La visión mecanicista del paradigma científico observa que los genes, como un código de información, dictan la estructura morfológica del organismo, de tal manera que son ellos quienes le dan su identidad particular y lo diferencian de otros sujetos de la misma especie en la larga caminata hacia la supervivencia del más apto. Por supuesto, se espera que mientras más se estudien tales combinaciones proteínicas algún día se tendrá la posibilidad de manipularlas para derivar el destino del hombre de su propia voluntad.
Pudiera parecer que solo es cuestión de esperar y seguir investigando, pero como sucedió décadas atrás con las partículas elementales, abrir un campo es descubrir el misterio que lo complejiza. Los genes no son estructuras fijas sino móviles, fluyen y se comportan de formas extrañas, un código genético puede tener una serie de instrucciones completamente inactivas y una misma secuencia puede degenerar en cientos de posibilidades. La situación se parece más a un sistema caótico que al desvelamiento paulatino de una regla prefijada, surgen atractores por doquier.
Se cuenta que los duendes de la ciudad de Colonia hacen el trabajo de forma diligente para la gente del pueblo, durante la noche ayudan al carnicero, al herrero o al zapatero, pero si alguien los observa entonces desaparecen para siempre. Como tales duendes, mucho de lo que parece estático en los genes realmente es un proceso metamórfico que se adapta a la visión que lo envuelve como un liquido a su contenedor, no en vano las proteínas derivan su nombre del viejo dios del mar Proteo (el primordial) cuya habilidad más vistosa era la de poder cambia de forma a voluntad, así lo hizo cuando Menelao lo busco para saber a que dios había que rendir un tributo, cambio de manera constante hasta que por fin se rindió al abrazo del rey griego.
También, como los duendes de Colonia o como Proteo, los genes escapan cuando se les observa, como en el colapso de la función de onda, toman una forma inaudita y luego vuelven a su trabajo cuando la mirada deja de retenerlos. Las personas creen que tratan con formas mecánicas que pueden ser desentrañadas con medios técnicos únicamente, pero realmente son daimones que juegan y se recrean en el tímido abrazo del ojo que los acoge, son ellos los que anhelan y es su voluntad la que determina el avance de esa ilusión momentánea que es el ego y que es, también, la ciencia.
