Continuamente se emiten opiniones sobre asuntos políticos asentadas en una visión limitada del mundo y expresadas de forma visceral, no hay un pensamiento plenamente logrado dentro de ellas, sino enojo, miedo o admiración.
En el ámbito de la educación es cada vez más evidente el énfasis en la vida emocional del individuo, la educación socioemocional imbuye los planes de estudio como una necesidad del sujeto moderno que ha descubierto una parcela de su vida que antes no notaba.
La música que figura en las listas de éxitos no tiene un contenido importante, ni siquiera es musicalmente compleja, constituye una serie de repeticiones simples que alimentan la emocionalidad del oyente, lo posicionan en un estado de animo exaltado pero iterante.
La pandemia, como síntoma social, ha mostrado, como lo hace todo síntoma, la dinámica de la ideología del mercado que rige las relaciones personales y las divide en externas e internas; la reclusión se presentó como una imagen de la atomización del individuo y el miedo a la muerte como el verdadero proyecto de la sociedad occidental contemporánea.
¿Qué tienen que ver las opiniones políticas viscerales, la educación sociomocional, los estribillos anodinos de la música de masas y la cultura de la pandemia? Todas son formas en que la hegemonía del ego se manifiesta, una tiranía implícita pero terrible que traslada el dominio del mercado a la dimensión psicológica de las relaciones sociales. No es un capitalismo salvaje, sino un neoliberalismo emocional, donde el sujeto se expresa para silenciarse y se ocupa de sí mismo para convertirse en su propio explotador. El mercado se ha encarnado y ahí donde algunos habían descubierto el nuevo mundo de la mente ya se han construido centros comerciales, parques de diversiones y pequeños apartamentos a pagar en largas y cómodas mensualidades.
