Otra vez a la briega con Hillman

Logos del alma

Desde hace tiempo vengo hablando de la importancia del trabajo de James Hillman y su relevancia para la psicología analítica en particular y para la psicología en general, pero entre las lecturas que se han hecho de él me he encontrado cierto esfuerzo por intentar hacer coincidir el pensamiento de Hillman con algunos objetivos particulares, por ejemplo:

-Hacerlo parecer un continuador de la obra clásica junguiana en las nuevas categorías que la psicología arquetipal propone y

-Entenderlo sin el componente clínico subyacente en su obra, como si Hillman fuera un teórico filosófico.

Ambas lecturas son injustas con el autor. Hace poco escuchaba una conferencia donde Hillman era continuamente citado, me encontraba con ese discurso normalizador su obra, incluso una ponente pudo decir, con una elocuencia singular, que Hillman habla del “alma de cada uno” o que este psicólogo “solo difiere en un par de cosas mínimas con Jung”, es decir un despropósito que refiere a una lectura poco cuidadosa de su trabajo.

Hillman revolucionó el ámbito analítico, volvió la atención sobre el concepto de alma y lo erigió como el centro de la reflexión psicológica, desmanteló la importancia del sujeto, propuso deshumanizar la psicología, critico presupuestos tales como: “individuación”, “polaridad”, “integración”, “arquetipos”, “inconsciente” y “ego”, instó a los analistas a permanecer en los valles oscuros del alma y a no escapar a las trascendentes cimas del espíritu y de la sanación, lucho por derribar las falacias que cubren aún el proceder teórico junguiano y fue un acérrimo enemigo de la visión desarrollista clásica, volteó de cabeza los conceptos analíticos y mostró que el verdadero trabajo del psicólogo junguiano consiste en reflexionar nuevamente lo ya aprendido para permitir que surjan nuevas imágenes, pues el camino del alma es la construcción continua de sus estructura eidética, es decir, el proceso de transparentar interminablemente, siempre volviendo al núcleo imaginal.

Hillman no merece lecturas que lo sujeten nuevamente a aquello que él ya había deconstruido, pues al igual que Jung requiere que sigamos su ejemplo, que sigamos re-visionando la psicología y que estudiemos su obra no para ser arquetipales sino para ser nosotros mismos.

La guerra es un dios

Logos del alma

“Primero creamos al enemigo. La imagen existe antes que el arma, la propaganda precede a la tecnología. Comenzamos pensando en otros a quienes matar y posteriormente inventamos el hacha de guerra o el misil intercontinental para acabar con ellos.”

Sam Keen

“… el Holocausto es la iniciación del alma en el Amor.”

W. Giegerich

Decía Clausewitz que la guerra es la política por otros medios, y si entendemos la esencia del hombre como la relación con su semejantes, es decir, como el contexto político donde se desarrolla el sujeto, podemos suponer que la guerra es una forma de correspondencia con los otros ¿pero qué variedad es de las múltiples formas de interconexión?

Carl Jung enseñaba que toda persona experimenta un lado sombrío de su experiencia psíquica, que lo confronta con los aspectos no reconocidos de su propia vida realmente vivida. En una dinámica paranoide la psique toma al prójimo como receptáculo de los propios elementos rechazados, los proyecta. La palabra proyectar implica lanzar delante un objeto, por lo tanto, en la dinámica psíquica de la sombra los objetos sombríos son puestos en el otro para poder observarlos nítidamente.

La proyección no es un padecimiento en sí mismo, es la forma normal de ver de la propia psique, ésta lanza imágenes para poder observarse a sí misma, piensa a través de la confrontación con el otro que ella misma es. No debe entenderse que la psique existe de forma positiva, como un órgano en el cuerpo o una función en el cerebro, y no se le podría encontrar por muy lejos que se le busque; la psique es el mero acto de arrojarse y de reflexionarse a sí misma, es, como el alma, mera productividad conceptual.

En un ensayo sobre la sombra (1) disgregaba la hipótesis de que la sombra no sólo es el acto de arrojar lo rechazado sino que implica el proceso dialéctico de confrontación, cuyo ritmo constante supone la esencia de todo fenómeno en su camino por llegar a casa a sí mismo. Por lo tanto, se puede decir que la guerra se sustenta en la capacidad de poder proyectar aquello que se confronta con lo considerado normal, pero eso que confronta también inspira temor y por ello se emprende una lucha constante contra lo temido. Jung, pensaba qué tal dinámica era el fruto de la desintegración psíquica, pues cuanto menos era asumida la dimensión de la sombra el psiquismo se volvía más disperso, la energética psíquica, que depende de la cohesión de sus elementos, era cada vez más lábil al fragmentarse, incluso para sostener un ego.

En estos términos la guerra presupone la falta de asunción de aquello que realmente es parte de sí mismo, así se abre la posibilidad de formar bandós, de tomar partido y de armarse para la batalla constante contra lo que ya se es. El enemigo es fruto del propio reflejo. La palabra “Satan” se traduce del arameo que significa “adversario” pero también “acusador” y “perseguidor” puesto que se le puede ver en diversas ocasiones exponiendo la naturaleza humana ante Yahve. Satan es un hijo de Dios (Bene Ha-Heloim) pero también un enviado (Mal’ak Jahwe), es verbo aún no hecho carne. En la mitología cristiana podría denominarse a Satan como el hijo primero de Dios, siendo Adan y Cristo la sublación de tal figura, pero como en el fenómeno de la trinidad estos no son sino momentos distintos de un mismo acto, del proceso del logos por hacerse presente ante sí. Jung dirá que “primero la sombra”.

Por todo esto, puede decirse que la guerra es la puerta que se abre en el proceso de proyectar aquello que se teme, es el adversario quien muestra de forma honesta aquello que se es y que no se quiere admitir; en la naturaleza política del ser humano la guerra es el dios que se cierne sobre el sujeto y lo obliga a afrontar la verdad de su tiempo presente: que el otro es el mismo, que no hay un lado correcto o incorrecto, que el mundo es presa de movimientos complejos que no se pueden encerrar en polaridades y sobre todo que el individuo no es dueño de su destino, pues nada hace tambalear tanto el endeble edificio de la importancia personal como la posibilidad de una bomba que arrase con la civilización. La guerra, hoy, es un negocio, pero aún conserva parte de su antigua forma, aún es la mano sombría de un dios que no nos necesita y al que se ama y se teme a la vez.

  1. ¿La lucha con o contra la sombra? una reflexión psicológica de un texto de C. G. Jung

Monedas y cambio psicológico

Traducciones

Russell A. Lockhart, EE. UU.

Publicado en Soul and Money, Spring Publications, EE. UU., 1982, pp. 7-30.

Traducido por Alejandro Chavarria

Cuando era niño, solía desaparecer en el armario de mi habitación. Tras cerrar la puerta, encendía una linterna cubierta de plástico azul y empezaba a desmontar lo que mi madre llamaba «un montón de trastos». Eran juguetes viejos, libros, papeles y ropa. Lo que mi madre no sabía -lo que nadie en todo el mundo sabía- era que ese montón de trastos era un elaborado camuflaje que servía para esconder un secreto. Mi secreto era una vieja caja de cerillas de la cocina llena de monedas de plata -nickels, dimes y cuartos-. Desenterraba estas monedas y en esa extraña luz azul empezaba a imaginar. Imaginaba grandes riquezas y abundancia. Conocí el significado de un asunto plutónico. Pero más que las riquezas, la contemplación de los objetos plateados excitaba mi imaginación en general. Las monedas tenían un fuerte efecto generador. Se dice que el dinero engendra dinero. Pero entonces supe que el dinero engendra mundos imaginarios. También sabía que engendrar tenía algo que ver con el sexo. Todavía no era consciente de la curiosa relación entre gastar sexualmente, gastar energía, gastar tiempo y gastar dinero. O aún con los problemas de ahorrar sexualmente, ahorrar tiempo; ahorrar energía, ahorrar dinero. Entonces, gastaba el tiempo con monedas que nunca gastaría. Estas aventuras imaginarias estimuladas por mis monedas eran mis experiencias más valoradas. De vez en cuando, me despertaba de mis ensoñaciones mi madre aporreando la puerta y queriendo saber qué estaba haciendo. El tacto me impide profundizar en este tema, sólo puedo decir que mis primeras experiencias con la sincronización se produjeron en esos momentos de correspondencia entre las sospechas de mi madre y toda la extensión de mis exploraciones imaginarias.

