Hay un énfasis desmedido en la figura del profesor durante el proceso de enseñanza-aprendizaje, como si la carga total de la senda educativa recayera sobre este único elemento, pero los actores educativos son varios, ademas del docente. Esta proyección social sobre la figura del maestro omite que la educación es una empresa sistémica que implica varios ordenes institucionales: las políticas publicas, las configuraciones familiares y las representaciones del sujeto individual y en donde se entretejen un conjunto de condiciones socioeconómicas y personales. En pocas palabras, la educación del sujeto depende más del contexto social y del espíritu de la época que de la relación entre el alumno y el maestro, pues siempre hay un tercero, entre los dos, que rige el rumbo del trabajo áulico.
Wolfgang Giegerich ha llamado «alma» a la producción continua de significados compartidos que constituyen la mentalidad, ésta no tiene una existencia positiva porque en sí misma es la negatividad de todo lo existente, es su dimensión lógica. Desde esta posición, se puede entender que toda actividad humana tiene como contexto la sintaxis anímica en que se desarrolla la continua producción de significados, éstos no pertenecen a nadie, son mera expresión de sí mismos, por lo tanto, el proceso educativo ocurre primero en ese lugar negativo.
Así, la cultura es conjunto de discursos que se producen de forma continua, que no son creados por nadie, sino que se construyen de manera autónoma y se reifican en lo positivo a medida que se van destruyendo, los sujetos vivimos de los restos dejados atrás por el alma e incluso nuestra noción de «sujeto» es un cadáver de tal dinámica. La educación puede ser vista como la afirmación continua de narrativas que proveen de identidad a las personas, de tal manera que les permita socializar con su pares reproduciendo significantes ya establecidos. Significados y significantes son la vía a través de la cual el gran Otro llega a casa a sí mismo, por medio de la repetición de su discurso en el lenguaje que los individuos aprenden.
Todo esto supone que en principio es el Otro, el alma, el daimón, quien en su función creativa dialoga consigo mismo para poder alcanzar su propia posibilidad, tratando de llegar al devenir del que proviene. Eh ahí el modelo prístino de la educación, pues idealmente la enseñanza implica llevar al alumno a aquello que en él es elucidado, es decir, conducirlo a su dimensión noética, en el sentido de volver al sujeto sensible de los conceptos que constituyen el mundo en el que vive y no convertir dichos conceptos en ídolos.
Educar es permitir que el proceso educativo original suceda ante la propia reflexión, cuando se permite que los conceptos hagan su trabajo en el corazón de cada individuo. Por esto es que la figura del maestro ha sido tan exaltada y denostada a la vez, ya que no se contempla que su labor no es otro sino el de permitir que emerja (que se constele) el verdadero educador y por eso se le confunde continuamente con una figura arquetípica que no le corresponde. Se espera demasiado del profesor porque no se atiende al concepto que le da vida a su trabajo. Lo mismo podría decirse del alumno, pues debe de comprenderse que quien aprende, realmente, es el daimón. El dilema educativo ha de girar en torno a tratar de dar cabida de manera manera consciente a ese opus que ocurre como un misterio en el que el hombre moderno ha ser iniciado, en el que debe ser educado y donde aprender significa brindar hospitalidad al alma.
