Del concepto de “sublación” en la obra de Wolfgang Giegerich 

Logos del alma

En la obra de Wolfgang Giegerich se utiliza constantemente el término “sublación” para entender como un momento de un fenómeno es sucedido por otro momento del mismo, usualmente se le critica al confundirsele con la simple superación, en la suposición imaginaria de que sublar implica el deseo de dominio de la razón sobre el fenómeno, lo cual es una interpretación equivocada. Sublar no es el acto simple de reemplazar, ni lo que coloquialmente entenderíamos como superación, al contrario, es un neologismo utilizado en para hablar de lo que en alemán se dice: “Aufheben”, que se puede traducir de varias maneras: como conservar, como trascender y como eliminar. Esta triple significación, en la filosofía de Hegel, le ocurre a la vez y en todo momento al fenómeno cuyas contradicciones internas le obligan a seguir un movimiento dialéctico en el que su lógica interna se despliega de forma constante. El fenómeno, entonces, se trasciende a sí mismo en el momento en que es obligado a abandonar su colocación anterior para desplegar su sintaxis prístina, llega, así, a casa a sí mismo. De nuevo, esto ocurre siempre y cada vez en la vida lógica del fenómeno.

De ahí que cuando Giegerich alude a la sublación del pensamiento en Jung, no quiere decir que se deba borrar lo que en Jung se expresó [notese que Jung en este enunciado no es un sujeto sino un tema, una idea que se desarrolla], sino que lo que en Jung fue un movimiento debe seguir su cauce más allá de la preferencias de los jungianos, y permitir que sus contradicciones internas eleven a la consciencia de sí mismas lo que permanece en Jung como pensamiento inadvertido. Así, se abandona a Jung a la vez que se le conserva, en un contexto trascendente que expresa lo más sutil y lo más vivo en su teoría. Se le deja atrás para poder llegar a él.

Los críticos del pensamiento de Giegerich, regularmente aluden al matiz del abandono de la teoría jungiana para intentar descalificar el trabajo de la psicología como disciplina de la interioridad, pero son ellos mismos los que destruyen la teoría jungiana al querer conservarla de forma estática, anquilosandola en modos de aplicación que dan la ilusión de movimiento pero que mantienen al fenómeno, que ha significado la teoría analítica, detenido.

Digamoslo de una manera sucinta: la sublación es la constante lucha del fenómeno por llegar a sí mismo en la consciencia.

Del pensamiento contenido en el objeto al pensamiento contenido en sí mismo

Logos del alma

Pensar, como movimiento lógico, desligado de una entidad que sostenga tal acto, es difícil de imaginar sino imposible, la imaginación requiere un sujeto al que atar el movimiento, y un espacio que enmarque tal acción. Esto tiene una razón, la cual implica que en un tiempo histórico pensar, imaginar y actuar estaban con-fundidos, encerrados en sí mismos. Antes de que el logos pudiera ser consciente de su separación del mundo, y ser a la vez alma objetiva y reflexión subjetiva, el pensamiento estaba atrapado en el acto ritual.

El acto ritual implica una idea actuada sin reflexión, dicho hacer no necesita la visión externa de sí para tener significado, es auto suficiente y si bien el hombre es necesario lo es como mero ejecutor del acto. No es el sujeto quien mata al animal sacrificial, son realmente los dioses, es la mano del dios que actúa a través del ser humano y que impone su voluntad en su actuación para poder desarrollar su dinámica. El pensamiento aquí no es consciente de sí mismo, puesto que se despliega sin necesidad de la reflexión, es decir, no hay que volver sobre los pasos del ritual para entenderlo, sino que el cuchillo hundiendose en la carne del animal sacrificial es su propio entendimiento, y no tiene necesidad de separarse de sí mismo.

Hay entonces una contención del pensamiento en el acto ritual que persiste en su relato, es decir en el mito. Cuando Homero comienza la Iliada no habla sino en nombre de las musas, es la musa quien cuenta la historia, son sus palabras las que son escuchadas, así como en la Biblia es la voz de Dios quien realmente se expresa y por ello es posible decir que la Biblia está dictada por el espíritu, es el espíritu que aun no ha llegado a su estado de paráclito, aun no hay separación en el logos, pues la encarnación solo puede ser posible una vez que el espíritu se ha separado de sí mismo y ha reflexionado sobre su propio pensar.

El mito es más cercano a la realidad presente en el acto ritual que a la consciencia moderna, separada de sí misma. Sin embargo, acudir al mito es recurrente pues al hacerlo se evita la angustia de la separación. Así como es difícil separarse de los padres, pero necesario para ser uno mismo, es complicado asumir que la realidad del mito ha quedado rebasada por formaciones que expresan la verdad de la época de forma más compleja que lo que las imágenes míticas pueden ofrecer. Es mas sencillo pensar en fenómenos metafísicos que den sentido a la existencia desde afuera, que encontrar el propio sentido en cada cosa que existe. Ejemplos de tales entes son conceptos como: el inconsciente, los arquetipos, la libido, el daimón, sobre todo cuando son vistos como procesos teleológicos a la medida de las personas.