Una tarde llegué a casa del colegio y con mi habitual entusiasmo fui a por mi armario y mis monedas secretas. Me sorprendió lo que encontré. El suelo del armario estaba desnudo, limpio, barrido. Busqué frenéticamente mis monedas. No pude encontrarlas. Mis monedas secretas habían desaparecido. Fui a la basura pero los botes estaban vacíos. Mis monedas eran tan secretas que no me atrevía a preguntar por ellas. Nunca más volví a mi armario a pasar esas horas imaginando. Algo se rompió en mí con esta pérdida. Poco después, desarrollé un caso grave de sarampión que se convirtió en mastoiditis y fui hospitalizado. Ya entonces relacioné la pérdida de mis monedas secretas con mi enfermedad. El efecto de esta experiencia fue que quise ser médico. Me olvidé de mis monedas. Me olvidé de imaginar. Volví mi atención al mundo y dejé de lado las cosas infantiles. Desde ese momento hasta que estuve en la escuela de posgrado no tuve sueños. Mis monedas, mi imaginación, incluso mis sueños habían desaparecido.

Hace unos meses me vino este sueño:

Estaba sentado frente a mi máquina de escribir. De repente, la máquina de escribir dejó de funcionar. Abrí la tapa y encontré una caja de cerillas en el mecanismo. Abrí la caja de cerillas y estaba llena de monedas. La dejé a un lado, cerré la tapa y seguí escribiendo.

Poco después de este sueño, el Dr. James Hillman me llamó y me presentó una invitación para hablar en el Congreso Internacional de Psicología Analítica sobre el tema del dinero. No sé por qué lo hizo. Puedo asegurar que no tengo ningún conocimiento o sabiduría especial sobre el dinero. Hablar sobre el dinero me parece una enorme inflación. Pero acepté el reto en parte como una forma de honrar el regreso de las monedas de mi infancia.

Me entusiasmó el regreso de mis monedas. Me parecía tan correcto escribir sobre el dinero bajo los auspicios de una imagen que en la infancia me había conectado tanto con la imaginación y el alma y el cuerpo. Pero algo iba mal. Por mucho que lo intentara, no podía escribir. Pasaron meses. Mi máquina de escribir estaba parada. Por supuesto. El sueño había mostrado que las monedas detenían mi máquina de escribir. En mi excitación por las monedas no me había dado cuenta de ello. En el sueño, cuando dejaba las monedas a un lado, podía seguir escribiendo. ¿Pero cómo podía escribir sobre el dinero y dejar de lado las monedas? En el sueño podía hacerlo, pero en la realidad del mundo cotidiano no podía. La llamada de mis monedas era demasiado fuerte.

Lo que sigue, pues, no es un artículo académico sobre la psicología del dinero. Tampoco he intentado una aproximación junguiana al significado del dinero en la práctica analítica o en la vida cotidiana de una manera formal o teóricamente adecuada. Todas estas cosas son, por supuesto, cuestiones vitales para nosotros, dignas de ser perseguidas. Pero aquí, en estas pocas páginas, tengo que seguir el camino de mis monedas, dejando que sean psicopompos una vez más.

En la primavera me fui a Escocia. Había trabajado durante meses para conseguir dinero y no había llegado a nada. Un aprendiz pareció decir más en un comentario humorístico de lo que yo había dicho con todo mi esfuerzo. Dijo: «El dinero es como el sexo: nunca hay suficiente de ambos». Pero seguramente en Escocia encontraría algo sobre el dinero que me liberaría del atolladero en el que me encontraba. Decidí recopilar algunas historias de los antiguos portadores de la tradición en las Tierras Altas Occidentales. Recibí muchas historias, pero ninguna sobre el dinero, aunque escuché un proverbio que excitó algo en mi propia sangre escocesa. Como analista junguiano, suelo centrarme en la redondez de las monedas, en su cualidad mandálica inherente, en su relación con la energía y los valores, y en su imagen del Ser. Este proverbio escocés fue una sacudida para mi perezoso pensamiento. El dinero», dicen los escoceses, «es plano y está hecho para ser apilado». ¡Tan típicamente escocés para notar la característica olvidada y recordar la utilidad de las cosas!

En medio de una oscura tormenta encontré el camino hacia el castillo de Dunvegan, hogar ancestral del clan McCloud en la isla de Skye. Me enfrasqué en una larga charla con un guía del castillo que estaba lleno de historias y encantado de tener un oído dispuesto. Mientras estábamos bajo la famosa bandera de las hadas, le pedí una historia sobre el dinero. Se quedó pensando un rato, miró abatido y dijo que no conocía ninguna. Luego, con un brillo tan élfico como nunca había visto, dijo que tenia una que podría servir. Al parecer, un día la vaca de un granjero se acercó demasiado a uno de los altos acantilados y, al tropezar con unas pequeñas rocas, cayó por el borde. Abajo, en el lago, un pescador pescaba perezosamente en su barca a la deriva. La vaca aterrizó en la barca, destruyéndola por completo y consiguiendo matarse en el intento. Los dos hombres se enzarzaron en una terrible discusión sobre quién tenía la culpa. El dueño de la vaca alegó que si el pescador no hubiera estado tan descuidado a la deriva, la vaca habría caído inofensivamente al agua. El dueño de la barca afirmaba que si el pastor no hubiera sido tan descuidado al dejar a su vaca cerca de la orilla, ésta no habría caído. Al no poder resolver su disputa, llevaron el asunto al jefe. El jefe se vio envuelto en un enorme conflicto y no pudo decidir qué era lo justo. Así que llamó a su sabio -lo que ahora llamaríamos obviamente su analista- y le pidió consejo. Jefe», dijo el analista, «debes pagar a los dos hombres, porque fue la roca de tu terreno la que

no aguantaría y las olas de su lago que llevaron la barca a donde estaba».

Me llamó la atención inmediatamente lo extraordinariamente difícil que es en cuestiones de dinero, que parecen tan caracterizadas por el binomio ganancia y pérdida, tener y no tener, gastar y ahorrar, lo difícil que es encontrar la sabiduría de esa tercera posición.

En este viaje descubrí algo en mis antecedentes ancestrales que parecía curiosamente relacionado tanto con mis intereses en la curación como con mi renovado interés por las monedas. En 1329, un grupo de caballeros escoceses emprendió una cruzada a Tierra Santa. Su líder, Lord Douglas, llevaba al cuello una caja de plata que contenía el corazón de Robert the Bruce, que había trabajado para liberar a Escocia del dominio inglés, pero que había muerto antes de peregrinar a Tierra Santa. Junto a Douglas cabalgaba Sir Symon Locard, que había sido nombrado caballero por Bruce, y a quien se le había confiado la tarea de llevar y custodiar la llave de la caja del corazón. Finalmente, entraron en batalla contra los sarracenos en España. Douglas murió, pero la gallardía de Sir Symon Locard salvó la caja del corazón. Después, para recordar el acontecimiento, el nombre de Locard se cambió por el de »Lockheart», y se acortó finalmente a »Lockhart». Un corazón dentro de un grillete se convirtió en el escudo de armas de la familia con el lema »corda serata pando», que significa «abro los corazones cerrados».

Durante esta batalla, Symon capturó a un príncipe emir de gran riqueza y distinción. Al pagar un cuantioso rescate de oro y plata, a la madre del príncipe se le cayó una joya de su bolsa. Mi astuto antepasado exigió que se incluyera en el rescate. Por supuesto, la madre accedió antes que perder a su hijo y le dijo a Sir Symon que era una antigua piedra curativa, un remedio soberano y sagrado contra todo tipo de males. Durante el reinado de Eduardo IV, la joya, una piedra triangular de color rojo intenso, se montó en una moneda de plata, y desde entonces se conoce como el penique de Lee, en honor al hogar ancestral de los Lockart en la zona de Lee y Carnwath, en el sur de Escocia. En la actualidad, el Lee Penny está en manos de Simon Macdonald Lockhart, actual poseedor de las tierras de Lee, quien amablemente me acogió durante mi reciente visita y me dio la oportunidad de estar a solas con la joya.

Al sostener el penique Lee y admirar la caja de oro hecha para guardarlo, que fue regalada a la familia Lockhart por María Teresa, la emperatriz reina de Austria, me sentí extrañamente excitado y empecé a experimentar un torrente de imágenes intermitentes de cosas que nunca había experimentado antes. La piedra estaba viva. Este talismán, que sirvió de impulso a la novela de Sir Walter Scott, El Talismán, tiene una notable historia de curación y una intrigante manera de ejercer su poder. El ritual para evocar su poder talismán consiste en sumergirlo en el agua con «dos inmersiones y un remolino». Durante este rito no se deben pronunciar palabras. Hablar hace que la piedra quede sin efecto. Este aspecto del rito tuvo un efecto muy curioso en mí, en alguien cuyo trabajo está tan relacionado con la palabra. El agua así tratada puede utilizarse para curar heridas, enfermedades del ganado y todo tipo de cosas, y hay muchos casos registrados de tales efectos. Puedo dar fe del poder inherente a este talismán, pero también recuerdo las palabras de mi anfitrión en su libro sobre la historia de la familia Lockhart: «El orgullo de poseer un amuleto robado a una madre desesperada no es la más gloriosa de las cualidades».1

Pero la naturaleza talismán del Lee Penny me ha perseguido desde que lo tuve en mis manos. Mis intentos de escribir sobre el dinero se atascaban, y mi intensa preocupación por el talismán como amuleto curativo seguía interfiriendo. La imagen de activar su poder sin decir nada seguía dando vueltas en mi psique y casi me dejó mudo. Entonces, por casualidad, me llamó la atención el capítulo 99 de Moby Dick, de Herman Melville.

