La escuela no tiene cómo función real el aprendizaje, es cierto que lo propone y lo estipula como su objeto de acción, pero nunca ha sido el caso. La función de la escuela es culturizar, es decir, imbuir a los alumnos de los saberes sociales que les permitan convertirse en miembros productivos de su comunidad. Normaliza el saber y transmite reglas de comportamiento adecuadas. Pero aprender es algo distinto, ello exige complejidad, desorden, destrucción y desafío, siembra en quién lo hace una insana desconfianza en lo establecido.
Aprender, tal como amar, es un acto contracultural, envuelve al sujeto en una continua búsqueda, incesante, que lo hace distinto, que le otorga identidad, lo obliga a abandonar la metas sociales predichas; tal persona nunca será grata ni bien recibida por la cultura, al contrario se le relegará y se le observará como una lejana curiosidad a la que no hay que acercarse y si acaso despertara mucha curiosidad se tomaran de él pedazos y se los presentaran como un saber homogéneo, acorde al espíritu de la época.
El acto de aprender es una necesidad, pero solo de aquellos que sienten ese impulso y realmente son llevados por él, no lo buscan, es una pasión y como tal también es un padecimiento, un sufrimiento continuo, una sed que nunca cesa. El saber está en lo salvaje, en lo agreste. Mientras que la escuela brinda frutos ya cortados, el buscador es un cazador presto a la matanza y él mismo está abierto hacia su propia muerte. La cultura y la escuela, en cambio, son formas de evitar la muerte, por eso no pueden educar, sino solo masificar al individuo y convertirlo en un trabajador eficiente, en un buen ciudadano, pero nunca en un pensador.
La escuela normaliza, no educa, por ello si la necesidad de individuo es aprender lo hará fuera de las normas establecidas, abrirá muchos libros y buscará incesantemente algo que jamás encontrará del todo, pero el ansia por saber siempre estará presente y el sujeto vivirá para servirle. Aprenderá porque lo necesita, no porque sea lo correcto o lo deseable y nunca esperará que el aprendizaje venga de algún lado, porque no será un don que le sea otorgado sino una carga de la que jamás podrán librarse.
Se entiende, por lo tanto, que quien aprende, realmente no es el individuo sino el daimón que subyace en esa hambre inmarcesible, ante la cual las personas no son sino altares desplegados para el beneficio de ese dios o demonio insaciable. Quizá, si la escuela atendiera, a este proceso, podría por fin educar.
