En el ámbito profesional de la psicoterapia surgen a menudo reiterados alegatos contra la revisión teórica de los conceptos de la disciplina, lo que se impone como una limitación para la propia formación y para la disciplina. En los diversos cursos universitarios, posgrados y formaciones, la exigencia creciente es que los psicólogos revisen solo situaciones prácticas, pues lo teórico es árido e infructuoso y el saber primordial debería ser la técnica aplicable de forma inmediata, es decir que la prioridad tendría que ser saber cómo influir de manera efectiva en un fenómeno, no detenerse a comprender lo que esta sucediendo en él. Por supuesto es una molestia la costumbre insana de cuestionar los mínimos conceptos esbozados.
Se desestima lo teórico como si fuera solamente una perdida de tiempo o algo baladí. Empero, realmente, no hay separación entre teoría y practica, ya que toda teoría supone una practica y toda practica es la expresión de una teoría que le da estructura, el problema emerge cuando se les concibe como escindidas y sin relación; se observa, entonces, el hecho tan común de la construcción de una practica neurótica, de un hacer compulsivo que resulta de haberse desprovisto de la visión teórica que pone a prueba toda acción. No obstante hablar de visión teórica es una tautología pues la teoría en sí misma es la forma en que se observa un fenómeno y observar es el núcleo de toda acción.
En terapia se puede observar continuamente ese proceso neurótico en la vida de los pacientes quienes en muchas ocasiones configuran sus experiencias sin la suficiente reflexión sobre los motivos subyacentes, una vez bajo el trabajo terapéutico una de las metas posibles es la coherencia entre lo que se hace y la consciencia de lo que se hace. Esta burda simplificación de lo que sucede en terapia sirve como un ejemplo de aquello que no se lleva a cabo en la formación psicológica, ya que el psicólogo no quiere saber sobre su acción, pues es un trabajo ingente, que si lo asumiera le tomaría el resto de su vida y le exigiría un monto indeterminado de trabajo y compromiso, pues la reflexión teórica es un camino interminable y cada nueva respuesta abre cientos de preguntas que recorrer.
El psicoterapeuta prefiere no pensar y si lo hace se conforma con lo más sencillo e inmediato, no cuestiona ni es critico, poco a poco la disciplina se evidencia como una empresa pragmática que se adapta a las necesidades del mercado y de la política en turno. El profesional se forma como un técnico en psicología, un reparador de entuertos, un pseudo medico, un predicador, un profesor, un guru o un charlatán, pero nunca es tocado por el trabajo real que la psicología exige una vez que ésta lleva a cabo la inmersión en su propio concepto.