II

En el palo mayor del Pequod había una moneda de oro, un gran doblón ecuatoriano, el premio por levantar la gran ballena blanca. Era, como cuenta Melville, el talismán de Moby Dick. La imagen me cautivó. También me cautivó una curiosa imagen, la moneda de oro y el penique Lee grabándose juntos. Sabía que la moneda de oro era una imagen del Sí-mismo, al igual que Moby Dick. Pero la asimilación de las imágenes a un concepto del Sí-mismo no era muy atractiva. Encuentro poca vida en esto. Pero a menudo encuentro vida en la conexión entre las imágenes, en la forma en que están vinculadas, en lo que yo llamo el «vínculo del eros» entre las imágenes. En la historia de Melville, las imágenes de la moneda y la ballena están vinculadas a través de la imagen del talismán. Fue este vínculo el que empezó a bailar en mi mente junto con el talismán del clan Lockhart.

Encontré en el magistral comentario del Dr. Edinger sobre Moby Dick una observación emocionante y confirmadora. Dijo de este vínculo que era «una conexión orgánica entre el significado simbólico de la moneda y el de la ballena».2 Para mí, el uso que hizo Edinger de la palabra «orgánico» fue crucial, porque señalaba la calidad viva del vínculo entre la moneda y la ballena. La idea de que la moneda y la ballena eran símbolos del Sí-mismo me resultaba árida porque ya la conocía. Pero la imagen de la moneda como talismán del Sí-mismo era algo que no conocía, y la sentía llena de vida y presagio.

Melville debía conocer la capacidad viva y orgánica del Sí-mismo para envolver los objetos de nuestra experiencia y sus relaciones en la psique. Al escribir sobre la moneda, le dio a esta envoltura un matiz peculiar e intrigante cuando dijo: En la imaginación de Melville, el mundo mismo está revestido de valor, de un significado que «se esconde» en todas las cosas. Fue esta imagen de acecho la que captó para mí la cualidad orgánica viva. Decir que el significado «está al acecho» en todas las cosas conduce de inmediato a esa interioridad metafórica en la que uno puede oír que el significado «está al acecho», que el significado está «listo para emboscarse», que el significado se mueve «furtivamente», «a hurtadillas», «secretamente», que el significado vive y respira sin ser observado, insospechado, oculto, escondido a la vista. En ese submundo imaginal, el propio sentido se personifica, se convierte en un ser vivo, que vive en la oscuridad, en las sombras, oscurecido, observando, esperando, buscando el momento adecuado para hacer su voluntad. Es cierto que podemos encontrar el sentido. También es cierto que el sentido nos encuentra a nosotros.

Me di cuenta, por supuesto, de que la moneda de oro, además de ser un símbolo del Sí-mismo y un talismán de Moby Dick era, de hecho, dinero. Quizá ninguna otra cosa (para que no sea la sexualidad) me parecía tan dura, tan real, tan concreta, tan literal, y sin embargo tan rápidamente simbolizada, interpretada o traducida en otra cosa. Mientras reflexionaba sobre esto, me di cuenta de que un aspecto de esto reside en la naturaleza del propio dinero: el dinero es la forma de transformación más poderosa, práctica y experimentada. De la forma más descarnada y real, uno puede convertir el dinero en cualquier cosa del mundo. Ninguna otra cosa alcanza esta gama de posibilidades de transformación en la actualidad o en la fantasía. En este sentido directo, el dinero lo simboliza todo. Byron dio en el clavo cuando observó que «cada guinea es una piedra filosofal».4 La vida y el alma del dinero deben residir en esta potencialidad transformadora. Esta es también la razón más profunda por la que la psique se siente atraída por la fascinación por el dinero. Al igual que en la búsqueda del oro alquímico, o en la búsqueda del amor verdadero, uno experimenta algo de la posibilidad de transformación en sí mismo cuando está en las garras del poder transformador del dinero. Supongo que por eso, cuando uno se encuentra en las profundidades de una depresión de plomo, gastar dinero levanta el espíritu.

La reflexión sobre la moneda de oro como dinero y Moby Dick como personificación del Sí-mismo produjo una afirmación muy curiosa que no me dejaba tranquilo: el dinero es un talismán del Sí-mismo. ¿Qué puede significar esto? Un talismán es un objeto dotado de un poder «sobrenatural» al que se puede recurrir de forma efectiva y activa para que ejerza sus efectos con el fin de alcanzar determinados fines. Se distingue del «amuleto» en que el amuleto aleja pasivamente el mal por desviación. Es evidente que un talismán tiene un poder transformador activo. El poder talismán del dinero reside en su naturaleza transformadora. Dado que el poder talismán puede invertirse en cualquier objeto, se deduce que cualquier objeto puede convertirse en dinero.

Si el dinero es un talismán del Sí-mismo, entonces el Sí-mismo debe usar el dinero para lograr sus objetivos. Esta extraña afirmación contrasta con el énfasis más habitual en el uso y la relación del Sí-mismo con el dinero. Sin embargo, hay un poder talismán que se esconde en el dinero, y ese poder es invertido allí por el Sí-mismo. Cuando nos enfrentamos al poder del dinero en nuestras vidas, nos enfrentamos al poder del «otro» en nosotros, un poder que hace su voluntad en el dinero y a través de él. Es el Sí-mismo. Fue este poder el que experimenté hace tiempo con mis monedas en el armario. El Sí-mismo utilizó las monedas para transformar mi mundo cotidiano en un mundo psíquico.

Llegados a este punto, podría haber profundizado en la historia y el significado de los talismanes y haber ampliado todo tipo de imágenes interesantes y poderosas sobre los talismanes y su uso, y sobre cómo todo esto puede verse en nuestro comportamiento y relaciones con el dinero. Quizás en otra ocasión. En lugar de eso, me sentí atrapado una vez más por lo que Paul Valery había notado: 

Seguramente habrán observado el curioso hecho de que una determinada palabra que resulta perfectamente clara cuando se la oye o se la utiliza en el lenguaje cotidiano, y que no plantea ninguna dificultad cuando se la emplea en el movimiento rápido de una frase ordinaria, se vuelve mágicamente embarazosa, introduce una extraña resistencia, frustra cualquier esfuerzo de definición tan pronto como se la saca de circulación para examinarla por separado y buscar su significado después de quitarle su función instantánea …. nos entendemos a nosotros mismos gracias únicamente a la velocidad de nuestros pases de palabras …. 5

Y, una vez más, me sentí atrapado por mi propia fascinación por las palabras.

Si yo mismo no hubiera escrito: 

El significado y la definición actuales son con demasiada frecuencia sólo la cáscara de una palabra. Utilizamos las palabras pero no conocemos su alma, ni siquiera nos importa. Todos abusamos de las palabras. Todo lo que nos ayude a liberarnos de la prisión del significado actual, de la literalidad y la rapidez del presente, nos ayudará a liberar a Psique de su caparazón carcelario. Las palabras cobran vida, inducen imágenes, excitan la imaginación, empiezan a tejer texturas entre sí y a contar historias completas si sólo rascamos la superficie de la palabra.6 

Así que, si tuviera que seguir esta idea del «dinero como talismán del Sí-mismo», tendría que seguir las palabras. Las palabras, como las monedas, son reinos donde se esconde el significado.

He abordado esta afirmación sacando de la circulación cada una de las imágenes de las palabras centrales: dinero, talismán, Sí-mismo. Una de las formas de hacerlo es entrando en una especie de »ensoñación etimológica» en un intento de descubrir y liberar los antiguos significados de las palabras que siguen vivos pero olvidados. El inconsciente recuerda estos antiguos significados, recuerda toda la historia de una palabra. Pero la mente consciente necesita que se lo recuerden.

Empecé con «talismán». Es un sustantivo francés y español, masculino como corresponde a su carácter de poder activo. Se importó del árabe tilsaman, plural de tilsam. Éste, a su vez, era un préstamo del griego telesma. Telesma se refería a «una ceremonia de consagración» y era un nombre para los «misterios». Derivaba de una palabra griega anterior, telein, que significaba «cumplir», «iniciar en los misterios» y «pagar». Las variaciones de estas palabras se referían al dinero pagado para cumplir con las obligaciones y deudas, al dinero pagado para entrar en el sacerdocio y al dinero pagado como parte de los ritos de los misterios. De la historia de la palabra »talismán» se desprende que la iniciación en los misterios, la realización y el cumplimiento, y el pago en dinero van juntos.

