La experiencia, la formación y la buena voluntad no son suficientes en el trabajo psicoterapéutico

Logos del alma

La gente cree que la experiencia en la psicoterapia aumenta la habilidad de escuchar las necesidades únicas del paciente, y que con el tiempo la eficacia terapéutica aumenta. Sin embargo, a menudo vemos que un terapeuta con mucha experiencia no garantiza una práctica adecuada, ya que hay muchos factores implícitos relacionados con los objetivos de la terapia, y la experiencia no siempre es suficiente. Por el contrario, la repetición constante de enfoques inadecuados no resulta en aprendizaje, sino en la fijación de prácticas neuróticas, donde el hacer es inconsciente de su propio discurso.

Tampoco la formación profesional es una señal segura de habilidad, pues lo que convierte a un practicante en un buen psicoterapeuta no siempre está dentro del ámbito institucional y muchas veces la profesionalización supone una dimensión limitante de la psicoterapia al exigir seguir un camino prefijado de normas académicas que excluyen visiones que pudieran ser antitéticas, es decir, posibles contradicciones que le den movimiento a las ideas. Además, las posturas pedagógicas no siempre convergen con las analíticas; este debate está vivo aún en la crítica a los análisis didácticos.

Por otra parte, la buena voluntad no es suficiente, especialmente porque, como psicólogos profundos, sabemos de las muchas fantasías que alimentan el libre albedrío. El trabajo de Freud nos permitió comprender que el «Yo» no es el dueño de su propia casa, sino un inquilino más, cuyas necesidades se mezclan con las de los otros habitantes. Estas fantasías gozan de una autonomía que incomoda la potestad del ego y evidencia los esfuerzos de las psicoterapias basadas en la pura edificación del sujeto sin comprometerlo con la vida anímica que, evidentemente, no le pertenece.

El estudio de las neurosis transferenciales ha demostrado que el paciente percibe en el analista un prisma del mundo psíquico en el que se mueve de manera torpe. El terapeuta responde con una jugada similar, llamada contratransferencia, donde se reconoce que el profesional, como buen ser humano, también está a la merced del mundo de la psique. El proceso terapéutico se convierte, entonces, en un diálogo del alma consigo misma, y solo de manera secundaria se puede vislumbrar como un trabajo entre el analista y el paciente.

Siguiendo el esquema junguiano de la mente, el entramado del aparato psíquico se complica aún más. Está compuesto por un conjunto de elementos particulares llamados complejos, cada uno con sus propios objetivos y necesidades autónomas que no siempre coinciden con las del sujeto empírico. Por esto, se recurre a la terapia. El paciente nota que, a pesar de su voluntad, hay otros deseos que solo intuye por los efectos que causan en su vida cotidiana. Él quisiera deshacerse de ellos, pero es imposible. Por eso, Jung propuso que la integración de los mismos, es decir hacer las paces con lo inevitable, es la mejor vía terapéutica.

Entonces no es la experiencia, ni la formación, ni la buena voluntad lo que hacen a un terapeuta adecuado para su profesión. Sin embargo, es cierto que un abordaje terapéutico es la convergencia de conocimiento, experiencia personal y actitud profesional. Pero estos elementos se entrelazan en un factor subyacente que les otorga vida y permite su profundización. Este elemento quizás es el más despreciado por los psicólogos y psicoterapeutas, pues en su búsqueda de un hacer curativo olvidan que el eje nodal de toda práctica es la consciencia de su propia teoría, no el querer mejorar lo que ni siquiera se entiende de manera debida.

Ante una teoría inconsciente sobre la noción de psique, el terapeuta hablará constantemente de la mente, del alma o de lo psíquico, pero su discurso se notará superficial, pues no habrá aplicado a sí mismo tal estructura de conocimiento y, más importante aún, no habrá permitido que la teoría se confronte consigo misma en el arduo ejercicio de tratar de estar a la altura de su complejidad. Su abordaje, por lo tanto, será una búsqueda por afirmar lo que ya sabe. Sus pacientes se volverán adeptos y él mismo se maravillará con sus «logros». Se convertirá en un sanador, en un sabio, en un consejero, en un maestro o quizás en un gurú, pero nunca podrá ser un psicoterapeuta. Esto requiere el sacrificio de todo método, de todo objetivo y de todo programa de acción ante la necesidad lógica del fenómeno.

«Una alma frente a otra» significa que la noción de alma se ofrece a sí misma como un Otro, siendo devorada y desmembrada constantemente. La labor del terapeuta es estar a la altura de la psique en un contexto noético, donde los sujetos son meras formas narrativas en el proceso del alma hablando sin cesar sobre sí misma.

Sin embargo, dado que el trabajo del psicoterapeuta actual está al servicio de la preservación de las ideologías rígidas del ego, su labor no puede ser llamado terapia, sino anti-terapia. Por esto, puede practicar durante años, estudiar incansablemente y tener las mejores intenciones, aun así su ejercicio será la repetición insulsa de un esquema con el cual protegerse del fenómeno vivo, del síntoma, del Otro por sí mismo, es decir del verdadero objeto de la psicología. Ante esto el fenómeno permanecerá atrapado en la neurosis o como dirían los alquimistas: el Espíritu Mercurius no podrá liberarse la fisicalidad de la materia.

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