“Desgracia de las gentes de acción es que su actividad sea siempre poco razonada […] las gentes de acción ruedan como rueda la piedra siguiendo la ley ruda de la mecánica.“
Friedrich Nietzsche
En ocasiones, cuando un autor en psicología presenta un conjunto de ideas de forma compleja y se involucra profundamente en los vericuetos teóricos que tanto recelo dan a las mentes practicas, surgen las voces indignadas de quienes no saben como se puede aplicar algo “tan” teórico, es curioso como los contrariados no se dan ni siquiera a la tarea de tratar de atender lo que es expuesto sino que prefieren permanecer en su comodidad pragmática ajustando aquello que solo conocen de forma superficial a sus esquemas de comprensión, y si la propuesta subjetiva encaja entonces la aplauden compulsivamente, pero si no lo hace un guiño de incredulidad surge y no vacilan en opinar, sin darse cuenta de que opinar es un gesto que se hace para evitarse la incertidumbre y el dolor de pensar.
A veces, cuando un paciente se encuentra con un insight, es decir cuando escucha, sin evitarlo, un pensamiento que no le pertenece, suele preguntar “está bien, lo entiendo ¿pero qué hago ahora?”, lo hace como una forma de defenderse de aquel concepto que se ha vislumbrado en el acto terapéutico y entonces la posibilidad de acción se contrapone a la verdad del momento presente, o en otras palabras se desea actuar para no comprender. Tal situación se sostiene en la separación artificial entre una práctica y un saber teórico, división que es imposible pues uno siempre presupone al otro, toda práctica responde a una teoría implícita y toda teoría se expresa en una práctica, incluso la fantasia de lo impracticable se funda en un esquema teórico particular. Realmente el paciente pregunta qué hacer para no tener que asumir la comprensión que lo oblige a modificar su rutina cotidiana, está cómodo con su forma de asumir el mundo, pero quiere lo paradójico, permanecer en donde ya no se encuentra más.
El hombre práctico no se da cuenta de que su acento demasiado pronunciado en la acción tiene un costo y ese es un hacer compulsivo, una puesta en marcha que se ha separado de su esencia teórica, entonces sucede algo muy inquietante, dicha perspectiva se desliza inadvertidamente por el borde de su subjetividad y se deposita en un recipiente ajeno, encuentra en consecuencia que la realidad se acopla a sus ideales y comprueba que el mundo siempre ha sido tal como lo ha pensado, el exterior se convierte de este modo en un espejo que refleja sus opiniones, encerrandolo en una jaula narcisista sostenida en la mirada proyectiva que filtra la ilusión de su deseo. Confinado en su opinión particular, que nunca es subjetiva sino una teoría inconsciente que tiene la característica de ser una imposición cultural, el hombre práctico es fiel sirviente de un esquema teórico sobre el que ya no puede reparar.
Cuando en el proceso de saber ocurre la comprensión de lo vivido, es decir en el despliegue y la debelación consciente de un pensamiento que antes existía solo en potencia, el movimiento se detiene, la experiencia sintomática se rompe y permite que lo pensado en ella se piense a sí mismo, es entonces que por primera vez el sujeto contempla su posición y duda de sí, esa duda detiene su marcha mecánica y le brinda la oportunidad inapreciable de estar ante sí mismo como un otro. Solo en la quietud del pensamiento el amor por el fenómeno es posible, a eso se le llama comprensión y se vive como un silencio que guarda su inmensidad en el corazón de quién lo puede apreciar como el dios que mora en lo pensado. Es ahí donde la opinión no tiene cabida y donde la pregunta sobre la práctica se diluye en el verdadero entendimiento.