Las preguntas comenzaron a agitarse. ¿Cómo utiliza el Sí-mismo el dinero para sacralizar algo? ¿Cómo puede el dinero consagrar el trabajo que hacemos en el análisis? ¿Es el dinero pagado por un paciente el pago por la iniciación en los misterios del Ser? Recordé la advertencia de Tertuliano de que «nada de lo que es de Dios se puede obtener con dinero», y el eco de Thoreau: «el dinero no es necesario para comprar una necesidad del alma». Pero, ¿no somos nosotros trabajadores del alma? ¿No ocupamos las necesidades del alma en nuestro trabajo? Si es así, el dinero es necesario para comprar la conexión con el alma, la conexión con la psique y la conexión con el Sí-mismo a través de nosotros. Las raíces del talismán me dicen que los misterios sagrados y el dinero van juntos.

La palabra telein viene del griego telos. Ésta significaba «cumplimiento» y «plenitud» en el sentido de alcanzar un fin, un propósito, una meta final. Si nos remontamos a la prehistoria de la lengua, la raíz indoeuropea reconstruida de telos es qwel. Esta raíz contiene la imagen básica de ce “girando”, «moviéndose alrededor de un punto fijo», «habitando dentro». La misma raíz dio lugar al latín colere que significa «‘cultivar'» y que se convirtió en nuestra palabra inglesa »culture»; el inglés antiguo hweol que se convirtió en el inglés »wheel»; y el griego kiklos que significa »rueda».

Experimentar la naturaleza talismán de algo es experimentar que se gira, que se revuelve, que se atrae para habitar dentro, que se rodea. Es una experiencia temprana que dio lugar a las palabras de círculos, ciclos, ruedas. Un talismán no funciona de forma lineal, sino girando, moviéndose, circulando. Este giro, como telos, tiene que ver con el destino de uno, su propósito, su fin. Los puntos de giro son momentos talismán en los que nos dirigimos hacia nuestro destino. El dinero como talismán del Ser nos dice ahora que el Ser trabaja a través del dinero hacia nuestro telos, nuestro propósito, nuestro fin. Nuestra relación con el dinero debe llevar la evidencia de nuestro telos. El dinero funciona como talismán cuando nos hace girar, nos obliga, nos mueve a la confrontación con nuestro telos. Se dice que nuestro telos, nuestro fin último, nuestro propósito, determina nuestra valía. Cuando nos preguntan: «¿Cuánto vales?», ¿no vienen las imágenes del dinero atadas a todas las demás consideraciones? En este sentido, no es sorprendente que la palabra «valor» provenga de una raíz indoeuropea que significa «girar» y «doblar» y que da lugar a palabras como el inglés antiguo wyrd, que significa «suerte» y «destino» y que se convirtió en nuestra palabra inglesa «weird», Aquí también está el inglés antiguo writhan, que significa «retorcer» y «torturar», convirtiéndose en nuestra palabra «writhe». Anidado aquí está el inglés antiguo wyrgan que significa «estrangular», que se convirtió en el inglés »worry». Aquí está incrustada la palabra griega rhombus que significa »rueda mágica» y el inglés antiguo wyrm que significa »gusano», así como el latín vermis que significa »alimaña».

Así, la valía de alguien está profundamente ligada a las imágenes del destino, a los giros de la suerte y a las ruedas de la fortuna. Lo mismo ocurre con el dinero. Nuestra relación con el dinero es nuestra relación con el destino. Nuestra relación con el dinero es nuestra relación con el propósito, el fin, la meta, el telos. El dinero como talismán enfatiza esto, y el dinero como talismán del Sí-mismo enfatiza las formas y los medios a través de los giros y la circulación del dinero que el Sí-mismo nos lleva, nos hace girar, hacia nuestro telos. El ego, me parece, siempre tiene un propósito recto, la meta a la vista, el fin siempre a la vista. Los ojos del ego siempre están en la tangente hacia adelante. Pero el Sí-mismo trabaja para apartarnos de esa rectitud, y utiliza el dinero para hacerlo. Nos hace girar alrededor de un eje más profundo, y no podemos ver con los ojos abiertos a dónde nos lleva este giro. Se requiere un tipo de «visión» más profundo: la visión de los misterios. El significado básico de la palabra «misterio» es «ver con los ojos cerrados».

¿Hay algún eco en la propia palabra »dinero»? La palabra inglesa moderna »money» procede del inglés medio monoie, que viene del sustantivo femenino francés antiguo monie. Éste, a su vez, es un desarrollo de la palabra latina moneta, también un sustantivo femenino. Aunque este no es el lugar para seguir hablando del significado del género de las palabras, es sorprendente que la palabra dinero, tan a menudo considerada provincia, sea en sí misma femenina. Hay algo aún más profundamente femenino en la palabra. Es el nombre latino de la madre de las Musas, que en griego se llamaba Mnemosyne. Era la diosa de la memoria. Así, de la matriz o vientre de la memoria surgen esas engendradoras creativas que llamamos las Musas y que entran en el nombre de la acuñación, de la moneda y del dinero. El dinero esconde en su nombre a las musas creadoras y su fuente en la memoria.

Hay más. A continuación descubrimos que Moneta era un epíteto, un nombre, para Juno, la Reina Madre del Cielo. Fue, de hecho, en el templo de Juno donde se acuñó el dinero. Esto se produjo de la siguiente manera. Un ejército romano estaba perdiendo una batalla y estaba casi sin dinero. Esto provocó disensión, desmoralización y pérdida de ánimo. En un intento desesperado por encontrar una respuesta a su situación, consultaron a Juno. Ella les aconsejó que si su causa era justa y luchaban por ella, el dinero llegaría. Los soldados se reunieron en torno a esta imagen y siguieron luchando. Pronto llegó el dinero de Roma y la batalla fue ganada. En homenaje a los sabios consejos de Juno, se instaló la ceca en su templo, que albergaba también el tesoro romano. Todo esto sitúa los asuntos monetarios, podríamos decir también el asunto del dinero (es decir, el oro y la plata y otros metales), en el ámbito de la madre. Esto me recuerda lo que Jung había dicho que eran las tres «M» del análisis: madre, materia y dinero. Lo vemos aquí en esta dramática imagen de la materia que se convierte en dinero en el templo de la madre.

La palabra moneta procede de una palabra más antigua, moneo, que significa “recordar”, “poner en mente”, “recordar”, “amonestar”, “aconsejar”, “advertir”, “instruir”, “enseñar”. Se puede ver en esta palabra moneo a Mnemosyne trabajando como diosa de la memoria y el recuerdo. En su papel de Juno Moneta, Juno era una gran consejera y vidente. Podía ver el futuro. Se construyó un templo en su honor porque advirtió a la población de un inminente terremoto. Así que en la palabra «dinero» hay imágenes de recuerdo, consejo, advertencia y el sentido de enseñar e instruir a través del recuerdo del pasado. El olvido de pagar la factura, o el olvido de discutir la cuota, puede verse ahora como parte de la fenomenología del dinero en su carácter de memoria. Juno debe recibir su merecido si algo no se recuerda, y todos conocemos el tipo de retribución que Juno se llevó. Olvidar el dinero, no aprender del dinero, no hacer caso a las advertencias del dinero, son olvidos de Juno.

La raíz de moneo era men, que dio lugar a las palabras latinas memini, mens y mentio. Memini significa «recordar», «rememorar», «pensar en», «tener presente» y «mencionar una cosa». Una vez más se nos recuerdan las imágenes de recordar, de llenar la mente con una cosa. Si el dinero sale de este nido verbal, debemos atender a este extraordinario énfasis en el recuerdo y en la memoria. A este respecto, quizá sea revelador que se recuerde tan poco, que se mencione tan poco sobre el dinero en la literatura de nuestro campo y, muy probablemente, en los despachos de nuestra práctica.

Mens es un sustantivo femenino procedente de esta raíz y significa »mente», »corazón» y »alma». Sólo más tarde se restringió para referirse a la conciencia y más tarde aún se limitó a las facultades intelectuales de la razón y la racionalidad. En su forma personificada, Mens era la diosa romana del pensamiento. Imagínese, ¡una diosa del pensamiento! Pero aquí también viven otras diosas. Esta raíz mens da lugar al nombre de Minerva, la diosa romana de la sabiduría, de la reflexión, de las artes, las ciencias y la poesía, y del tejido.

