El no-saber psicológico

Logos del alma

«Bienaventurados los pobres en espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos.»

MT 5:3

El psicólogo no sabe, sin embargo es consciente de su no-saber, con ello en mente puede responder negativamente a la necesidad del paciente, una necesidad cuyo núcleo es el deseo constante de no ser lo que ya se es. En cambio, el terapeuta responde ante aquella tentativa de curación alienante con una simple frase: “no sé”, pero en esa afirmación de su impotencia (en un mundo que exige la potencia hasta el cansancio, hasta el cansancio del mundo mismo) invita al paciente a escuchar, que es otra forma de reflexionar, de reflejar lo que es pensado en aquello que le acontece como sujeto. No es su saber, el del paciente, el que importa, tampoco lo es el del psicólogo, sino el del síntoma mismo.

Al contrario de lo que se podría pensar, el filosofar a martillazos nunca ha sido una actividad demoledora, ya que como buen músico Nietzsche quería hacer un filosofar de oído y con el pequeño martillo del músico diferenciar lo hueco de lo sólido, un acto refinado. Así, el terapeuta escucha y el paciente aprende a escuchar también, el estruendo del fenómeno, el síntoma desbordándose y volviéndose a calmar, el suave suceder de la existencia. Solo con el oído afinado se puede escuchar aquello que es pensado en la psicopatología. Por eso el profesional estudia sin cansancio, no para saber más, sino para mantener el oido presto al saber del Otro.

En cambio, si el psicólogo supiera ya no tendría que escuchar, ya sabría lo que sucede y no sería capaz de permitir que el fenómeno llegará a casa a sí mismo, no se dejaría educar por el síntoma, es en este sentido que la psicoterapia es una actividad pedagógica y no hay mayor obstáculo para el aprendizaje que lo que ya se tiene por sabido. El saber del psicólogo es, por tanto, un saber que se niega a sí mismo cuando se encuentra ante un nuevo fenómeno, un no-saber que deja la puerta abierta para la verdad que busca hacerse presente.

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