Cuando hablamos de los temas de psicología y de la psicoterapia es común que cualquier persona crea que tiene la autoridad para poder emitir una opinión válida sobre el psiquismo, simplemente por que la experiencia con su propia psique se lo provee. Asistimos a una sarta de consejos bien intencionados y dictados desde el sentido común que pretenden hacerse pasar por eximias reflexiones psicológicas.
Pero este hecho no solo ocurre en boca de los legos de la materia, pues aún muchos profesionales de la psicoterapia conniven con el impulso por despojar de su fondo complejo a los saberes que han surgido de la investigación en el consultorio, a través de innumerables autores que han contribuido con su propia experiencia en el campo. Sin embargo, nadie haría lo mismo con un enunciado sobre la física de partículas, aun cuando todos estamos formados de éstas, nadie, que no sea un profesional educado en el arduo conocimiento de tal ciencia, pretendería decir algo valido desde su vivencia subjetiva.
Al comienzo de su libro: La vida lógica del alma, Wolfgang Giegerich da noticia sobre la negativa de Einstein para popularizar su ciencia, pues él consideraba que se requería un entrenamiento y procesos de abstracción complejos que solo podían adquirir aquellos que se dedicaran con entrega total a la disciplina. A continuación, Giegerich, se pregunta: ¿por qué no tendría que ser igual en el caso de la psicología?
El asunto implica que la psicología, y la psicoterapia, es un saber complejo, profundo, y que para entrar en él, el psicólogo debe hacer un esfuerzo prolongado y constante; dedicar su tiempo y su propia vida a tratar de atender cuestiones intelectualmente exigentes. El propósito no es solo la acumulación de saber sino la construcción de una mente refinada que pueda contener y hacer justicia a aquello sobre lo que se piensa. De nada sirve tener conocimientos si estos permanecen fuera del sujeto y no se adentran en él para llevar a cabo el desmembramiento teórico del mismo.
El saber no es un asunto sencillo ni indoloro, al contrario, supone un sacrificio voluntario ante cuestiones que consumirán la vida de quienes son llamados a esa amarga tarea, y no hay premios ni gratificaciones sino solo trabajo duro, a costa, muchas veces, de la vida personal de los escogidos por un tema.
¿Cuántos psicoterapeutas y aspirantes a psicólogos se conforman con aprender unas cuantas técnicas, unas cuantas palabras especializadas y algunos manuales que les dan cierta falsa certeza sobre lo que hablan, y forman así jugosos negocios aprovechándose de la credulidad de los legos? Son ellos los que se sirven de su disciplina.
Pero el verdadero psicólogo no está interesado en servirse de nada, al contrario sabe que debe perder su vida en pos de la perla más valiosa y es que solamente en el camino hacia la muerte se puede ser fiel a la lógica del alma, que no es otra cosa sino la massa confusa que el alquimista pone en su vasija hermética y a la cual le dedicará el resto de su vida para poder aprender de sus transformaciones.