Otras palabras que se desarrollan a partir de esta raíz básica, como monitor, mentor, monitum y monitus, transmiten imágenes de recordatorio, advertencia y amonestación, además de referirse a estos efectos mediante oráculos, presagios y profecías. Ciertamente, las imágenes de profecías, presagios y advertencias están muy vivas en relación con el dinero. Los mercados de valores del mundo se aceleran con profecías, presagios y predicciones. Los asesores monetarios están llenos de advertencias, amonestaciones y consejos. Juno Moneta está trabajando aquí.

Estas imágenes ya existían en épocas griegas anteriores. La palabra griega general para dinero, chrimatos, se refiere también a una respuesta oracular y a una advertencia divina. Así, en todas estas consideraciones y reflexiones sobre las imágenes que están en la raíz de la palabra «dinero», llegamos a alguna conexión básica entre el dinero, la memoria y las prácticas mánticas. Hemos llegado a esta conexión a través de un estudio sólo de la historia y los orígenes de la palabra »dinero» y sin beneficio de la teoría psicológica o la praxis. Considero que esto significa que si queremos tener una comprensión completa de nuestra relación con el dinero en nuestra práctica psicológica, así como en nuestra comprensión de los fenómenos monetarios a mayor escala, tendremos que aportar a tales reflexiones la intrincada red de conexiones entre el dinero, la memoria y las prácticas mánticas que reside en las profundidades olvidadas pero aún vivas de la palabra »dinero».

¿Qué hay en el fondo de la palabra »Sí-mismo»? Sus raíces llegan hasta seu-, un elemento maravillosamente rico que entra en palabras como »hermano», »chisme», »secreto», »seducir», »suicidio», »costumbre» y »hetaera». No hay tiempo para retomar todas estas imágenes en relación con nuestro tema del dinero como talismán del Ser. Pero el hecho de que »secreto» y »Sí-mismo» impliquen la misma raíz nos recuerda lo reservados que somos con el dinero. Es más fácil saber qué analistas se acuestan con los pacientes que averiguar los honorarios de esta conjunción analítica. Me parece que podemos hablar abiertamente de los asuntos sexuales -nuestros o de otros-, pero los asuntos de dinero siguen envueltos en el secreto. Me pregunto si el Sí-mismo trabaja menos ahora en los asuntos sexuales que en los asuntos de dinero. ¿Por qué somos tan reservados con el dinero? ¿Por qué nos cuesta tanto hablar y contar nuestra relación con el dinero incluso entre nosotros?

Si es cierto que el dinero es un talismán del Sí-mismo, debe ser que hablar de dinero comienza a revelar nuestra relación con el Sí-mismo de alguna manera que es extraordinariamente real, quizás más real que algunas de las otras maneras en que nos revelamos más fácilmente -y quizás más reveladoras. Entonces debemos considerar cómo la palabra «ética» se mezcla con el Sí-mismo y el secreto. ¿Cómo debemos considerar los problemas del dinero en términos de la ética del Sí-mismo? Recuerdo la afirmación de Jung de que la comprensión de la naturaleza de las propias imágenes debe convertirse en una obligación ética, y que «la falta de comprensión de las mismas, o la evasión de la responsabilidad ética, priva al hombre de su integridad y le impone una dolorosa fragmentación en su vida».7 Las imágenes del dinero y nuestro trato con el dinero, tanto en nuestra práctica como en nuestra vida cotidiana, no pueden escapar a esta obligación ética. Como se desprende de la palabra-trabajo, el Sí-mismo, la ética y el secreto están entrelazados. Ahora veo que el propósito más profundo del secreto no es encubrir lo que el ego quiere ocultar, sino llevar al ego a la conexión con el Sí-mismo, donde, en secreto, llega a conocer sus obligaciones éticas.

La inconsciencia del ego se cura frecuentemente a través de la revelación y el relato de secretos. Pero la conexión secreta con el Sí-mismo se revela no a través de la narración, sino a través de la promulgación de las obligaciones éticas aprendidas y recordadas en la consorte secreta con el Sí-mismo. Y en la medida en que estas reflexiones tienen que ver con nuestra relación con el dinero, lo que hacemos con el dinero, más que lo que decimos sobre el dinero, revela la plena realidad de nuestra relación ética con el Sí-mismo.

Esta relación ética con el Sí-mismo es lo que nos une como comunidad. Es lo que nos prometemos a nosotros mismos, a los demás y a los que buscan nuestra ayuda. Lo que hacemos con los frutos de nuestro trabajo del alma -ese dinero duro y frío- tiene mucho que decirnos sobre nuestra relación con el Sí-mismoh, nuestra relación con el telos, nuestra relación con las «necesidades del alma». Este dinero llega a nosotros marcado, marcado con las luchas del alma del «otro», No viene limpio, sino ensangrentado en las enormes batallas del alma de otro. «El dinero es otra clase de sangre», y cuando circula por nuestras manos viene quizás con más de lo que nos interesa saber.

Ill

«Su caja de seguridad está vacía». Esta voz onírica afectó tanto a mi paciente que se apresuró a ir al banco y comprobar sus diferentes cajas de seguridad. No faltaba nada. Se sintió enormemente aliviado, pero estaba profundamente preocupado por el sueño. Habló de haber perdido algunos objetos de valor internos. Le recordé que nunca había experimentado el sentido de los valores interiores, que todo su sentimiento y su vida estaban ligados a ganar dinero y a ejercer su poder. No es que se haya perdido nada; simplemente nunca ha estado ahí, y por tanto la caja está vacía. A veces, cuando una palabra me llama poderosamente la atención, trabajo en el momento con ella. Cogí el diccionario y simplemente dije las imágenes que aparecían bajo la palabra «vacío»:

Vacío de contenido

No contiene nada

Sin ocupantes, sin habitantes

Sin carga, sin cargamento

Falta de propósito, falta de sustancia 

Ocioso

Necesidad de alimentarse

Hambre

Desprovisto y desamparado

Vacío. 

El hecho de que dijera el significado de las palabras de esta manera, lentamente y con sentimiento, hizo que los ojos del soñador se llenaran de lágrimas. Las palabras le habían atravesado y le habían hecho sentir en forma de lágrimas. Cuando le dije que la palabra »vacío» viene de una palabra del inglés antiguo que significa »descanso» y »ocio», comprendió inmediatamente el vacío de su vida ociosa.

La raíz indoeuropea de vacío es med-, una raíz que significa «tomar las medidas adecuadas». Ya era hora, dije, de tomar las medidas adecuadas. Una palabra latina que surge de esta raíz es mederi, que significa «cuidar, sanar, curar», que es el origen de las palabras »medicina» y »remedio». Me pareció un poco peculiar que una palabra como »vacío» perteneciera al mismo nido verbal que una palabra que significa »sanar» y »curar». Dije que la medicina, el remedio, debía estar en el vacío, justo ahí, en esa caja de seguridad vacía.

Otra palabra de esta raíz es el latín meditari que significa «pensar en», «considerar profundamente», «reflexionar». Es el origen de nuestra palabra »meditar». La palabra pide al soñador que medite y reflexione sobre el vacío. Otra palabra de este nido es el latín modus significa «medida», «límite», «manera», «armonía», «melodía». Su trabajo analítico debe ser una toma de medida de sí mismo, encontrar sus límites, encontrar su manera, encontrar la armonía y la melodía en su vida. Todo estaba ahí, en el vacío. Las palabras inglesas «mode», «model», «modern», «modify», «mold», «commode», «commodious» y «commodity» provienen de este progenitor latino.

Meditó sobre la caja de seguridad vacía. No ocurrió gran cosa porque no estaba acostumbrado a ese esfuerzo introspectivo. Esa noche tuvo un sueño en el que se le acercaba una jovencita mientras subía a su limusina. La niña le dijo: «Lo encontraré por un centavo». El soñador se metió la mano en el bolsillo y, sacando un rollo de billetes, le entregó al chico un billete de cincuenta dólares. «No», dijo el niño, «por un centavo». Pero ni el soñador ni su chófer tenían un céntimo y el chico salió corriendo. El soñador se despertó asustado.

Aquí está el típico motivo de cuento de hadas de que la cosa sin valor tiene «el mayor valor». Pero me centré en el tema más sutil de que era la moneda lo que se necesitaba para poner en marcha la búsqueda de »eso». El soñador entendía que »eso» era su conexión con el alma, sin la cual su fortuna carecía de sentido. Era el camino, el remedio, la medicina para el vacío.

Hace tiempo que considero necesario, cuando se trata de sueños en los que aparecen imágenes de dinero, centrarse primero en la realidad de la relación del soñador con el dinero. ¿Qué pasa con los centavos? El soñador reveló que tenía la costumbre de rechazar los centavos en cualquier transacción. Sencillamente, no aceptaba centavos como cambio. Al investigar por qué rechazaba los centavos, descubrimos que no era porque tuvieran poco valor (como el motivo del cuento nos habría hecho creer), sino porque eran de cobre. Sólo aceptaba las monedas plateadas como cambio. Lo entendí, al menos empáticamente, porque mi propia caja de monedas de la infancia nunca admitía monedas de céntimo. Tenían que ser de plata. El hombre, al odiar el cobre, estaba odiando el propio metal necesario para encontrar su camino hacia el alma.

