En la universidad era una práctica común que los alumnos impartiéramos sesiones de psicoterapia o apoyo psicopedagógico en los semestres relacionados con estos temas. Por lo tanto, se nos asignaban pacientes que acudían con la esperanza de que sus problemas se resolvieran. Estábamos supervisados por un profesor, quien nos proporcionaba material de referencia y apoyo si era necesario. El modelo universitario considera que el conocimiento de técnicas y teorías es suficiente para tratar problemas complejos en la vida de las personas. Naturalmente, el trabajo realizado era deficiente, ya que se hacía principalmente desde el sentido común y, al final, el paciente tenía la ilusión de que había estado bajo tratamiento y los estudiantes creíamos, falsamente, que aquel ejercicio era la psicoterapia.
Pero la psicoterapia no es una técnica que pueda aplicarse solo con tener una noción de sus conceptos, requiere que el profesional se haya sometido antes al mismo proceso que desarrollará de forma continua en su labor diaria. Ello con la función de interiorizar los conceptos permitiendo que los mismos se superpongan a su conocimiento cotidiano y sustituyan su visión por la de aquel que puede discernir a los espíritus. En épocas previas el hombre de conocimiento era sometido a duras pruebas donde sufría del desollamiento ritual y la sustitución de sus huesos por huesos nuevos, sus ojos tenían que ser arrancados de sus cuencas y nuevos glóbulos eran colocados en las fosas huecas. Ésta muerte, que nunca fue metafórica, era la condición sine qua non del poder acompañar al enfermo por el mundo de los espíritus.
Hoy, sin embargo, el mundo de los espíritus se ha liberado, es decir, se ha interiorizado en sí mismo, emergiendo como su correlato lógico, y es entonces que el psicoterapeuta ya no puede sufrir sino un desmembramiento en la propia concepción del mundo, pues el hombre es, en sí mismo, lo descarnado. Es esto lo que hace la terapia, permite ver al fenómeno con los ojos que le pertenecen a lo Otro que se presenta, es, entonces, la idea latente en los acontecimientos psíquicos aquello que se inserta en las cuencas vacías del psicoterapeuta. Todo ello no solo requiere el aprendizaje de ciertas estructuras de pensamiento, ademas exige la propia aplicación de la labor terapéutica a la misma noción de terapia.
El estudiante de la carrera de psicología fantasea que sin haber hecho la ardua labor de someterse a la terapia, puede llevar a cabo ese trabajo, de manera indolora y sin tener que ofrecer el sacrificio de sí mismo al opus que pretende usurpar. Por ello es tan común encontrar terapeutas que ejercen desde posiciones narcisistas, centrados en la satisfacción del ego y que miden su éxito por las credenciales académicas que les proporcionan la ilusión de haber sido investidos por la noción de la psicoterapia. Realmente trabajan desde sí mismos y para sus propios deseos, en forma de objetivos soteriológicos que alimentan su importancia personal. Empero, una labor psicoterapéutica real nunca esta al servicio de ningún individuo, ni del paciente ni del terapeuta, sino que supone un altar para el propio fenómeno, aquel dios que subyace en lo más evidente.
De estas disquisiciones se desprenden varias preguntas que es necesario hacer cada vez que se entra al consultorio: ¿qué es la psicoterapia? ¿cuál es su objeto? ¿cuándo un psicoterapeuta está habilitado para ejercer? y si la psicoterapia significa “el cuidado del alma” no está de más preguntarse: ¿qué es el alma? Quizá la apretura de estas preguntas indique que hacer psicoterapia significa cuestionarse y volverse a cuestionar los conceptos que ya se creían conocidos, quizá sea el misterio siempre presente quién hace verdaderamente el trabajo y entonces la psicoterapia sea el aprendizaje continuo de permitir que este daimon tome su lugar correspondiente.
