de su literalidad. Toda presencia guarda dentro de sí una noción atrapada en su positividad, la cual es debido pensar para poder emanciparla como autorreflexión, como noesis noeseos. El alma siempre piensa y lo hace en la profunda exterioridad de sus propios objetos.

Al abordaje activo de la psicología lo llamamos psicoterapia, pues implica un cuidado atento de la propia psique, como la perspectiva que atiende la inteligencia del fenómeno, considerando a su característica sintomática como una expresión legítima del propio movimiento lógico del alma. El síntoma es un pensamiento ocluido en sí mismo que es necesario seguir pensando de tal manera que éste pueda llegar a su hogar en la consciencia. Por eso se considera a lo patológico como una guía imprescindible y como el propio esfuerzo del alma por “curarse” a sí misma. El psicoterapeuta no es otra cosa sino un guardador, un aprendiz del pathos de la psique, ella tiene su propio ethos y no siempre compagina con lo que el individuo preferiría. Por todo esto la psicología debe ser psicoterapéutica para ser psicológica.

El psicoterapeuta guarda en su corazón el misterio del fenómeno, pero a su vez él mismo es introducido en el núcleo de dicho misterio, sin embargo a tal dimensión solo puede acceder aquello que es idéntico a lo que se presenta. Se asume entonces que el psicoterapeuta debe desaparecer mientras el opus se desenvuelve y que su labor implica el esfuerzo por desvanecerse de la mejor manera. Un buen psicólogo es quien en el ejercicio del pensar permite que lo otro sea quien se piense, el psicoterapeuta es aquel que se puede apartar para dejar que el logos del alma haga la psicoterapia.

Por todo lo dicho el objeto de la psicología no puede ser aprehendido bajo programas fijos o estrechos o ante esquemas externos al fenómeno, C. G. Jung recomendaba estudiar todo lo posible y frente al paciente olvidarlo todo. Esto no significa dejar a un lado la teoría y entregarse a la pura intuición o a una suerte de anarquismo teórico-metodológico; más bien implica que la teoría, aprendida con mucho esfuerzo, debe ser abandonada al ser superada por una dimensión nueva del conocimiento. Tal dimensión contiene lo estudiado y lo sabido, se funda en ello, o mejor dicho se nutre de esa cascara o cascaron vacío que ésta abandona una vez que ha surgido.

Lo conocido ha sido la vida del logos durante un momento, pero para desenvolverse tiene que abandonar dicha posición o hacerse consciente de que ya ha dejado atrás su antigua estancia. Pero esto no es el salto de una teoría a otra teoría mejor o diferente, lo cual solo sería un movimiento horizontal que mantendría a la consciencia en la misma dimensión, fingiendo que ha habido un cambio. El movimiento es un movimiento en la lógica del entendimiento y sólo así, con la muerte del saber del sujeto puede el objeto de la psicología surgir de manera plena y por fin morar en la consciencia, es decir, llegar a casa a sí mismo.

En cambio, un programa fijo cuyo objetivo primario es pragmático, cercará a su objeto para poder entenderlo, lo abstraerá de su contexto lógico, reduciéndolo a un objeto aislado y, sin saberlo, lo obligará a cumplir un destino programado por una metodología positivista. Todo ello dará buenos resultados y será útil y eficiente, medible y comparable, pero este sistema de poder prevalece a costa del propio saber del objeto, quien alienado de su consciencia permanecerá mudo, en un hacer separado del conocer, una vía tecnológicamente compulsiva que destruye sistemática su carácter de Otro.

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