No podía recordar qué le había puesto tan en contra del cobre, tan en contra de los centavos. También dijo que sentía que si aceptaba monedas de un centavo, algo terrible sucedería. Se protegía de esos temores continuando escrupulosamente sin tocar los centavos. Aquí está la red de interconexiones entre el dinero, la memoria y las prácticas mánticas de las que hablé antes. Uno puede ver claramente cómo el destino de este hombre está intrincadamente ligado a estas monedas, cómo el centavo es requerido como una cuota para encontrar la conexión con el alma, y cómo su relación con el cobre produce el vacío de lo incompleto; cómo este «giro de los acontecimientos» lo convirtió, y cómo el irónico «giro» de un hombre rico que no tiene un centavo lo confrontó con su destino, enviándolo a una preocupación retorcida.

Como siempre, me intrigó la palabra «cobre». Se trata, por supuesto, del latín cuprum de una palabra griega anterior que era el nombre de la isla de Chipre. De allí procedía el mejor cobre de la antigüedad. Se cree que el nombre de Chipre deriva de una palabra hebrea, gopher, el nombre del árbol cuya madera se utilizó para hacer el arca. Fue esta imagen la que liberó el recuerdo reprimido del sacerdote golpeando sus manos al intentar robar del plato de ofrendas los pocos centavos que habían quedado allí. También al sacerdote le gustaba más la plata.

Un paciente, acostumbrado a pagarme con un cheque al principio de cada hora, estaba escribiendo uno, una actividad que suele realizar en silencio. Me dijo: «Bueno, ¿qué te ha pasado esta semana?». De repente me vi incapaz de recordar nada de mi semana. Me esforzaba por recordar algo cuando dijo: «No, espera a que te dé esto. Puede que a los dioses no les guste que empecemos antes de que pague». Evidentemente, para este paciente, el pago no sólo tenía que ver conmigo, sino con los dioses. Y aunque lo dijo en tono de broma, escuché también su serio propósito. El pago era una ofrenda mántica para propiciar a los dioses y asegurarse su buen consejo. Me entregó el cheque, que, aunque estaba a mi nombre, era para los dioses. ¿Qué se puede hacer con una ofrenda así? Algo que se acepta como parte de un ritual sagrado debe utilizarse para fines sagrados. ¿No es ésta una de las formas en que el dinero consagraría la obra? Empecé a pensar en el uso que podría darle a ese dinero. Me pregunté si gastar este dinero en algo que no fuera un propósito sagrado afectaría de alguna manera al proceso que nos comprometía. Al final de la hora me olvidé de mis cavilaciones, junté su cheque con los demás y los envié todos al banco.

A menudo trabajamos con diligencia para mantener a nuestros pacientes separados, llegando a menudo a elaborados extremos para que ningún paciente vea a otro, para que no quede ningún rastro de un paciente anterior en la oficina. Pero no dudamos en mezclar el dinero de nuestros pacientes. La conexión entre el origen del dinero y el destino del mismo se rompe poniendo el dinero en un fondo común e indiferenciado. Esto también nos impide atender a la conexión entre lo que nuestro paciente nos ha dado y lo que hacemos con él.

¿Importaba realmente cómo gastaba ese dinero? Me di cuenta enseguida de que esta pizca de conciencia -o era un romanticismo loco- haría muy difícil depositar ciegamente todos esos cheques cada mes en un fondo de dinero indiferenciado. Me di cuenta de que me iba a atormentar esta imagen de que el dinero transportaba algo del alma de mis pacientes y de que la forma en que utilizaba el dinero podía afectar no sólo a mi propia alma, sino también a la de ellos. Algo me gritaba: «No importa, no importa». Pero ahora no podía creerlo. Debe importar de alguna manera. «Tonterías», gritaban las voces.

Bueno, tal vez. Pero supongamos que nuestros pacientes no nos pagaran con cheques, ni siquiera con dinero en efectivo, sino con bienes y servicios como en otros tiempos. Entonces los huevos que comieras serían los que trajera esa mujer histérica, la tela que te hiciera los pantalones la traería ese depresivo que no puede meterse en la vida; tu techo lo arreglaría ese alcohólico que pega a su mujer, y tu jardín lo plantaría esa mujer con esa terrible transferencia erótica. Ahora bien, todo esto nos lleva a las cuestiones más fantásticas. Desde este punto de vista, disolver el dinero de nuestros pacientes en algún fondo común -que rompe la conexión entre el dinero y lo que hacemos con él- nos permite permanecer inconscientes de estas cosas.

Recientemente, un psicoterapeuta me consultó sobre un problema que no podía resolver. Estaba casado y tenía una vida familiar estable, pero por diversas razones se había involucrado con otra mujer. Su problema no era particularmente un conflicto sobre esta relación extramatrimonial – no estaba experimentando ninguna dificultad sobre esto. Su problema era de dinero. La otra mujer era cara, y él había caído en la tentación de mantenerla, pagando su alquiler, comprando ropa, etc. Se había imaginado que quizás valía más de lo que era. Y, durante un tiempo, no hubo dificultades. Pero ahora los costes cada vez más elevados de este asunto se estaban volviendo onerosos, y él no podía encontrar ninguna manera de reducirlos. Se vio desprovisto de recursos, lo que normalmente significaba que gastaba aún más en ella como forma de aliviar la depresión. La angustia de estos gastos crecientes le llevó al análisis.

Después de escuchar atentamente este relato durante un rato, le pregunté quién pagaba este asunto. Era él, por supuesto. ¿Y de dónde procedía el dinero? Bueno, casi todos sus ingresos procedían de su consulta privada. Luego discutimos las cantidades reales que se estaban pagando para mantener a la otra mujer. Oscilaban entre los 1.000 y los 1.500 dólares al mes y en aumento. Le pedí que imaginara el origen exacto de ese dinero. No lo entendió. Lo pagaba con dinero en efectivo, ahorros y su cuenta corriente. Sí, le dije, pero este dinero tiene una fuente exacta. El paciente A te paga 400 dólares al mes, el paciente B 200 dólares al mes y así sucesivamente. Estas son las sumas concretas que provienen de personas individuales de su consulta. ¿Podría especificar cuáles de sus pacientes están pagando este asunto?

Se enfadó bastante, me acusó de moralista y de intentar inducir la culpa. No discutí. Cuando se calmó, me limité a repetir la pregunta.

No sabía por qué había formulado la pregunta de esta manera. Sí sé que el arte del análisis consiste a menudo en encontrar la pregunta adecuada. No sé si ésta era la pregunta correcta. Pero mientras hablaba con él, mi propia mente se precipitaba hacia mis propios asuntos financieros y me planteaba la pregunta. Apenas había empezado a considerar una posible relación entre lo que me paga un paciente y lo que hago con él después. Había sido suficientemente instruido en cómo tratar y relacionarme con todo tipo de actitudes, sentimientos y comportamientos de los pacientes respecto al dinero. Pero nadie me había mencionado que lo que yo hacía con ese dinero podía tener alguna importancia genuina en el trabajo.

Imaginemos que el dinero que recibimos de un paciente lleva algo del alma, la psique, el valor o la energía de ese paciente. Este dinero personifica al paciente y, como he descrito antes, lleva algo del telos del paciente, su destino. El dinero es una sustancia, un metal, una moneda, un talismán transformador que pasa a nuestras manos como pago por nuestro tiempo, nuestra energía, nuestro amor, nuestro valor. ¿Se nos exige a los analistas que examinemos cómo tratamos este dinero? ¿El destino de este dinero tiene un impacto en el proceso analítico? Tienes que pagar una hipoteca el mes que viene. O tal vez alguna diversión secreta requiere dinero. ¿Podría elegir conscientemente qué dinero de sus pacientes va a utilizar de esta manera? Está claro que es más fácil romper toda conexión entre los pacientes individuales y el pago de nuestros propios gastos. Eso lo hacemos mezclando el dinero de todos nuestros pacientes. Pero, ¿podríamos tomar tales decisiones? ¿Sobre qué base se tomarían esas decisiones? ¿O sería mejor mantener inconsciente toda esta posibilidad y no mezclar el destino del dinero de nuestros pacientes de forma tan intrincada e individual en nuestra vida personal? Pero esto es sólo una máscara. No podemos evitar mezclar a nuestros pacientes en nuestra vida personal, porque la base financiera de nuestra vida personal -al menos para la mayoría de nosotros- la construyen nuestros pacientes. Aunque esta cuestión plantea enormes dificultades, no hay tiempo para tratarlas adecuadamente. Debo conformarme con plantear la cuestión. Y, además, como toda buena hora de análisis, el tiempo se acaba justo en el momento crítico, dejándonos no con respuestas sino, espero, con preguntas preñadas.

