El autor imperfecto y el espíritu de la obra 

Logos del alma

Cuando la vida intima de un autor se revela y se observan las sombras de su imperfección, sus crímenes y perversiones, inmediatamente surgen detractores de su obra que creen encontrar en su criminalidad cotidiana, un factor que despoja a su trabajo de toda credibilidad e importancia. Otros muchos suponen que por medio de conocer la vida del autor se pueden saber los motivos y entresijos de su teoría y reducir aquella a las pequeñas experiencias del día a día, semejantes a quienes en la presencia de las imágenes de un sueño las atribuyen a la indigestión de la tarde.

Hay muchos ejemplos de esto, entre ellos pienso en Alice Miller que explicaba la obra de autores como Nietzsche con base en un pobre análisis psicológico, algo así le sucedió a Jung en sus seminarios sobre el Zaratustra donde proyectaba más de lo que comprendía. Sin embargo, todos estos análisis fallan por el simple hecho de que pasan de largo que el autor no es realmente la fuente de su obra, sino un mero instrumento de la misma. Goethe a menudo contaba que él sentía como el Fausto lo había creado y no al revés, de esta manera se entiende que la experiencia de la creación no es un asunto personal o individual, no hay algo así como un genio solitario, el autor siempre es acompañado por un Otro que es la poiesis misma.

El autor no es dueño de su obra, sino que sirve a un impulso trascendente a su persona que se identifica con la voz de la cultura o con el alma, Homero y Hesiodo propiciaban a las musas, por ello no habrían pensado que los libros que escribían eran sus libros, sino que había una tarea que hacer, un relato que contar y trataban de hacerlo lo mejor posible. El papel del artista no es crear sino permitir la creación, al someterse a ella, y sustentarla con las herramientas de la habilidad rigurosa.

Pero el influjo de un Otro en la vida del autor no es gratuito, le requiere de un pago continuo en forma de sacrificios cotidianos, es un demonio que ha arruinado la vida intima de no pocos artistas. Solo quien nunca ha sido tocado por el misterio de la creación, por el daimón que exige un tributo, puede creer que el autor y su obra son la misma cosa, pero quien ha sufrido el llamado angustiante de tal demonio, sabe bien que el hombre es la carne de la que se alimenta el espíritu de la creación y el creador no se mantendrá indemne ante su don. Ningún autor, afortunadamente, está a la altura de su obra.

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