El asalariado

Cotidianidad

Antes era alguien, tenia un rotulo, podía salir a la calle y aunque nadie veía tal marca, un aura de resplandor callado cubría mi cuerpo, era un asalariado, el estado me proveía de un pago, a cambio únicamente de mi creatividad cercenada, de rendirle mi existencia hasta poder ajustarme a su normalidad de por vida, ¡que precio más pequeño por la tranquilidad!, mi familia y amigos podían ver mi notorio cansancio, pero estaban de acuerdo en la fortuna de tener un pago seguro, yo mismo me convencía de la suerte de esa cadena que me mantenía protegido de las inclemencias de la existencia. Tenía un padre y una madre sustitutos que me sostenían y en quienes confiaba.

Sin embargo, y como en todo periplo, aquello que me acogía un día me expulsó sordidamente, con garras innombrables me deslizo hacia la incertidumbre y el miedo y su violencia me apartó sin remedio del hogar, del trabajo monótono, de la labor vacía pero sencilla. Ahora, bajo la intemperie, añoro el falso calor de lo determinado; mis huesos tiemblan en medio de la noche y la tormenta, y camino con temor bajo el cielo abierto de los días, descubro entonces que soy un hombre, que he dejado nuevamente la niñez a un lado y siento el tremendo peso de haber nacido una vez más y nuevamente.

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