1. Simon Macdonald Lockhart, Seven Centuries: The History of the Lockhart ofLee and Carnwath (publicación privada de S.F. Macdonald Lockhart, Estate Office, Carnwath, Lanark, Escocia, 1977), p. 8.

2. Edward F. Edinger, Melville’s Moby Dick: A Jungian Commentary (Nueva York: New Directions, 1978), p. 107.

3. Herman Melville, Moby Dick; or The Whale (Chicago: Encyclopedia Britannica, 1971), p. 317.

4. Citado por H. L. Mencken, A New Dictionary of Quotations (Nueva York: Alfred A. Knopf, 1977), p. 804.

5. Citado en Gaston Bachelard, The Poetics of Reverie (Boston: Beacon Press, 1971), p. 48.

6. Russell A. Lockhart, «Words as Eggs», Dragonflies I/i (1978), p. 30.

7. C. G. Jung, Memories, Dreams, Reflections (Nueva York: Vintage Books, 1963), p. 193.

El amor al dios vivo

Cotidianidad

«El arco de la ira de Dios está tenso, y la flecha preparada en su cuerda. Y la justicia apunta la flecha hacia tu corazón y tira de la cuerda; y eso no es más que un puro placer de Dios, de un dios enfurecido, sin ninguna promesa u obligación, y hace esperar a la flecha un momento antes de que se embriague de tu sangre…»

Así comenzaba Jonathan Edwards, en el siglo XVIII, su sermón en Nueva Inglaterra. Es sencillo amar e invocar la bondad de Dios, del Dios bueno, del pequeño dios despojado de su sombra, separado de su faz diabólica. Pero el verdadero creyente es quien sabe que el Dios vivo es cruel y terrible, que no le importamos ni deberíamos de importarle pues su horror anega las más simples esperanzas de las criaturas simples que somos. Tal vez, como dice León Felipe, seamos la obra de un Dios monstruoso e inmisericorde, el alimento de un Dios oscuro y, al final, el excremento de un Dios indiferente ¡y todo se repite!

Amar a este Dios al que no le importamos y que no nos necesita  ¿no es acaso la verdadera fe, el verdadero fervor religioso? Y no la hipocresía de los mojigatos que solo aman lo que les es conveniente.

Ostrov

Reseñas y recomendaciones

Director: Pavel Lungin, estrenada en el año 2006

Ostrov, traducida como la Isla, cuenta dos episodios en la existencia de Anatoly, en uno de ellos él es un marinero ruso, asignado a un carguero, durante la segunda guerra mundial. El avistamiento de un buque alemán hace que Anatoly y su capitán, Tikhon, se escondan en uno de los montículos de carbón que el barco transportaba. Sin embargo, Anatoly es descubierto y delata a su capitán, y si no hay pecado más grande que la delación verdaderamente éste siempre va acompañado de la cobardía; Anatoly mata a su capitán por ordenes de los nazis, para conservar su vida, pues teme a la muerte.

El segundo episodio narra la vida del padre Anatoly, un monje de la iglesia ortodoxa rusa, que es considerado casi un santo por las personas que han acudido en busca de su ayuda. La opinión sobre la condición de su santidad no es, a pesar de los hechos, compartida por toda la congregación de sacerdotes, algunos lo miran con recelo, como el padre Job, otros con desconcierto, como a un ser al que se le sabe extraordinario pero del que se teme su sabiduría.

El padre Anatoly carga un pecado y lo lleva siempre frente a él. Símbolos de su dolor son el mar que nunca lo abandona, que lo oprime hasta el desconcierto, y el carbón, signo de su cobardía. El protagonista duerme en una cama de carbón, se encarga de las calderas, trabaja sobre este material, todo lo que hace le recuerda su falta. Acaso no hay otra forma de saldar algún pecado que hundiéndonos en el, conociendo el mal que hemos cometido, aun sin darnos cuenta de ello. Saciándose del pecado es como se alcanza la santidad.

Su rezo es caótico, no hay orden en su liturgia, pues no reza al dios que todos sus congeneres adoran, reza a la fuerza superior que no tiene templo ni una forma especifica de comunicarse, pues su terreno pertenece a lo onírico, a lo realmente sagrado.

Pero en esencia, el padre Anatoly es un conocedor del mundo, y en eso consisten sus milagros, que al profano le parecerán simples, sin prodigio, pero es que en la sencillez es donde se encuentra la maravilla. Actos simples, pero de gran valor simbólico son los milagros que este santo realiza.

Por ejemplo, una madre llega con un hijo al que le es imposible caminar. Anatoly sabe que el drama del niño es una parálisis más  profunda que la que su cuerpo muestra, y que este no se ha de curar hasta que en la raíz del conflicto no sea arreglada. El niño no camina porque la movilidad de sus piernas ha sido obstaculizada por la protección excesiva de la madre, que necesita a este niño para cuidarlo y para expresar su agresión, disfrazando su odio de amor. El niño se encuentra preso de la necesidad de su madre, no toca el suelo firmemente, tiene que ser cargado, el ámbito del padre también está pervertido. Así, el protagonista separa al niño de su propia madre y lo hace tomar comunión en la casa del padre divino, acto que nos remite a ancestrales ritos de iniciación.

Todo en Anatoly es un rito. Casi al final de la película, una joven enferma llega a la isla, y ante el diagnostico de locura el padre Anatoly alega: “Esta joven no está loca, está poseída por un demonio que atormenta su corazón”, y alejándola de su padre, la lleva a una isla en donde realiza un acto tremendamente significativo. Para curarla, este santo, une el cielo y la tierra, lo masculino y lo femenino; comienza orando, invocando al Logos y termina besando el suelo, a la tierra, invocando a la Sapientia. Solo a través de este símil de hierogamia, a través de la conjunción, la chica se ve libre de su oscuro demonio.

Por ello la conducta del protagonista es constantemente puesta en duda, y es que su experiencia no pertenece al mundo consciente al que la mayoría de nosotros estamos habituados. Esa es la gran disputa del padre Job, quien envidia los favores que Dios le permite a Anatoly.

¿Por qué Caín mato a Abel?, le pregunta Anatoly al padre Job. Muchas respuestas hay para ello, recuerdo la contestación de Hesse y me parece inadecuada, así que ensayaré una posible solución, acorde al contexto. Caín y Abel ofrendan al dios el resultado de su labor, pero Dios únicamente favorece a Abel, que entrega una ofrenda de sangre, a diferencia de Caín. Dice Girard que el hecho de que Caín no ofrezca un sacrificio de sangre es lo mismo que decir que él mata a su hermano, pues no desvía la violencia primaria, que es la función del rito sacrificial. De cualquier forma Caín envidia a Abel, envidia su forma natural de ofrendar, distinta a la suya que busca el aprecio de Dios. Mientras que Caín tienen un objetivo, y se esfuerza por lograrlo, Abel no lo tiene, pues su acto es ya en sí un sacrifico; sin objetivo, sin meta, Abel se convierte a sí mismo en la meta de su acción. Por ello Caín lo asesina, por envidia, pero también porque una fuerza superior a él, lo impele a confundir a Abel con el sacrificio que él nunca ha podido otorgar.

Abel se torna el sacrifico inconsciente de Caín, pero por ser inconsciente Caín tiene que pagar la consecuencia de su ignorancia, es decir, la petrificación del flujo de vida. Antes, en su rito miserable, el detenía la fuerza de Dios, después él mismo habrá de sufrir en carne viva el simbolismo de su acto, por ello no puede morir, ha perdido esa bendición, y el cambio y la constante dinámica hacen caso omiso de su pobre existencia.

La diferencia entre el padre Anatoly y los otros monjes es exactamente la misma. Los monjes creen en Dios porque son pobres internamente, temen a la muerte, y no tienen fe, su creencia es una comodidad. Anatoly tiene fe en Dios porque permite que la fuerza de éste ilumine cada momento de su vida y el dios lo irradia con esa luz oscura que únicamente la divinidad puede irradiar. La santidad del monje consiste en ser un vehículo atento del Elan vital.

Al final, Anatoly alcanza la redención y por fin su naturaleza cambiante hace de él, como lo hizo con Abel,  parte de la dinámica a la que su vida se entrego. Ostrov trata de esto y algunas cosas más que quizá estén incluidas en lo ya dicho, con sencillez, sin parafernalia, Ostrov transmite un mensaje importante para el mundo actual: de las cenizas, de lo más oscuro, surgen la verdad y la redención, del mal emerge el bien, y viceversa.