Los procesos psicológicos actuales ya no están en las personas, sino fuera de ellas, pero de una forma distinta al de la época ritualista, en la dinámica que envuelve a los sujetos y que los construye como tales. El pensamiento tiene entonces una doble existencia, como el contexto lógico de ideas que en que la humanidad se desarrolla y en la reflexión que se hace en las personas sobre este contexto. La unidad de la igualdad y la diferencia entre ambas facetas constituye el pensamiento del alma, que es pensamiento tautológico. Es debido aclarar que el hombre poco tiene que decir sobre ello, y que lo conciencia egoica insiste en centrarse en sí misma con el fin de sostener una importancia que no tiene. Esto último hace que pueda concebirse una revolución copernicana final, que exprese la verdad de los tiempos actuales: el pensamiento se piensa a sí mismo, siempre.

¿Qué significa “pensar” en la obra de Wolfgang Giegerich?

Logos del alma

Cuando se habla de pensar en la obra de Giegerich no estamos ante algo dado o sobreentendido, es una idea que hay que aprender en su transcurso. Si quisiéramos calcificarla en una definición o insinuar que ya se sabe de lo que estamos tratando tendríamos una idea falsa, un fenómeno a medias entre su verdad y el ocultamiento de la misma. Por ello es que pensar, primero que nada, tiene que ser entendido como un proceso que se despliega, no como una categoría que encierra y clasifica para posteriormente ofrecer digerido aquello que se quiere entender. Pensar, en cambio, es actividad, solo productividad en sí misma, pero ¿de quién?.

Dice Giegerich: “El sujeto o el agente del propio pensamiento, del verdadero pensamiento, por contraste, no es el ego, no es la gente, sino, hablando mitológicamente, es «el alma». Pensar es una actividad del no-ego.” Esto no quiere decir que quien piensa sea el alma en lugar de ego, como si cambiáramos simplemente de sujeto. El que el alma sea quien piense supone que el alma misma es pensamiento, pensamiento en el proceso de pensarse a sí mismo. Es decir, que todo ello no ocurre como una posibilidad en algún ente, corpóreo o incorpóreo, pues es un proceso lógico que se desarrolla de manera negativa, por ello Giegerich lo refiere al “no-ego”, que es el ego que no es ego, o la negación del ego en sí mismo, que no es otro ego positivo sino la negatividad de la posición lógica del ego, cuya noción ha sido liberada de su “literalidad” e interiorizada en el acto de pensar. Toda esta jerga, que en Giegerich es muy clara si uno se adentra en sus escritos, quiere decir que el alma es su propio proceso de desenvolvimiento en lo real, no es otra cosa que movimiento, pero no físico sino noético.

Si bien la jerga de Giegerich es compleja, se debe entender que él mismo no trata un tema simple, sino que habla sobre una dimensión que no es abordada en la psicología académica, misma que se ha esforzado por ser solo una practica tecnológica. Pero la psicología no tendría que ser una técnica en busca de eficiencia sino una disciplina que se ocupe del alma y su desarrollo, por ello se hecha mano de una base filosófica que entiende mejor los fenómenos noéticos, y sin embargo tampoco la psicología se reduce a la filosofía, mas bien la supera precisamente al rechazar la sistematización de una teoría y centrarse en la propia teoría que el alma proponga, el psicólogo es un naturalista negativo, pues no observa para aprender, sino que en su investigación él mismo es aprendido, diría Giegerich que el cazador es devorado por sus propios perros.

Tales consideraciones impiden que el proceso de pensar se reifique en dos posiciones clásicas, una es la del pensamiento como proceso cognitivo o como función psíquica de orientación, siendo esta una explicación mecanizada que trata de explicar particularidades del fenómeno psíquico orientado a la ubicación del ego en la realidad. Esta posición provee de una herramienta muy sencilla para los psicólogos-técnicos que buscan clasificar y reducir el fenómeno psíquico a su mínima expresión para poder entenderlo, pero esto no es sino técnica en el sentido en que Heidegger alude cuando dice que la ciencia no piensa. La otra posición que no tiene que ver con el pensamiento es la lógica formal que busca pensar de manera adecuada y que dice Giegerich, abstrae doblemente el fenómeno, pues lo descontextualiza y luego lo reduce a signos.

Entonces pensar no es ni una función del ego, ni una manera de aprender la realidad. Es el alma, como movimiento lógico, en el acto tautológico de pensarse a sí misma. Por lo tanto, al hablar de este termino no se alude a la cognición o las funciones psíquicas individuales, y cuando se dice que el alma siempre piensa es un descuido confundirlo con racionalismo, pues esta confusión indica que aun no se ha podido acceder a la importancia del tema que aquí se trata ya que se viene vestido de calle a la gran fiesta a la que se nos ha invitado, misma a la que para entrar hay que quedarse fuera, es decir, que para entender primero hay que asumir que quien entiende no será el ego sino el alma, un proceso de sacrificio que no todos están dispuestos a hacer, y que no trae recompensas, sino solo disolución, pues el verdadero psicólogo no es el sujeto sino la vida lógica.