Nota sobre el prejuicio causal en psicología

Logos del alma

«Sin darnos cuenta nos ponemos una camisa de fuerza lógica al dejar que la causalidad eficiente determine todos nuestros esquemas explicativos.»

Lynn Segal

La mala crianza no genera, irremediablemente, malos individuos y la buena crianza no necesariamente construye buenas personas. El mundo de la psique es mucho más complejo que esa simple correspondencia, nuestra confianza en la causalidad es infundada e ingenua, se sostiene en una etapa metafísica, donde el sujeto estaba atado a los objetos y estos le daban sentido a su existencia. Pero hoy, una vez que ha nacido el individuo, podemos saber ciertamente que el bien no genera bien, ni el mal resulta en mal de forma determinada.

No obstante, en psicoterapia sigue vigente el prejuicio causal que enlaza sucesos arbitrarios que simplifican la complejidad de la existencia. Esta situación abstrae a la persona de sus circunstancias y le evita el esfuerzo de tener que reflexionar sobre las múltiples aristas de un hecho, que como contingente tiene una vida interior que dialoga de manera constante con la sintaxis en la que está inscrito. Reducir un conjunto de eventos a otros, ya sean constelaciones astrológicas, patrones familiares o tipos psicológicos resulta sencillo y reconfortante pero somete al fenómeno psíquico al engañoso sesgo de confirmación que elimina su carácter de ser un Otro por sí mismo.

Pero un buen ser humano es algo relativo y es resultado de múltiples y complejos factores que posiblemente no se puedan conocer del todo, ha nacido de una cultura, de un contexto que lo construye, pero a su vez su propia vida interna es una miríada de factores que en su entrelazamiento lo empujan hacia una multitud de posibilidades. Dicho hombre bueno, de acuerdo a los hados que lo limitan, puede decantar en las peores acciones si las circunstancias son favorables y esas circunstancias son también indeterminadas. Las acciones terribles, a su vez, pueden degenerar en un bien mayor, o no, el hombre está ligado (religio) al destino de los dioses, que a su vez están atados por compromisos irrefrenables.

Los consejos psicológicos que recomiendan formas de crianza, de educación, de trato mutuo, las formulas que garantizan la perdición o el éxito en alguna esfera de la vida del individuo, son solo opiniones basadas en el sentido común y en una mitología propia de un mundo que no ha superado la visión causal y moralista de la realidad; tal perspectiva será acogida por personas desesperadas y sumidas en la necesidad de hacer responsables a otros, sujetos o circunstancias, de sus propias condiciones. Pero el individuo está liberado, ha nacido a su desnudez y no puede sino hacerse responsable de su propia corriente de acontecimientos.

Así que los buenos hombres a menudo se fortalecen en la podredumbre y otros tantos lo hacen en la virtud. Los padres pueden ayudar, quizás, si se ocupan de sí y de sus obligaciones y, a la vez, permiten que la vida enseñe a su hijos lo que cada uno puede ser. Ahora bien, esto no deriva sino en el azar. Una Babel de oportunidades y fracasos es la existencia y por ello vivir es un acto de fe en la vida misma.

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