La otra respuesta a Job

Logos del alma

Job es un hombre justo, pero todo le es arrebatado, a su vez sobre Dios se cierne la duda acerca de su propia naturaleza y esa duda es el hombre, cuya calidad moral habita ya en sí mismo y no, como antes, en Dios. La misma divinidad se lo confiesa así a través del diálogo con su propia sombra, pues ¿habría para razón de aparecer de forma tan terrible, para usar tal despliegue de fuerza sino estuviera frente a un semejante, un deus absconditus?

La divinidad sabe de su carencia, de que su forma prístina ha dejado de ser evidente, pues ha llegado el tiempo del hombre. En el drama de Job el alma se confronta con la superioridad moral de su nueva forma y a manera de protesta arremete, lastimosamente, contra ella misma, pero es inútil, al final Job sabe quien es Dios, lo ha conocido y por ello ha preparado el terreno de su decadencia, una muerte que durará un suspiro para la consciencia, pero que para el hombre serán dos milenios de su breve historia.

Job concluye: “La noticia de ti había llegado a mis oídos, pero ahora que mis ojos te han visto, me estremezco de pena por la arcilla mortal” o como dirá Nietzsche, siglos más tarde: “Dios ha muerto, nosotros lo hemos matado”.

El fantasma del comunismo

Logos del alma

Desde hace décadas se sobrepone una estrategia de control esgrimida por las políticas neoliberales, la cual consiste en prometer un futuro totalitario a quienes cuestionen el sistema capitalista, lo nombran comunismo pero poco tiene que ver con el comunismo teorizado por Marx como la fase negativa del capitalismo, el cual sólo puede surgir en sociedades altamente industrializadas. Este comunismo de derecha (o capitalismo de estado), se impone en sociedades precarias que no pueden desarrollar los elementos necesarios para el reparto de bienes y servicios, y aunado a ello se construyen muros económicos alrededor de tales experimentos sociales con el fin de hacerlos morir de inanición y demostrar así el destino de los disidentes.

En las sociedades democráticas se atribuyen al comunismo la falta de derechos, el despojo de bienes, la limitación de la libertad y el terror como forma de control político. Por un lado, se amenaza al hombre moderno con la supresión de sus comodidades, las cuales están fincadas en la depredación voraz de los recursos naturales y en la mercantilización de los mismos sujetos humanos. Por otro lado, se le augura que si opta este camino equivocado perderá la ilusoria vivencia de los ideales sobre los que fundamenta su «cómoda» forma de vida.

La idea del comunismo tiene la función de pedirle al hombre no pensar en aquello que vive, conformarse con esta única realidad siendo inconsciente de sus contradicciones. Así, el terror al comunismo es una forma de control de los regímenes capitalistas, el sujeto se encuentra aterrado por la posibilidad de la pérdida de su normalidad y por las amenazas venideras (terrorismos, pandemia, dictaduras, pobreza), pero a su vez evade la verdad de sus propias formas de control y la búsqueda, neoliberal, de maneras cada vez más flexibles de sometimiento.

El sujeto capitalista limita sus derechos ante el desastre, real o ficticio, es un sujeto hipervigilante e hipervigilado a través de todas sus numerosas comodidades, la domótica y las redes sociales lo cercan en guetos virtuales que son imperceptibles, entrega su vida a ideales fútiles que lo esclavizan de manera cada vez más ingeniosa; él mismo se vuelve su propio explotador cuando se encadena a la búsqueda de la salud, del bienestar, del auto cuidado, todo ello mediado por un mercado totalitario en el que el hombre es un objeto de cambio y cuyos únicos derechos están limitados al movimiento del capital. De forma paulatina el sujeto es presa de su mera subjetividad, el otro se desvanece, se convierte en virtual, en mercancía, en inteligencia artificial y, entonces, la misma identidad claudica en el espantoso encierro de la soledad posmoderna. No hace falta la dictadura comunista para vivir un régimen totalitario, el hombre actual lo experimenta de forma blanda, pero lacerante, en una sociedad que vende la ilusión de la libertad como una forma de aprisionamiento. Incluso el aplanamiento intelectual de los regímenes totalitarios no es nada comparado con la imposibilidad de pensar del hombre moderno.

Así, el miedo al comunismo no es otra cosa sino la realidad del capitalismo proyectada hacia una visión fantasmal. El fantasma del comunismo recorre el mundo democrático y no es otra cosa sino el espíritu del mismo capitalismo en su forma sombría.

La escuela y la posibilidad de aprender

Educación posmoderna

La escuela no tiene cómo función real el aprendizaje, es cierto que lo propone y lo estipula como su objeto de acción, pero nunca ha sido el caso. La función de la escuela es culturizar, es decir, imbuir a los alumnos de los saberes sociales que les permitan convertirse en miembros productivos de su comunidad. Normaliza el saber y transmite reglas de comportamiento adecuadas. Pero aprender es algo distinto, ello exige complejidad, desorden, destrucción y desafío, siembra en quién lo hace una insana desconfianza en lo establecido.

Aprender, tal como amar, es un acto contracultural, envuelve al sujeto en una continua búsqueda, incesante, que lo hace distinto, que le otorga identidad, lo obliga a abandonar la metas sociales predichas; tal persona nunca será grata ni bien recibida por la cultura, al contrario se le relegará y se le observará como una lejana curiosidad a la que no hay que acercarse y si acaso despertara mucha curiosidad se tomaran de él pedazos y se los presentaran como un saber homogéneo, acorde al espíritu de la época.

El acto de aprender es una necesidad, pero solo de aquellos que sienten ese impulso y realmente son llevados por él, no lo buscan, es una pasión y como tal también es un padecimiento, un sufrimiento continuo, una sed que nunca cesa. El saber está en lo salvaje, en lo agreste. Mientras que la escuela brinda frutos ya cortados, el buscador es un cazador presto a la matanza y él mismo está abierto hacia su propia muerte. La cultura y la escuela, en cambio, son formas de evitar la muerte, por eso no pueden educar, sino solo masificar al individuo y convertirlo en un trabajador eficiente, en un buen ciudadano, pero nunca en un pensador.

La escuela normaliza, no educa, por ello si la necesidad de individuo es aprender lo hará fuera de las normas establecidas, abrirá muchos libros y buscará incesantemente algo que jamás encontrará del todo, pero el ansia por saber siempre estará presente y el sujeto vivirá para servirle. Aprenderá porque lo necesita, no porque sea lo correcto o lo deseable y nunca esperará que el aprendizaje venga de algún lado, porque no será un don que le sea otorgado sino una carga de la que jamás podrán librarse.

Se entiende, por lo tanto, que quien aprende, realmente no es el individuo sino el daimón que subyace en esa hambre inmarcesible, ante la cual las personas no son sino altares desplegados para el beneficio de ese dios o demonio insaciable. Quizá, si la escuela atendiera, a este proceso, podría por fin educar.

Las cosas

Cotidianidad

ah si las cosas
nos dejaran mirarlas.

Tomas Castro

Tengo un teléfono inteligente, en él están los números de mis contactos, las plataformas de comunicación y redes sociales y mis cuentas de banco, ademas registra mi vida por medio de fotos y algunos videos; el teléfono me es necesario para poder trabajar, entretenerme y organizar mis finanzas, pero tengo que cambiarlo cada ciertos años pues se ponen en venta modelos más modernos y potentes. También tengo una tablet, fue muy costosa, pero vale la pena, en ella escribo, tengo libros digitales y comics, reviso referencias para mis actividades académicas, tengo la musica que me compaña todo el día y ahí leo las noticias recientes; es mi fuente de información y sin su práctica presentación no podría acceder al cumulo de información que requiero cada día, las aplicaciones son caras pero necesarias, sin embargo la pila se desgasta y en unos años será inservible. Además, tengo una computadora donde llevo a cabo trabajos que requieren mayor espacio de pantalla o más horas de concentración, desde ahí doy clases, cursos y actualmente solo doy terapia a través de sus herramientas digitales, la reemplazare en cuanto su trabajo no sea fluido o haya una novedad en el mercado. Por último, tengo un automóvil, es un modelo antiguo, me ayuda a desplazarme de manera celerosa y cómoda, pero hay que comprarle refacciones, un seguro, pagar impuestos e invertir en gasolina, espero impaciente el momento de comprar un modelo nuevo.

Todo es imprescindible me digo a mí mismo, pero tengo la sensación de que hace algunos años no tenia nada de ello, ¿cómo podía prescindir de sus favores y trabajar, vivir y aprender?, me convenzo, entonces, de qué tal sensación es una tontería, pues mis actividades dependen claramente de las cosas y debo trabajar para poder reemplazarlas, pero ya no tengo muy claro si las cosas son mías o yo soy de las cosas, ya no es importante la diferencia.